Renán Calvo Calvo: La Marcha del Príncipe de Dinamarca

Haciendo un balance del espectáculo, sin duda alguna, evocando al pueblo navajo, es un transitar en la belleza.

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Renán Calvo Calvo, Profesor jubilado de la Universidad Nacional

Uno de los temas predilectos de mi colección musical en la sección de música clásica, es una palpitante obra llamada “La Marcha del Príncipe de Dinamarca”.

Conocida comúnmente como Trompeta Voluntaria, fue escrita alrededor de 1700 por el compositor y organista inglés, Jeremiah Clarke. Eso de voluntario significa que es una pieza musical escrita generalmente para órgano, que se toca como parte de un servicio religioso.

En este contexto, la marcha fue interpretada en1981 en las nupcias de la recordada y carismática Lady Diana, con el príncipe Carlos.

También ha sido utilizada en filmes, en videos, en miniseries y en documentales de televisión. Así la banda británica Chumbawamba incorporó en su tema “Tubthumping”, un breve fragmento de la citada melodía; y el recordado cuarteto inglés, The Beatles, la integró en el tema » It’s All Too Much”. Además, la banda sonora de Vladimir Dashkevich para Las aventuras de Sherlock Holmes y Dr. Watson, se inspiró en esta composición.

Cabe destacar que la marcha se utiliza como música de fondo en el imponente Reloj Real del edificio Queen Victoria, en Sydney, Australia, con escenas animadas mecánicamente sobre la historia real inglesa. A determinadas horas, el reloj se activa, y como si fuera un desmedido despertador cucú, salen a escena diminutos trompetistas en las torretas exteriores, mientras se escucha la trompeta voluntaria en toda la edificación.

Podría decirse que la naturaleza de la marcha permite cierta ostentación a la hora de ser interpretada. Quizás por ese motivo haya sido seleccionada por diversos grupos musicales, orquestas de cámara, orquestas sinfónicas, conjuntos de cuerdas, dúos, trompeta y órgano de tubos, cuarteto de cuerdas para bodas y muchos otros más.

Aunque prácticamente todas las interpretaciones que he escuchado son de mi agrado, una de las que más retribuye mi paladar musical, es la del grupo estadounidense “Compass Rose Brass Ensemble”.

En escena, diez virtuosos ejecutantes de traje negro, dispuestos en semicírculo y vigilantes, rozan cada instrumento de viento metal como preparándolo para iniciar el fantástico viaje hacia una burbuja musical.

Ante un imperceptible gesto de uno de ellos, cuatro trompetas, cuatro trombones, la tuba y el corno francés inauguran la vibrante audición.

Entonces sobre el proscenio comienza la soberbia articulación al unísono de todos los instrumentos, ante una expectante escucha que velozmente resulta enajenada con las ondas musicales que manan de cada instrumento.

En un instante, el espíritu musical del receptor resulta secuestrado cuando las trompetas, ya desde el mismo inicio, emiten esa sucesión rápida y alternada de dos notas musicales (el trino): una especie de gorjeo o “llamado musical”, muy común en aves canoras. Por ello, quizá algún emotivo escucha amante de la naturaleza, sintiese irremediablemente una especie de traslación a un nemoroso paraje donde alguna vez haya escuchado algo similar a ese melodioso quiebro musical.

¡Qué elevación! Atender aquellos compases, cuando los trombones, con esa profundidad que embelesa, y al unísono, “replican” al resto del “brass”, con una escala descendente en decrescendo. Y cuán atractivo resulta ver las varas de esos instrumentos llegando prácticamente a su máxima longitud, en tanto cada ejecutante, ensimismado, recorre el pentagrama interpretando cada nota, cada figura, cada silencio musical…

¡Y es que no hay espacio para la distracción! La obra se acrecienta y la tuba, en un pianísimo trance, sobresale reposada y señera con notas que parecieran quedar suspendidas en el ambiente, como dispuestas a golpear otra vez con los mismos compases, la corteza auditiva de los presentes.

Estando los diez intérpretes en el clímax de la ejecución, pronto la intensidad del sonido disminuye más y más, hasta que una invisible señal de uno de ellos, indica la finalización de la velada musical.

