José Ricardo Carballo Villalobos, Periodista Codirector

Esta vez no traicioné a mi abuela. A diferencia de hace una década, que la cambié por Mickey Mouse, a raíz de un viaje a Florida, en Estados Unidos, el pasado fin y principio de año la pasé con ella, en Guanacaste, como dicta la tradición familiar.

Orgulloso, puedo jactarme que fui de los pocos de sus más de 30 nietos y bisnietos que celebró la llegada del 2023 a su lado, según consta en la foto de rigor, venida a retrato personal –casi selfie-, ante la ausencia de los que en otrora colmaban la estampa.

Diez años más tarde casi me convierto en un traidor reincidente, de no ser porque, al final, pudimos acomodar el viaje familiar para los primeros días de diciembre, evitando así conflictos afectivos de cualquier tipo y que, al menos, la abuela pudiera pasar bien acompañada y sin resentimientos los últimos días del 2022.

Lamentablemente no puedo decir lo mismo de Mickey, quien se quedó esperando repetir el abrazo de año nuevo. Si bien Orlando es una de mis ciudades favoritas de Estados Unidos -y Mickey Mouse, de mis personajes consentidos-, en esta ocasión decidimos, por unanimidad, cambiar al ratón por algo más nutritivo y colorado: una manzana.

Pero no cualquier manzana, sino la Gran Manzana. Aquella que data de 1626, es hogar de 8,5 millones de personas (solo en la ciudad) y en la que se hablan hasta 700 lenguas diferentes, una legítima Torre de Babel. Sí, querido lector, el año pasado tuve el honor de conocer otra de las ciudades de mis sueños y pegarle un buen mordisco a la querida y enigmática New York City (NYC).

¡Vaya experiencia más maravillosa! Tantos recuerdos, tanta historia, tantos rincones a lo largo de sus 830 kilómetros cuadrados de área urbana. Solo al rememorarlo me abrumo y me bloqueo, dificultándome la intrépida labor de escoger por dónde empezar la osadía de describir una ciudad indescriptible.

Por su extensión, imponencia y versatilidad, escribir sobre ella puede resultar igual o más retador que recorrerla, ante el riesgo inminente de caer en simplificaciones, omisiones o simplemente no elegir las palabras indicadas que le rindan justicia a tan encantador y cosmopolita destino.

Así que, mi mejor consejo con Nueva York y con cualquier otro sitio que visite, dentro y fuera de Estados Unidos, es que no deje que se lo cuenten y que vaya a experimentarlo en carne propia. Le prometo que no se arrepentirá.

Infinidad de atracciones

Qué puedo decir yo diferente sobre Central Park, el Memorial 9-11, Top of the Rock, la Quinta Avenida o Times Square, por citar algunas de las más icónicas atracciones visitadas, que no haya sido mencionado antes con mayor acierto y propiedad, por parte de viajeros más asiduos que este novel servidor. Con solo una búsqueda rápida en Google (24,7 millones de resultados) o una solicitud al tan de moda ChatGPT sabrán a lo que me refiero.

Perfectamente podría relatarles lo que significó adentrarme en las entrañas de Central Park, una soleada y fría tarde de domingo, a transitar en bicicleta por sus pasajes infinitos artificiales plagados de bosques, prados, explanadas y apacibles lagos.

O bien, la adrenalina y algo de vértigo al escalar hasta el observatorio del Top of the Rock, entre las plantas 67 y 70 del Comcast Building, un rascacielos estilo Art Déco construido en 1933, desde donde se puede vislumbrar Manhattan a vista de pájaro. Simplemente espectacular y sobrecogedor.

Una sensación similar, dicho sea de paso, a la que se experimenta, al subir al edificio Edge, en Hudson Yards, al oeste de Manhattan (casa del no menos célebre Vessel, el futurista edificio de acero). Aunque el clima no nos favoreció, pudimos comprobar que, aún en medio de la densa bruma y pertinaz llovizna, las vistas de Downtown y de Nueva Jersey al otro lado del río Hudson, desde 345 metros de altura, son impresionantes y dignas de las mejores fotografías.

Y hablando del río Hudson, podría contarles también del viaje en ferry hasta la Estatua de la Libertad, el símbolo de New York y de USA (según consta en varias de mis películas favoritas), ubicado en la Isla de La Libertad, muy cerca de la famosa Ellis Island, sede del Museo de la Inmigración. Un deleite visual no solo por las dimensiones del icónico monumento (las cuales se magnifican al verlas desde los jardines circundantes), sino por las hermosas vistas panorámicas de la bahía y el skyline de Manhattan.

Sin duda, un tour imperdible, junto a la visita al imponente Empire State, una joya arquitectónica de más de 400 metros y 102 pisos (el observatorio se encuentra en el piso 86), por cuyas paredes externas escaló King Kong, sosteniendo a su querida Ann y esquivando las balas de los aviones de combate, en una de las muchas escenas míticas del sétimo arte que tuvo al rascacielos como protagonista.

Bajando de las alturas y con los pies bien puestos en la tierra, podría referirme a la aventura un tanto abrumadora, pero no por eso menos recomendable, de estar en medio de la vorágine de Times Square, con sus sirenas, pitazos, múltiples anuncios de neón y sinfín de personajes curiosos (Batman, Bumblebee, el vaquero desnudo, las botargas de Disney, los monjes budistas…) O de la emoción de sentirse como “Mi Pobre Angelito” frente al árbol de Navidad gigante del Rockefeller Center, iluminado con sus 50 mil luces multicolor y su estrella de cristal Swarovski, puesta por primera vez en 2004.

