Renán Calvo Calvo, Profesor jubilado de la Universidad Nacional

Microcosmos viviente

I

Microcosmos viviente

de excéntrica presencia:

como el lucero en algún

rincón de la creación,

efímero pasas inadvertido

al inicio de tu ciclo existencial,

en la intrincada red alimenticia

que equilibra la dinámica poblacional.

Tu esplendor despunta como

un diminuto abalorio,

esculpido con las más

inverosímiles orlas,

adherido con singular celo

en el selecto sitio estratégico

que constituirá tu primer alimento.

II

Ahí estarás solapado el tiempo preciso

hasta que la sapiente naturaleza

revele la rudimentaria nueva apariencia:

una críptica maquinaria instruida en

devorar el mundo vegetal.

Con el tiempo te transformarás

en un adulto alígero

excepcionalmente bello,

digno de compararse con

las más seductoras maravillas

de la biodiversidad,

pero, ¡vaya discordancia!,

por ahora, a medida que te agigantes,

algunos te considerarán repulsiva

por los fétidos olores que secretas;

otros, con los deformes monstruos

mitológicos te compararán,

simplemente por la habilidad

de alterar tu apariencia;

y habrá quien sufra de náuseas

por confundirte con deposiciones de aves.

¡Cuánta pericia!

Olvidan que son los mecanismos

de protección que te resguardan y te libran

de los famélicos acechadores…

III

El día de la reforma, cuando hayas

acumulado suficiente contundencia,

tendrás otra transformación sustancial

de aparente quietud, de indefensión,

aunque internamente, asaz activa.

Pendiente de un hilo sedoso

encubierta en tu entorno,

lucirás casi exánime;

sólo que, como la diosa Atenea,

protegida por una égida acorazada

que prácticamente te hará impenetrable.

¿Hasta cuándo?

VI

Rebasado el ineludible letargo,

por un recodo de la floresta,

se materializa súbitamente

un sueño azul,

que diríase fue arrancado

de los filamentos plumosos

de un cirro nómada.

Engreída con los escépticos moradores,

solemne se exhibe, batiendo

con distinción sus espléndidas alas

deslizándose magna sobre

una invisible alfombra roja,

con el beneplácito de

miríadas de inquilinos,

mas con indiferencia ante

algunos de sus congéneres,

que suspicaces, se resisten

a su imponente figura.

Tan armónico es su aleteo,

que por corceles invisibles

pareciera tirada, a través

de centelleantes briznas.

Contemplando su vuelo,

pareciera que se suspende

en el éter, retando la gravedad,

para luego proseguir con distinción,

su refinada travesía.

V

Intemporal, perduro

observando tus soberbios modales.

Con asombrosa serenidad,

tus argénteos apéndices receptivos

palpan las potenciales provisiones,

buscando el manjar melífero

que te dé la longevidad necesaria para

continuar el ciclo reproductivo,

y así inmortalizar

tu portentosa belleza.

Tu refulgente emblema

es como luna en plenilunio;

otras, como un fantasmilla

de arquitectura cristalina,

que el angosto paraje recorres;

algunas se deslizan

al compás del canto crepuscular

de quiméricas arpas que producen

eco en el sotobosque.

Luego, rauda te pierdes en la

oscuridad de la espesura

para posarse y recuperar

tu laboriosidad.

Más adelante, emprenderás

tu odisea para localizar

la preciada joya

donde colocar la simiente

que preservará tu descendencia

***

Insignia de los bosques:

continúa engalanando las

veredas por donde transitas,

y gracias por permitirme

disfrutarte y seguirte en mis sueños.

No pierdo la confianza

de que también me veas en los tuyos

aplaudiendo frenético,

tu fascinante revoloteo.

¡Ah! y cuida tu descenso:

con frecuencia, a la vera

del camino surgirán

merodeadores oportunistas

disfrazados de ecologistas

que podrían arrasar

con tu domicilio.

¡Ay de ellos!

Serán los responsables de tu extinción

y de la anunciada hecatombe global.

r.c.

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Por editor5

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