Reactivación económica: por ahí no es presidente Alvarado

Por diversas y complejas razones, sectores considerables de la planta empresarial –sobre todo pequeña y mediana– arrastran condiciones de frágil rentabilidad. Las propuestas sindicales, por ejemplo, ignoran esta faceta del asunto. La política fiscal del gobierno también. Y esta última –o sea el polémico plan fiscal– impone medidas que debilitan adicionalmente la economía y, en consecuencia, colocan un peso adicional en contra de cualquier posible reactivación.

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Luis Paulino Vargas Solís, Economista (Ph.D).

Para el gobierno de Carlos Alvarado, este asunto parece agotarse en lo retórico y en los símbolos, distante de lo que debería ser: un esfuerzo concertado y masivo por levantar la economía y generar muchos empleos a corto plazo. Su trabajo se concentra en el tema fiscal, recurriendo a políticas que, inevitablemente, constituyen un ancla que frena cualquier posible reactivación.

El peso del asunto ha sido trasladado al Banco Central y, de rebote, a los bancos comerciales. No es realista esperar grandes resultados por esta vía.

Reducción del “encaje mínimo legal”

Esta es una disposición que el Banco Central adoptó a inicios de junio.  Recordemos la definición de manual: «el encaje es el porcentaje de cada depósito que cada banco debe ‘guardar’ como reserva». Todo el florido parloteo a que esto ha dado lugar –incluso entre economistas– refleja, claramente, la persistencia de ideas obsoletas. Lo digo con todo respeto: realmente hace falta que mucha gente estudie y se ponga al día. O para ponerlo muy en síntesis: todavía mantienen su apego a la idea antediluviana de que los bancos necesitan depósitos como paso previo a conceder créditos.

Ello dio lugar enseguida a una especie de montaje publicitario por parte de los bancos comerciales, cuando, incluso en presencia del presidente Alvarado, salieron a proclamar que ponían “a disposición” una cantidad de millones en nuevos créditos para PYMES, construcción y otras cosas. Se intenta así reanimar la colocación de créditos, buscando con ello que las personas y las empresas relancen su gasto, lo cual a su vez haría que la economía recupere dinamismo.

En rigor, esa cantidad de crédito –e incluso más– podrían igual “ponerla a disposición” sin que el tal “encaje” se hubiera movido ni un punto. Sencillamente el “encaje” –más alto o bajo– ni les facilita ni les impide hacerlo. Lo que aquí cuenta es que haya quienes –empresas, personas o familias– soliciten el crédito. Lanzan entonces un ejercicio propagandístico para intentar persuadir que alguien acuda a pedir crédito. Si muchos “alguienes” lo hacen, el asunto funcionará. Si no, será un fiasco. Y ahí está el problema: las condiciones económicas actuales no favorecen que esos “alguienes” aparezcan.

¿Y por qué el crédito se ha frenado?

La interpretación favorita enfatiza que es resultado de una especie de racionalización que el común de las personas hace sobre la situación fiscal, y que les lleva a contenerse a la hora de gastar. Eso es falaz. La gente común y silvestre ni maneja tales volúmenes de información ni está en capacidad de interpretarla, como para razonar y decidir de esa forma.

En cambio, es cierto que el crecimiento del endeudamiento a lo largo de años, en un contexto de gravísimos problemas del empleo y estancamiento pertinaz del poder adquisitivo de los ingresos, termina por forzar a las personas y familias a frenar sus gastos, y, de paso, introduce un sentimiento sombrío sobre el futuro, que se refuerza por el contexto social y político crispado y conflictivo que vivimos.

De ahí que tanto el consumo de la gente como la inversión empresarial estén frenadas. Esto a su vez frena el crecimiento de la economía y, en círculo vicioso, deteriora el empleo y reduce las oportunidades de inversión rentable de las empresas.

Hay que romper ese círculo vicioso para que de nuevo las empresas y las personas pidan crédito. Con gestos propagandísticos como los que se vienen ensayando, no se logrará.

Tasas de interés

Muy tardíamente –desde fines del pasado marzo– empezó el Banco Central a intentar reducir las tasas de interés, recurriendo para ello a reducciones de la llamada “Tasa de Política Monetaria”. Tres meses y medio después, ningún resultado se ha obtenido, aunque, en lo tocante a la llamada Tasa Básica Pasiva (TBP), la cuestión se ha visto contaminada por juegos especulativos, desfavorecedores de los objetivos buscados.

Siendo que el crédito está frenado ¿por qué no bajan las tasas? Según la teoría ortodoxa (que en Costa Rica la repiten hasta quienes se dicen “heterodoxos”), eso disminuiría la presión sobre los “fondos prestables” disponibles, y haría bajar las tasas. Pues, ya ven ustedes, no funciona así. Y la razón de ello (incomprensible para esa ortodoxia), es precisamente que el crédito está frenado, lo cual frena la creación de “liquidez”, y, en consecuencia, hace que la cantidad de dinero en circulación se reduzca. Y lo más bonito del cuento, es que si el crédito está frenado es precisamente porque la economía está frenada. No al revés, como se insiste, dentro de esta comedia de equívocos que oficialmente se nos ofrece.

Si la “liquidez” no aumenta, difícilmente el Banco Central logrará que bajen las tasas de interés. Y bajo las actuales condiciones económicas, solo hay una posibilidad disponible para lograrlo: que los bancos comerciales –o el propio Central– compren bonos del Ministerio de Hacienda. Claro, decir esto me hace un hereje merecedor al fuego de la hoguera ortodoxa.

Y…muy poco más

Aparte esta dudosa vía, con base en tímidos estímulos monetarios, el gobierno prácticamente nada más ofrece.

El presidente Alvarado habla de simplificación de trámites. Incluso, y no sin cierto dramatismo, de “moratoria de trámites”. Desde luego, romper cuellos de botella administrativos y burocráticos es necesarísimo, siempre que no se pongan en riesgo derechos laborales o importantes cuestiones ambientales. Pero nadie debería creer que esto es un gran paso. Los problemas fundamentales seguirán en pie.

Tampoco la “agencia de empleos” o los cursos del INA, podrán crear empleos donde éstos no existen.

Por otra parte, los programas de inversión pública, en realidad aportan muy poco. Necesitaríamos relanzarla hasta al menos un 5-6% del PIB para que tengan un efecto significativo. Lo que el gobierno propone es solo un cuarto o quinto de eso.

Por diversas y complejas razones, sectores considerables de la planta empresarial –sobre todo pequeña y mediana– arrastran condiciones de frágil rentabilidad. Las propuestas sindicales, por ejemplo, ignoran esta faceta del asunto. La política fiscal del gobierno también. Y esta última –o sea el polémico plan fiscal– impone medidas que debilitan adicionalmente la economía y, en consecuencia, colocan un peso adicional en contra de cualquier posible reactivación.

 

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Luis Paulino Vargas
El autor de formación en sociología, ciencias políticas y economía, es Director Centro de Investigación en Cultura y Desarrollo (CICDE-UNED) y Presidente Movimiento Diversidad Abelardo Araya. Recibió el Premio Nacional Aquileo Echevarría. Visite el blog del autor: Soñar con los pies en la tierra.

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