La otra interpretación de la marcha, que ciertamente provoca un especial arrobamiento, es un video de la orquesta de André Rieu, violinista neerlandés cuyas pomposas presentaciones, con un elenco que supera los 80 integrantes, transportan a su público a otra esfera terrenal.

Ante un entorno saturado de luces, trajes vistosos, joyas, pantallas gigantescas, un hermoso edificio de fondo y una vasta fuente cuyas aguas cristalinas reflejan el onírico espectáculo, surge la soberbia gala musical frente a una vigilante concurrencia.

Inmediatamente salen a escena, junto a su séquito, el príncipe y la princesa sobre un áureo carruaje real, tirado por seis corceles exquisitamente ataviados con jaeces y penachos de plumas blancas; toda una típica estampa que rememora el “Había una vez” … El seductor sonido de los trotes, dignos y pausados sobre las baldosas, diríase que marcan el ritmo de la marcha en ejecución.

El público se ve imposibilitado de permanecer sentado, y como si se tratase de un reflejo rotuliano, se levanta y saluda eufórico a la pareja. Ambos aristócratas responden agitando sus diestras, mientras el trino de las trompetas inunda la atmosfera del gigantesco anfiteatro.

En un instante dado, el carruaje se detiene; el maestro suspende la ejecución de su violín y se inclina ante la pareja real. Entonces la princesa y su prometido responden con una considerada reverencia, en tanto que la intensidad de los timbales percute las entrañas de los asistentes.

Cuánto agasajo oír pianissimo los compases de los clarinetes haciendo un solo y luego su repetición, aunque ahora emparejados con los violines.

Pero el itinerario musical no ha concluido. Ahora despuntan los metales que entran fortísimos y en ese mismo momento, como maná caído del cielo, irrumpe un potente coro de voces femeninas para matizar el soberbio espectáculo. La carroza ha desaparecido en lontananza mientras que el maestro con enérgicos movimientos indica la finalización de la obra.

Haciendo un balance del espectáculo, sin duda alguna, evocando al pueblo navajo, es un transitar en la belleza.

Introspección

Escucho la obra en aquellos momentos de fractura mental, cuando alimentar un espíritu a la deriva es lo más sustancial. Íntegra, la conciencia apunta a eso y el sentido de la audición se instala en las butacas de platea. Entonces, absorto, cuando la melodía llena el salón de música y la intensidad golpea, de pronto alguna conexión remota me impulsa maquinalmente a mirar hacia un lado; hacia el otro. Ahí está mi atenuante mural dispuesto en la pared. Lo diviso y escéptico- acaso aletargado- certificaría que las creaciones artísticas colocadas en él me miran y trasmutan su propósito original.

De soslayo, miro la reproducción de Rembrandt, y sostendría que el hijo pródigo, andrajoso y plasmado en la indigencia, perdiese tal condición y su semblante adoptase ya una actitud de gozo desmedido, al escuchar por todo el salón, el subyugante sonido armónico de los instrumentos metálicos. La insensibilidad del otro hijo ante el retorno de su arrepentido hermano, simularía desdibujarse y más bien sus facciones adustas, ahora tornasen aliviadas y de absolución.

Aturdido, y siempre en la cadencia de la melodía, enfoco mi visión hacia el centro de la pared. Ahí, en esa regia reproducción de Miguel Ángel, aceptaría que el índice de Adán, originalmente distante, ya en esta visión roza la falange del complacido Creador, el gran anhelo del hijo para llegar a una completa unión y de paso sentirse libre y redimido.

Pronto el envolvente pasaje del último compás, templado y alargado, me traen de vuelta a la habitación. Pero continúo obcecado y dentro de mí, siento que soy el director orquestal.

Interrogante

Siguiendo esta presunción, no dejo de preguntarme qué sobrevendría al estar en el museo de Louvre con unos audífonos, escuchando la música, y observar fijamente a la señora a unos metros de distancia.

¿Semejante terquedad modificaría en mi ánimo su enigmática sonrisa?

Empero, no debo preocuparme. Como paliativo a mis espejismos, me consuela aquella gente que asegura que la mirada de la mujer los va siguiendo, sin importar el ángulo desde donde la miren.

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