Renán Calvo Calvo, Profesor jubilado de la Universidad Nacional
Con júbilo se entona la independencia de una nación.
Elocuentes melodías exaltan la valentía de un pueblo.
Monumentos conmemorativos se erigen al héroe nacional.
En funerales militares, se enaltece la agonía de los combatientes caídos.
Credenciales de paz son otorgadas cuando cesan conflictos armados.
Y como símbolo de dominio, se consagran himnos de alabanza que mitifican espantosas guerras.
Este último enunciado concuerda con la marcha Radetzky: una composición musical que nació para solemnizar la victoria.
Con su conocido ritmo contagioso y la capacidad para animar cualquier auditorio en todo el mundo, constituye un símbolo de celebración y alegría al punto que escuelas militares la tienen como marcha oficial. Es costumbre que sea el tema de cierre del famoso concierto de Año Nuevo en Viena, con una audiencia estimada en 50 millones de oyentes.
Durante la interpretación en los escenarios, se espera que el director musical de turno se vuelva hacia los espectadores para enardecerlos e indicarles con resueltos ademanes, cuáles segmentos de la cadenciosa música deben marcar con sonoras palmadas.
Sin duda alguna, las abundantes ejecuciones del tema son aprobadas por el respetable, precisamente por esa contagiosa música instrumental de carácter militar. Y aunque la partitura sea siempre la misma, para cualesquiera de los directores estelares —como sucede con muchas obras— su realización será siempre un verdadero desafío, además de la oportunidad de imprimirle cada uno su rúbrica característica.
De ese abanico de opciones escoger una de ellas para el presente comentario, me resultó difícil dada la destreza de las ejecuciones y el protocolo en sí. Por ello tuve que recurrir a algo así como «De tin marín de do pingüé», favoreciéndome la actuación de la Orquesta Filarmónica de Viena dirigida esta vez por el carismático Daniel Barenboim, eximio pianista argentino
No obstante siguiendo mi gusto musical, me veo en la obligación de mencionar sólo algunas de las excelentes interpretaciones que se conservan: la del renombrado instructor italiano Riccardo Mutti; la del célebre maestro austriaco ya desaparecido, Herbert von Karajan; Zubin Mehta, maestro indio y Gustavo Dudamel, conocido compositor venezolano.
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La Marcha, imponente y triunfal, comienza con un solo de tambor a la vez que ingresa el director de elegante frac, batuta arriba. De inmediato se escucha una breve introducción donde más de 90 músicos inician en un gran “tuttti”: prácticamente todos los instrumentos entran en acción, distribuidos en las secciones de cuerdas, viento madera, viento metal y los marcadores del ritmo: la reconocida e infaltable percusión que golpea el recinto expectante, junto a los inconfundibles platillos resonantes que acentúan partes claves de la ejecución.
Esta corta y vibrante introducción ya prepara a la audiencia para lo que viene: una pieza de carácter miliciano, con un ritmo adherente, que invade toda la capacidad auditiva del oyente.
Pronto se percibe el primer tema de carácter marcial, enérgico y solemne, diseñado para afirmar autoridad y despertar la emoción en los presentes, puesto que es la parte más conocida cuando el observador suele destacar el ritmo con sus manos.
La concurrencia exaltada, no se aguanta las ganas e intenta animar la fiesta, pero el líder, con un tajante pero simpático gesto, les indica que aún no es el momento para inundar el teatro de palmadas. Con un ademán hacia la orquesta, diría: “Todavía no; este espacio es para mis músicos; ya ustedes tendrán el momento de descargar su adrenalina”.
Se repite esta primera parte con sonido en forte, y ahora sí, ante la señal intensa del maestro, y una mirada que pareciera decir “la sala es de ustedes”, frenéticos los asistentes con sus rostros contemplativos, inundan la atmósfera de clamorosas palmadas.
Luego, una parte piana en donde los presentes intuyen que no hay que palmear, y entonces el director con agudeza de experto, provocando en ellos singular delirio, los felicita y murmura: “Bravo…bravo”. Repite esta primera parte con la mirada acusante del director; el público ríe, y luego ante una decidida señal, el auditorio vehemente retorna a ser parte inherente del espectáculo.
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Lo que deviene, la parte B, sí bien conserva su intrínseco carácter militar, ya constituye un aterciopelado masaje al oído. En esta el ritmo sigue actual, pero ya no se impone; se disfruta. Si la sección A era a paso firme y de aspecto diríase “militarote”, dinámico y solemne escrito para confirmar la hazaña, ahora se siente una especie de respiro relajante dentro del ímpetu marcial de la obra. Tras el movimiento sólido y fuerte marcado del inicio, y aquel avance fuerte “izquier, dos, tres, cuatro”, con el espectador palmeando y taconeando en el piso, ahora se destensan los semblantes con un sonido más dulce y piano. Es como un viaje fugaz a la gloria. Ya piano, piano, la música se desvanece, y el director junto a los intérpretes, parecieran rodearse de una especie de aureola que los torna iluminados. Los arcos de los violines parejamente arrullan las cuerdas; las flautas trinan uniformes; los contrastes de los clarinetes infiltran los oídos, mientras que los timbales y los platillos se escuchan allá, como en un lejano valle verdoso. Todo bajo un exquisito espacio donde proliferan las enormes y lujosas lámparas de cristal colgantes, acompañadas de lucidos arreglos florales.
