José Ricardo Carballo Villalobos, Periodista Codirector

Finalmente ha llegado la hora de reconocerlo y hacerlo público. Por salud mental no puedo seguir ocultándolo más tiempo. De esto que les voy a contar me di cuenta a principios de mes, en Cartago, tras participar de un festival donde muchos de ellos y ellas se dieron cita para entregarse a sus máximos placeres e incomprendidas aficiones.

Pues sí, debo admitir que soy un… geek. Me declaro culpable. Bueno o malo, pero lo soy. Tal vez no al nivel de Sheldon Cooper y sus amigos de The Big Bang Theory –aún no me sé de memoria cada película de Star Wars ni me visto como el capitán Spock-; sin embargo, he de confesar, que comparto algunos rasgos, comportamientos y excentricidades que distinguen a los exponentes de esta particular y apasionante subcultura.

¿Cómo cuáles?, se estará preguntando usted, con justificado morbo y curiosidad. Bueno, para empezar, me gustan los cómics y películas de superhéroes (#teamDC), soy un friki del cine clásico (El Padrino, mi favorita), me encantan las series animadas ochenteras (Thundercats, He-Man, Halcones galácticos…) y tengo una afición medio obsesiva con todo lo que tenga que ver con el “Joker”, especialmente el de Heath Ledger (por mucho, el mejor de todos y no estoy dispuesto a discutirlo con nadie).

Esto, por citar solo algunas de las principales y más socialmente aceptadas “geekmanías” que me caracterizan a mucha honra, para admiración o perplejidad de quienes me conocen. En resumen, terminé convirtiéndome en eso que otrora tanto critiqué. Algo así como Anakin Skywalker cuando se unió al lado oscuro de la fuerza (los colegas entenderán la referencia).

 

Que son unos “bichos raros”, que no saben socializar sin una pantalla de por medio o que todo el tiempo se la pasan en maratones de animé o juegos de video hasta altas horas de la madrugada eran parte de los odiosos estigmas que les endilgaban a los famosos geeks, ñoños, otakus, o como usted quiera llamarles.

Aunque algunas de esas ideas sí que son ciertas –que lo diga mi hermano quien es capaz de amanecer jugando Play Station– no quiere decir que por ello sean unos inadaptados, lobos solitarios o psicópatas en potencia que andan por ahí recreando en la vida real las misiones de Call of Duty con rifles de largo alcance y a plena luz del día.

Si bien hay casos de casos, una gran mayoría–yo incluido, por supuesto- califican como personas buenas, honradas y responsables que, como todos, tienen sus obligaciones por honrar en horas hábiles, pero, en sus ratos libres, dan rienda suelta a sus pasatiempos o “frikadas”, tan estrafalarias como poco entendidas por el resto de mortales.

Una de las principales y que me hacía falta tachar en mi checklist de tareas que “todo macho alfa geek que se respeta debe cumplir antes de morirse” estaba la de ir a alguno de estos famosos festivales, estilo Kamen, Matsuri o Comic Con. Por más que muchos de ellos se hacen a escasos cinco minutos de mi casa (en el Estadio Nacional) tuvo que celebrarse uno en Paraíso de Cartago para animarme a romper esa sequía. ¿Por qué me esperé tanto y por qué fui tan largo? ¡Vaya usted a saber! Varas de nosotros los geeks.

El asunto es que me fui hasta Campo de Ayala para participar de la primera edición del Isshoni Fest 2023, que reunió en un solo lugar y durante dos días -1 y 2 de julio- a varios de los mayores exponentes de ese universo, entre cosplayers, gamers, coleccionistas, ilustradores, emprendedores, bailarines de KPop y demás artistas de distintas edades, procedencias y animés favoritos.

Yo, que lo más cercano que había estado a un evento geek, era una fiesta de Halloween o la premiere de alguna película de Marvel, tuve el honor, pese a ser un novato en lides “ñoñeras”, de ser uno de los invitados especiales, en mi condición de escritor y amante de las imitaciones.

“Queremos que venga a disfrutar del evento, comer rico y pasarla bien”, me dijo uno de los organizadores, en uno de los primeros contactos que tuvimos. Lo que no sospechaba es que estaba a punto de pasar de ser un simple invitado más a convertirme en protagonista de la doble jornada.

Aunque al principio no estaba muy convencido de ir y hasta llegué a pensar que se trataba de un error, al final accedí, más por curiosidad que por convicción propia (reconozco que lo de “comer rico” también influyó). Lo vi como el pretexto perfecto para arrancar la segunda mitad del 2023 cumpliendo uno de mis propósitos de año nuevo: presentarme en vivo como imitador.

