José Ricardo Carballo Villalobos, Periodista Codirector

Dicen que a la mesa y a la cama solo una vez se llama. Aplica para todo mundo, salvo para aquellos que por distraídos o ingenuos no oyen a la primera o que, pese a tener hambre (de cualquier tipo), les gusta hacerse de rogar, pero, tarde o temprano, terminan cediendo.

Muy a mi pesar, dentro de las excepciones debo incluirme yo también. No por decisión propia o porque no quiera atender el llamado a apersonarme a ninguno de los dos sagrados aposentos ya mencionados –sobre todo si, como en “El Padrino”, son ofertas imposibles de rechazar-, sino porque simple y sencillamente no me quedó de otra.

Resulta que días atrás asistí a mi cita tóxica de turno con Dekra. Y la califico así tan a la moda porque, pese a sus dos rechazos previos, yo seguí ahí de majadero y persistente, por no decir acosador, insistiéndole hasta que me diera el ansiado sí, con la esperanza de que –siguiendo con los dichos- la tercera fuese la vencida.

Tal parece que la trillada máxima puede aplicarse no solo a citas sentimentales o laborales, sino también a las de carácter automotriz. No porque Dekra se lo merezca o sus encantos resulten tan irresistibles como los de Margot Robbie, sino porque era eso o exponerme a una multa de 55 mil colones que me saldría más cara que mis dos últimas citas románticas anteriores.

Así que, entre resignado y previsor, me fui de nuevo a mi encuentro de rigor con la “rogada” de Dekra a ver si esta vez lograba recibir la tan escurridiza aprobación que hasta ese momento se me había negado, más por despiste que por negligencia de mi parte.

Para ponerlos en contexto sobre mis fallidos flirteos anteriores, a la primera sorprendieron a mi carro con las llantas delanteras gastadas en exceso y yo ni en cuenta. A la segunda, por acudir extemporáneamente a la cita de reinspección; es decir, fuera del plazo de los 30 días de ley otorgados para corregir el fallo.

Sobre este particular, antes de que me acribillen por tan inaudito desliz, arguyo en mi defensa que sí intenté reservar la cita, pero no encontré espacio dentro del plazo establecido, por lo que muy “a lo tico” opté por jugármela a ver si los agarraba de buenas y me dejaban pasar.

¡Qué va! Más bien eran aquellos tiempos confusos en los que la novel Dekra no daba pie en bola, lo cual se reflejaba no solo en la imposibilidad mía y de muchos otros –incluyendo el diputado Eli Feinzaig-, de sacar una cita, sino en otra serie de interminables gazapos de principiantes como la falta de respuesta a las llamadas, los mensajes de WhatsApp dejados en visto y las cambiantes reglas del juego (que no se iba a cobrar la reinspección, que mejor sí, que mejor no…)

En fin, por más que le hice ver mi triste situación a la funcionaria que me recibió en el portón de entrada de la estación de Alajuelita, me recetó un estate quieto y me mandó a la casa, dejándome vestido, alborotado y enllantado hasta nuevo aviso. En resumen, como en la canción de Grupo Pesado, a chillar a otra parte, con todo y los neumáticos nuevos de paquete.

“Tranquilo, que tiene tiempo hasta julio para venir de nuevo sin que le hagan multa”, me dijo a modo de despedida, haciéndome sentir como al típico intenso al que su contraparte femenina lo baja de sopetón de la nube, enviándolo directo y sin derecho de defensa hasta el indeseable y castrador averno de la “friend zone”.

Ante tan desalentador panorama, otro, en mi lugar, hubiera batido en retirada, pero yo, que no acepto un no como respuesta, sobre todo bajo amenaza de lucrativa multa, volví de nuevo a sacar la cita –esta vez como con tres meses de anticipación- para esperar con paciencia franciscana la fecha definitiva de mi tercera y vencida visita. (Vuelve el perro arrepentido, con sus llantitas tan nuevas…)

Y la fecha finalmente llegó. Con mis nervios y ansiedad a cuestas –no sé por qué las revisiones vehiculares me provocan esa reacción instintiva- me fui más furioso que rápido hasta mi consabida cita con la intransigente de Dekra.

El club de bienvenida no fue particularmente halagüeño. Un mal encarado oficial de seguridad me recibe y, vía un rápido ademán, le consulto a distancia que en cual fila debo ubicarme, a lo que me responde, con un dejo de desgano y prepotencia, que “eso depende de lo que venga a hacer”.

“Seguro que vengo a hacerme un examen de sangre”, pienso de inmediato y me muerdo la lengua para no rebajarme a su nivel, contestando una pachotada con igual o peor insolencia de la que él me prodigaba. Fingiendo amabilidad, aunque la cara evidenciara lo contrario, me coloco en la fila indicada a esperar mi turno.

Toda avanzaba bien y a ritmo prometedor hasta que, llegando a la caseta de pago, Murphy hizo de las suyas, y aplicándome su infalible ley, me dejó esperando por algunos minutos al regreso de la funcionaria encargada que, justo al momento de mi arribo, se le ocurrió irse a hacer una diligencia urgente (solo si era de naturaleza fisiológica se la perdono).

“Solo falta que me rechace la tarjeta”, me digo, entre risas, en complicidad con Murphy, al verla regresar y extenderme el datafono para el pago respectivo. Por dicha no sucedió y sigo adelante a la línea tres que, para mi suerte, lucía desierta, con solo dos autos por delante. La fortuna comenzaba a sonreírme.

Entre dubitativo y nervioso, como en primera cita a ciegas, me pongo en marcha, no sin antes elevar una oración al Santo de los Vehículos Reincidentes (¿existe?) y desearle lo mejor a mi amado cacharrito, al que, a diferencia de su dueño, percibo convencido y dispuesto a lucir el mentado “sticker” asido al parabrisas.

Inicia la prueba. Conforme avanzo, observo los rostros de los inspectores, tratando de descifrar alguna señal o gesto anticipatorio de mi inexorable destino. ¡Imposible! Tal parece que todos están entrenados con las mejores técnicas del “poker face”.

Afortunadamente, esta vez no solo el carro fluyó sobre ruedas, también la revisión. Los frenos, la suspensión, las luces, las escobillas, los compensadores… todo perfecto. Ni una sola falla, hoja limpia y “sticker” asegurado… por fin. “Gracias y que le vaya bien”, me despide el inspector.

“Suave, un toque, y las llantas, ¿qué pasó con las llantas, el motivo grave inicial de toda esta novela automotriz? Ni me las volvió a ver. ¿O sí? Casi me devuelvo a reclamarme; mejor me abstuve. No quería que, por sapo, me mandaron a cambiar las traseras y volver por cuarta ocasión ininterrumpida.

Pero, digo, después de la inversión realizada para reponerlas, mínimo un mimo para ellas o una felicitación sincera al responsable y persistente dueño. Nada de nada, ambos vilmente ignorados. Definitivamente en Dekra no se merecen mis llantas nuevas (ni las de mi carro tampoco). Hasta aquí llegamos… al menos por lo que resta del año. ¡Nos vemos el próximo, mi amor tóxico!

Por Jose Ricardo Carballo

Periodista, escritor y Codirector de La Revista