Sin contar la nostalgia de ver mi película favorita de Disney, el Rey León, en Broadway, o las talentosas y meticulosamente sincronizadas Rockettes, en el mítico Radio City Hall, comer una fusión de comida japonesa y mexicana en el Chelsea Market –cuna de las galletas Oreo- , cruzar caminando el Brooklyn Bridge o atestiguar el espectáculo de luces de la Tienda Sars o de las casas decoradas de Navidad en Dyker Heights, entre otras gratificantes actividades que formaron parte del tour de diez días.

Sobreviviendo a una ajetreada vida

De eso y más les hablaría con lujo de detalles, pero como comenté más arriba, aparte de que ya todo está debidamente narrado y documentado en la web, correría el riesgo de lo que pretendía ser una resumida y concisa crónica de viajes, se convierta en una antología tan densa y pesada como el bullicio y el olor a marihuana que inunda algunos rincones de la ciudad (¡diay, algún defecto tenía que tener!).

Por ende, a modo de cierre y con el afán de aportar algo distinto, me centraré brevemente en ciertos detalles sobre la ajetreada vida cotidiana neoyorquina que me llamaron la atención y que, en medio de tanto estímulo, pueden pasar desapercibidos para algunos viajeros no tan observadores del día a día.

Empiezo con una advertencia. Si usted es amante del silencio y le incomodan los tumultos, entonces mejor no vaya a Nueva York. Elija algún lugar apartado en la Sierra Nevada de California o, por ejemplo, la tranquila ciudad de Vero Beach, en Florida, que pude conocer hace algunos años y que constituye un completo remanso de paz que contrasta con su homóloga de la costa este.

No me malinterpreten. De verdad que la ciudad es mágica, fascinante y enamora de principio a fin. Pero no es para todo mundo. Si usted no lleva dentro de la maleta, aparte de un buen GPS, altas dosis de paciencia, calma y un casi militar sentido de la orientación, lo puede llegar a absorber. En pocas palabras, la ciudad se lo “tragará” y lo hará sentir diminuto e indefenso como una ardilla en Central Park.

Y aunque perderse es parte de la aventura, ya después de dar un par de vueltas en círculo, como gusano en manzana (¡valga la apropiada analogía!), como nos ocurrió una noche después de comer en Five Guys (deliciosas las hamburguesas, por cierto) puede llegar a ser extenuante, especialmente después de una seguidilla de largas caminatas diarias, con varias capas de ropa a cuestas y sorteando gélidas temperaturas.

Pero, ni el cansancio o el frío extremo, se comparan con el principal desafío al que se enfrenta cualquier visitante extranjero: acoplarse al frenético ritmo de vida de sus estresados habitantes. Allá todo mundo anda en carreras, ensimismado y enfocado en lo suyo. Si no me cree, pruebe quedarse parado “jeteando” en medio Times Square a hora pico y verá como rapidito lo atropella algún apurado newyorker o se gana una buena madreada en gringo de la que ni todos los santos de la Catedral de San Patricio lo podrán librar.

Es curioso y hasta algo intimidante ver cómo en NYC siempre está ocurriendo algo, sin importar la fecha, hora o lugar. Basta con mirar en derredor y se dará cuenta que hasta por debajo del pavimento, de donde emanan densas columnas de humo y sonidos ambientes del Metro, hay intensa actividad 24-7… de todo tipo y contrastes. Vuelvo a la superficie y diviso los escaparates de las exclusivas tiendas de Cartier, Gucci, Prada, entre otras marcas de alta gama y, justo al frente, un indigente clama por una limosna. Ni la Quinta Avenida es inmune a las contradicciones sociales de la capital del consumo.

Es tal la sobrecarga sensorial de la gran urbe que hay que aprender a manejarla con prudencia y sabiduría para no llegar a sentirse en exceso abrumado o desgastado frente a un ultra acelerado ritmo de vida no apto para almas demasiado serenas y flemáticas. De lo contrario, corre el riesgo de contraer lo que mi papá, muy atinadamente, en buena jerga vernácula, llegó a bautizar como el síndrome del “neoyorqueado”, una mezcla entre mal de patria, cansancio y ganas de salir corriendo.

Parte de los efectos secundarios de la ciudad que nunca duerme…  y, para serles sincero, uno como visitante tampoco, ante la amplia y generosa oferta de entretenimiento y la limitada agenda disponible para disfrutar de ella. Allá todo va tan rápido que ni siquiera el tiempo rinde, por lo que, si bien conocimos los principales destinos, nos quedaron otros pendientes, igualmente cautivadores. Para resumirlo gráficamente, digamos que la gran manzana quedó por la mitad, a la espera de que, más pronto que tarde tenga que regresar (¡cuidado pierdo!) a devorarla completa.

Como bien dice la canción icónica de John Kander y Fred Ebb, “I want to be a part of it. New York, New York.” Espero que después de leer esto, el sentimiento sea mutuo y, al igual que yo, ya esté salivando pensando en su próximo bagel o hot dog de Nathan´s.

¡Nos vemos manzanita! Prometo volver…

Por Jose Ricardo Carballo

Periodista, escritor y Codirector de La Revista