A diferencia de mi faceta de escritor, en la que ya soy relativamente conocido, a raíz de mi participación habitual en eventos como la Feria Internacional del Libro o Transitarte, no puedo decir lo mismo del mundo de la comedia, donde mi rostro –y mi voz- no es tan familiar que digamos entre los amantes de las risas.

Más allá de una fugaz aparición en televisión nacional, en el programa de Canal 6, La Dulce Vida, en 2019, mis apariciones públicas se han limitado a mi canal de YouTube (JR Imitaciones, al cual invito a todos a suscribirse) y algunos shows virtuales por Facebook para levantar el ánimo en tiempos de pandemia.

De ahí que lo vi como la oportunidad perfecta para salir de mi zona de confort (y de residencia), presentándome de cuerpo entero y a cara limpia, por primera vez, en una actividad presencial, masiva y abierta a todo público. ¡Qué nervios!

Además, había un motivo especial para arriesgarme a una mayor exposición: el estreno oficial del nuevo show de JR, Voces del cine animado, en el cual venía trabajando desde hace no pocos meses y creía que había llegado la hora de darlo a conocer, para amor u odio de los espectadores.

Era la prueba de fuego que tanto necesitaba para comprobar in situ, si el show era bueno y tenía potencial o, por el contrario, lo engavetaba y me dedicaba mejor a seguir grabando videos caseros para YouTube, en la soledad y comodidad de mi cuarto, ajeno a los reflectores, los aplausos, los abucheos y demás ingredientes de una fama que, como diría Jaime Bayly, me es esquiva… y tampoco ando buscando –agregaría yo.

Afortunadamente, a juzgar por las risas, comentarios y miradas de asombro de la gente, todo apuntó a lo primero y se logró el cometido: despertar la nostalgia entre todos los presentes, grandes y chicos, quienes pudieron recordar gratos momentos, viendo en familia o con amigos aquellos clásicos animados del cine (La Sirenita, El Rey León, La Bella y la Bestia, Aladdín, El Libro de la Selva… en total, fueron 20 películas y más de 70 voces de personajes).

No fue fácil dar el salto. A pesar de los nervios traicioneros y el síndrome del impostor que siempre aparece (“no sos bueno”, “vas a hacer el ridículo”…) pude acallar a ambos y demostrar que sí podía hacerlo y disfrutar del proceso, venciendo no solo el estrés, la tensión y sensación de vacío que conlleva presentarse en vivo, sino también fallos técnicos inevitables de última hora que, felizmente, pudieron subsanarse para que todo marchara sobre ruedas.

No puedo calificarlo aún como un éxito de taquilla (le falta más millaje y horas tabla para llegar a semejante conclusión), pero lo que sí puedo asegurar es que el público presente en el Isshoni, dentro del cual figuraban Spider Man, Saori, Kakashi, Sakura, entre otros cosplayers que probablemente conocían mejor que yo a los personajes imitados y sus voces, le dio el visto bueno y lo disfrutaron bastante, llegando a participar de las dinámicas y honrarme con sus aplausos.

Ya en el “aftershow”, más relajado y distendido, pude conversar con los asistentes, hacer buenos contactos, tomarme fotos con los cosplayers, grabar videos promocionales con la voz de mis personajes para los emprendedores, mandar un saludo con la voz de Vegeta por WhatsApp y hasta “trolear” a Venom hablándole como Venom.

Al final de la tarde del segundo día y, despojándome del sombrero de imitador, me puse el de escritor para, junto a una apreciada y talentosa colega, mostrar parte de mis obras y comprobar que a los geeks también leen y apoyan la literatura nacional.

Una muestra más de lo mucho que podemos emular de los miembros de esta subcultura si aprendemos a convivir, tolerar y celebrar a quienes piensan, actúan y tienen gustos distintos a los de la mayoría… o tal vez no tanto.

Si quiere comprobar en qué nivel se encuentra en el “geekómetro”, le invito al próximo Isshoni Fest, el 23 y 24 de setiembre, en Santa Ana. A lo mejor y descubre, como yo, que también es un geek en potencia o totalmente consumado. La ventaja es que siempre hay campo para uno… o muchos más. De antemano, ¡bienvenido al club y que disfrute la experiencia!

Por Jose Ricardo Carballo

Periodista, escritor y Codirector de La Revista