Renán Calvo Calvo, Profesor jubilado de la Universidad Nacional

A Luisa Barquero. In memoriam

Aún permanece en mi retina, la imagen difuminada de la señora Luisa Barquero con su mirada perdida en aquella ventana de la cocina, tomando su imperiosa bebida vespertina:

allá en la cima de la montaña,

lejos del ruido de la metrópoli,

donde una persistente bruma

ocultaba el entejado de la vieja

casita de madera.

Allá en el verdor de las alturas,

casi tocando el cielo,

en aquel ambiente de tierra mojada,

rocío, cocina de leña y cacharros…

Arrugadita y bien recogida, silente saboreaba el humeante café recién chorreado y la bizcotela azucarada, sentada sobre el apolillado banco de madera.

Ora lloviendo, ora tronando, ya ante un intenso calor, ya con candelas encendidas, nada la hacía moverse hasta que no terminase su tradicional refrigerio.

Plena luego de aquel codiciado trofeo, su rostro parecía irradiar un vigor renovado para retomar la tarea. Con un dinamismo ejemplar, a pesar de una rigidez en su pierna izquierda, la solícita sexagenaria bregaba incansable en las labores domésticas de nuestra casa.

* * *

Años después. con esa impronta incrustada en mi memoria, tuve la ocurrencia de acondicionar una pequeña zona en mi vivienda, y bautizarla con un nombre conmemorativo:

“El Rincón de Luisa”.

 Ahí puntualmente preparaba alguna bebida reconfortante para sosegar, aunque fuera por unos minutos, mis conexiones sinápticas y de paso aprovechaba para analizar mis quehaceres y actividades de rutina.

Luego me entusiasmé con esta sección, y sentí complacencia de adornarla con un par de velas aromáticas y algunas estatuillas de mármol vinculadas al arte.

Más adelante noté que ese cálido rinconcito había abierto la válvula de algo desconocido en mí, además de que me servía como una eficaz medicina paliativa, puesto que sedaba ciertos lapsos de tensión mental: esa irreverente vedette que compromete a muchos y sigue extendiéndose sigilosa, con plena libertad.

Entusiasmado por esos avances, coloqué algunos recuerdos imperecederos de esos que todos guardamos con cierta nostalgia en alguna caja de zapatos, así como varias fotos familiares y un viejo retrato amarillento en blanco y negro de la recordada y querida abuela, quizás como una especie de tributo hacia todos ellos.

En algunas ocasiones pensé que estaba sobredimensionando ese espacio, puesto que sentía cierto impulso de permanecer ahí, y la verdad es que lo llegué a considerar como mi sitio favorito, al punto que disimuladamente lo había convertido en un lugar restringido.

Ahí comprendí la importancia de tomar consciencia de esos hermosos detalles, pequeños pero significativos, que constantemente invadían mis tareas habituales. Desafortunadamente los había pasado inadvertidos, por ese ir y venir desenfrenado en medio de la vida moderna, como si no existiese un mañana más.

En mi refugio silencioso, además deduje que en esa época no sabía diferenciar lo genuino de lo adulterado; posiblemente confundía ser carcelero, con ser libertador. ¡Qué útil hubiese sido disponer de un mentor que me iluminara cómo separar el tiempo laboral, de mi espacio de vida familiar! Ahora creo firmemente que todos lo necesitaríamos.

* * *

Siempre que me hallaba en ese remanso de paz, mis ideas se ordenaban y clarificaban, con la complicidad de una música relajante de fondo que reforzaba aún más ese estado de gozo.

Dentro de mis consideraciones, comencé a advertir que mi ego poco a poco se iba sintiendo incómodo, posiblemente porque temía ser desplazado, y por supuesto no quería perder ese enorme privilegio.

Fue así como el Rincón de Luisa se había consolidado, llegando a ser tan importante como los otros aposentos de la casa. En resumen, lo que nació como un simple cafetín, se había convertido en un espacio para la reflexión, el análisis y la escritura.

 El rincón de Luisa. II parte. Profanación

 Mas un acontecimiento puramente circunstancial sucedido la tarde de un domingo, cambió drásticamente todo ese mundo de ensoñación, cuando la memoria de la honesta servidora, los sagrados recuerdos familiares y todo efluvio de amor, afecto y admiración presentes en la atmósfera de mi consentido rinconcito, fueron profanados.

En un momento de euforia y desdén, el dios Baco y su élite de insolentes doncellas, se humanizaron y descortésmente invadieron mi espacio de introspección y culto, exhibiendo todo su desenfreno sin ningún recato.

Vasos y copas iban y venían; las mixturas espirituosas anegaron el punto, y la timidez se hizo a un lado, o más bien desapareció por completo. Las miradas y los gestos indiscretos eran la tónica. La rumba, el calipso y la lambada, como complementos idóneos de tal confusión, también irrumpieron en el lugar y toda aquella paz, toda aquella pulcritud, todo aquel aire limpio que caracterizaban mi soñado aislamiento, fueron groseramente irrespetados.