El director emocionado, hace un movimiento artístico con ambas manos, acompañado de una especie de lance digno de un buen lidiador. Y como si el ambiente tembloroso se llenara de una fragancia hechizante, emerge una especie de arrebato; un inmenso deleite orgásmico en donde cada parte se consolida. Parafraseando al místico, se da una especie de claridad donde la vida misma se transforma en una inigualable orquesta; todo se inmoviliza, hasta el mismo espectador que siente como en el ámbito teatral el tiempo se detiene.
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La melodía torna a la sección A, con la misma introducción y el sonido fuerte de la primera parte. Los concurrentes comprenden que en estos compases no deben participar, por lo que permanecen inmóviles. Entonces el conductor gira hacia ellos y con una sutileza única acompañada de un ademán que habla por sí solo, les envía un beso de beneplácito.
Después de la reanudación, retornan las palmas y resurge un sonido piano escoltado por una ostensible percusión que al fondo, halaga la atención del oyente. Regresa el sonido forte y ante la señal del líder, la concurrencia ardorosa acompaña a la orquesta. El tempo disminuye, los vistosos arcos de los violines como si se pusieran de acuerdo se elevan casi a la misma altura, y ante la resuelta señal del conductor termina la velada. Los músicos se levantan y la multitud gratifica a los ejecutores con un cerrado aplauso ante mirífica gala.
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Consideraciones
Confieso que siempre he agradecido infinitamente a los visionarios gobernantes de mi país, el hecho de que nunca haya tenido que sufrir la partida de un hijo o familiar para enrolarse en el ejército. Pero debo reconocer que siempre me ha asombrado observar los rigurosos cambios de guardia en los palacios reales, que combinan desfiles, precisión, solemnidad, y sugerentes uniformes, bajo el fondo musical de algún tema militar.
De igual manera, otras ceremonias imponentes que me causan deleite y captan mi atención, son los desfiles militares con cientos de soldados marchando en filas, con la expresiva mirada hacia adelante sin mover un solo músculo facial, o bien hacia el lado donde están las autoridades superiores, siempre con una férrea disciplina, sin romper la rigurosa alineación ni el progreso. Todos con la vestimenta idéntica, impecable, sin un solo pliegue; de botas relucientes, levantando las piernas y el brazo derecho con exacta precisión a la misma altura, mientras el izquierdo sostiene con firmeza el fusil. Una vista aérea de esta notable exhibición, disolvería la numerosa tropa, para devolvernos un solo cuerpo moviéndose simétricamente con suma pulcritud.
Concentrado en estas imágenes, se levantan en mi ánimo aquellos imborrables conciertos matutinos o recreos en el parque de Heredia, a cargo de la banda municipal de ese cantón. Después de disfrutar el recital y una vez terminado este, los músicos se alistaban en filas en la calle frente al templo católico para ir a colocar los instrumentos a la Gobernación. Resultaba muy apasionante contemplar cuando los integrantes en pleno encabezados por su director, caminaban a paso largo ejecutando la marcha Radetzky. Tal era la fiebre que yo, palpitante y ajeno a los transeúntes, los acompañaba por las aceras del parque, hasta llegar finalmente a la vieja edificación.
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Contrastando con esas estampas miliares, recuerdo con nostalgia mi trayectoria por la banda musical del Liceo Napoleón Quesada. Aquí disponíamos de clarines, tambores redoblantes, dos bombos y dos liras. Como director, yo tenía que estar atento cuando los muchachos marcaban el paso ya que algunos ignoraban mi voz con la expresión militar “izquier… izquier…, ” a fin de recalcar fuerte el tiempo con el pie izquierdo, si bien algunos lo efectuaban con el derecho, situación inaceptable aunque fuera un entusiasta aprendiz.
Con esta minúscula banda, interpretábamos “la marcha triunfal de Aida”; el relato del soldado “Mambrú se fue a la guerra” o la cadenciosa “Marcha del coronel Bogey” que nosotros la conocíamos como “el puente sobre el río Kwai”. Yo preocupado haciendo énfasis en el “izquier” para que Retana, el bombista, rectificara su pisada mientras nos aplaudía el numeroso público apostado en las inmediaciones del Parque Juan Santamaria, en Alajuela.
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Final.
La polifonía de la marcha Radetzky encarna el espíritu nacionalista austríaco. No sólo es música; es también historia viva: el relato épico de un pueblo victorioso. Esto por cuanto la afamada partitura, concebida en 1848 por Johann Strauss I – maestro también de los valses -, nació para conmemorar el poderío militar austríaco y sus victorias en el norte de Italia, al mando de Joseph Wenzel Radetzky un octogenario mariscal cuya prolongada trayectoria de campañas gloriosas, lo elevó a la categoría de héroe nacional de Austria.
Dada la popularidad, el tema también ha sido utilizado en cine, televisión, documentales, actos oficiales, eventos deportivos y desfiles.
Me atrevería a certificar que si en alguna ocasión escuchásemos tan sólo los primeros compases de esta marcha, nuestro cuerpo se rendiría al dominante ritmo: casi sin notarlo, los pies marcarían el pulso y las manos acompasarían sobre la superficie más cercana.