La algarabía se despidió al despuntar el astro rey.

 ***

A pesar del tiempo transcurrido después de ese disonante episodio, todavía una cierta aflicción asoma en mí, cada vez que cruzo el rincón y furtivo, lo miro.

Aunque soy consciente de semejante situación, y sé muy bien que estoy malgastando mis pensamientos, mi energía y otros valiosos recursos, ¡cómo me ha costado restarle importancia a aquel amistoso banquete!

Una timidez extraña señala mi conciencia y esto ha provocado que mi antiguo refugio preferido, permanezca silente; íntegramente silente…

***

Con ese sentimiento de culpa, algunas noches otrora plácidas e invitadoras, se han tornado un tanto incómodas; no exactamente misteriosas o frías, pero sí relativamente intranquilas. En ocasiones he despertado sobresaltado escuchando el sonido de unos tacones medianos que se desplazan lentamente y, como si estuvieran dirigidos por un metrónomo, golpean acompasados el piso del Rincón.

Con la almohada cubriéndome el rostro, y avergonzado de este comportamiento, me parece escuchar los lamentos de aquella anciana como reafirmando la aversión que le provocaba todo tipo de líquidos embriagadores. Y es que de niño recuerdo oírla contar algunas historias de un familiar suyo, que cometía fechorías y hasta agresiones, atontado por los efectos del vil licor.

Ese estado de angustia, supongo que también se ha alimentado por un sentimiento de pesar que hiere la consciencia, cuando pareciera que se ha actuado en contra de aquellos valores y sanos consejos que de niño nos inculcaron nuestros antecesores. Aunque tales recomendaciones no fueran las más acertadas, sí estaban hechas con toda la mejor intención y un auténtico amor, lo cual le daban una mayor consistencia.

Si bien una buena parte de tales bienintencionadas advertencias son sobrepasadas por una nueva visión según el prisma de cada uno, es seguro que aún quedan vestigios de algunas de ellas en esa zona sumergida en la más completa oscuridad de nuestro inconsciente; en ese último nivel, digamos, de una insondable y abstracta área del aparato psíquico, difícilmente franqueable.

 ***

Con esos claros antecedentes, como paliativo pensé clausurar mi predio preferido, y desplazarme por ahí sin ninguna inquietud, pero no me pareció la mejor decisión ya que hubiera sido como mutilar una parte importante de mis significativas actividades cotidianas.  Además, me opuse a sacrificar la ilusión original de aquel día en que recién pasado a mi nuevo hogar, acondicioné un lugar de quietud. Y mis interpelaciones e inspiraciones, ¿dónde quedarían?

Entonces en una noche de plena quietud, mirando hacia el firmamento, dulcifiqué mi corazón de los hechos acaecidos contra la memoria de doña Luisa, de mis familiares y de todos los bellos recuerdos que ese sector concentraba.

Así es como poco a poco, he vuelto a acercarme y a disfrutar la paz y el encanto de aquella inspiradora estancia: esa esplendorosa y diminuta creación nacida en un momento de soledad mental.

Exhortación

Confieso que a veces percibo una cierta fragilidad mental cuando por algún hecho puramente casual o por alguna fijación, vuelven a mis pensamientos las imágenes y voces de aquella juerga, o de alguna otra herida que deambula por ahí a medio sanar.

Pero una nueva fuerza mental adquirida a través de mis reflexiones en aquella sala,  me daría el valor necesario para vencer cualquier seducción de ese grupillo invasor, o de cualquier otro espía externo que pudiese poner en peligro mi estabilidad emocional. Y es que día a día, esa cosa que llaman ego, se toma el tiempo para desordenar el estado de ánimo, y así mantenerse vigente.

En estas circunstancias, experimentar la sensación de quietud en la más completa inmovilidad circundada de silencio, sería una forma rentable de repasar experiencias pasadas que entonces parecieron intrascendentes, pero que dejaron una estela indeleble.

Así se abre un nuevo panorama antes desconocido, que viene a despertar y engrandecer una adormecida conciencia que antes estuvo en el limbo. Es cuestión de apuntar en el blanco y ver claramente ese infinito potencial interno del cual estamos dotados. Entonces con este renovado horizonte, sería posible vencer el gran desafío de Pascal: poder permanecer en una habitación en completo silencio. En realidad no hay nada que buscar afuera; el cambio que ambicionamos, está en nuestro yo interior.

Bajo esta nueva perspectiva lo que propongo es transmutar los viejos hábitos enquistados en nuestros surcos cerebrales y emprender una nueva senda hacia la paz interior. Ante cualquier inesperada conmoción, la mente estará preparada para sobrellevarla, pues la quietud está en cada pisada que damos.

 

 

 

Avatar