José Ricardo Carballo Villalobos, Periodista Codirector

Desde muy joven he estado familiarizado con el apellido Dengo. Aunque no tengo ascendencia directa, sí tengo un vínculo familiar político, cortesía de dos primas, hijas de un nieto del reconocido reformador y precursor de la educación costarricense de principios del siglo pasado.

Puedo jactarme de que, en mis años de infancia, me relacioné no sólo con el papá de ellas, sino también con el abuelo, ambos del mismo nombre y apellido que su célebre antepasado, el mítico educador, periodista, escritor e intelectual, Omar Dengo Guerrero.

Durante mi inocente niñez, entre juegos, paseos e idas a nadar al Indoor Club, nunca dimensioné el peso y significado de portar tan icónico apellido, pero hoy, con el debido uso de razón, caigo en cuenta del enorme privilegio que tienen mis primas de ser parte de las nuevas generaciones de la dinastía Dengo en Costa Rica.

Y aunque solo una de ellas quiso seguir los pasos de su bisabuelo y ejercer como profesora, estoy seguro de que se sienten sumamente orgullosas de ser herederas de un hombre extraordinario e insuperable en la historia de nuestro país, un verdadero líder, revolucionario y profeta de la educación nacional.

No lo digo por razones subjetivas o afectivas, sino con la convicción propia de quien ha estudiado –un poco- la vida y obra de don Omar Dengo. Lo último que leí, dejándome una grata impresión, fue un ensayo del exvicerrector de la Universidad Nacional, Francisco Gutiérrez, titulado “Omar Dengo, educador de un pueblo”, escrito en 1978, con motivo de la conmemoración del 50 aniversario de su sensible pérdida.

Al terminarlo, aparte de afianzar mis sentimientos de profunda admiración y respeto hacia el Maestro de Maestros, fue inevitable que me embargara una gran nostalgia, tristeza y hasta cierta orfandad ante la ausencia actual de figuras de la talla moral, académica e intelectual del educador más grande y humilde que ha tenido Costa Rica, en palabras del propio Gutiérrez.

Junto con Roberto Brenes Mesén, Joaquín García Monge, Carlos Gagini, entre otros, integró una fecunda generación de hombres y mujeres probos e intachables al servicio de la sociedad, portadores de una lucidez, visión, conocimiento, honradez, sabiduría, entre otras virtudes de las que lamentablemente adolecen muchos de sus sucesores actuales.

Viendo el estado calamitoso de nuestra educación, es imposible extrañar y añorar a aquellas mentes lúcidas y preclaras de antaño que sentaron las bases para un modelo educativo al que debemos muchas de las grandes conquistas sociales de la Costa Rica de la primera mitad del siglo XX y que hoy, lamentablemente, hace aguas por todo lado, a causa de la inoperancia, negligencia e improvisación de quienes no supieron honrar el valioso legado de Dengo y compañía.

Y no lo digo como uno más de esos anacrónicos románticos, cuyo lema es que “todo tiempo pasado fue mejor”, sino remitiéndome a la evidencia pura y dura de lo que ha ocurrido, en las últimas décadas, con nuestro sistema educativo, según lo constata la prensa, analistas en la materia y voces autorizadas de gran credibilidad como el Estado de la Educación.

Repasar todas y cada una de las deficiencias de nuestro sistema sería llover sobre mojado (ya muchos se han referido con mayor propiedad de lo que este humilde autor podría hacerlo), por lo cual me limitaré a enfocarme en uno de los más recientes y mediáticos gazapos: la (inexistente) Ruta de la Educación.

Resulta que salvo que la mentada ruta sea algo así como la 27, llena de hundimientos y al borde del colapso, tal parece que no existe un camino claro a seguir durante los próximos cuatro años, con sus respectivas tareas, cronogramas, métricas, responsables y presupuestos (por citar lo mínimo que debería tener un plan serio y bien estructurado).

Según denuncian diputados, sindicatos y rectores, a estas alturas lo que hay, ni siquiera en papel (menos en la ejecución), es un cúmulo de ideas y ocurrencias inconexas o un rejuntado de diapositivas colgadas en la página del MEP para salir del paso y acallar a los críticos o a la prensa canalla.

En su defensa, la ministra de Educación, Katherine Müller Marín, dice que la ruta no es un plan ni un documento, es un proceso vivo. ¡Ajá! Y eso, con qué se come. Lo mismo puedo decir de mis propósitos de año nuevo. Pero si no los tengo escritos y delimitados, aquello no pasará de ser un conjunto de buenas intenciones (y ya sabemos lo que dicen de ellas) o, en palabras de la ministra, un proceso vivo… que tarde o temprano pasará a estar muerto.

Vuelvo al libro de don Omar y él, en su infinita visión y sapiencia, sabía, desde principios del siglo pasado, el camino a seguir de nuestra educación de cara a los retos de la Costa Rica de cinco o seis décadas más tarde. “La escuela tiene que ser un taller, un laboratorio en que deben forjarse la obra de un ser que puede hacer algo más que oír y contestar: que puede pensar, que puede crear.”

En contraste, los políticos actuales (hasta pena me da escribirlo) ni siquiera saben qué hacer en cuatro años. Así o más lamentable. ¡Perdónalos don Omar por semejante afrenta a tu memoria!

“Los problemas políticos no son sino problemas de educación”, agregaba el educador del pueblo. ¡Cuánta verdad! Nuevamente, a las pruebas me remito. Ojo el razonamiento de la señora Ministra de Educación. “Si ayudamos a que los niños tengan autoestima, crean en sí mismos, tengan fe, esos niños van a poder defenderse del tema del bullying y vamos a poder reducir el tema de la invasión del narcotráfico en los centros educativos”.

No dudo –y apuesto que don Omar tampoco- que una elevada autoestima contribuye a reducir el impacto del bullying en los estudiantes, pero de ahí a argumentar que a punta de fe y una buena autoimagen se va a erradicar el narcotráfico en escuelas y colegios me parece tan desafortunado como surrealista.

Las soluciones a los desafíos educativos van mucho más allá de pensamientos mágicos, anunciar 250 becas en cinco años (con una población estudiantil superior al millón de personas), implementar mejoras en 27 escuelas modelo o recurrir a propósitos simplistas que, suenan bonito, pero que, en el fondo, no son más que platos de babas: “pasar de lo negativo a lo positivo”, “la excelencia educativa como marca país”, “establecer el centro educativo como el corazón de la labor del MEP”.

Se requiere de un plan concreto (en el papel y en la práctica) sustentado en sólidos principios pedagógicos y epistemológicos que lo hagan posible. Todo lo demás son quimeras, omisiones, improvisaciones, habladas o lo que, en buen tico, llamamos puros batazos de “pegabanderas.”

Tampoco hace falta resucitar a don Omar –quien se debe estar revolcando en su tumba ante el desorden actual- o ser un doctor en educación para saber lo que hay que hacer. Estudios, informes y diagnósticos sobran (aunque muchos estén engavetados en un archivo burocrático). Es más, muchas de nuestras desventuras actuales ya las anticipaba Dengo desde que era profesor en la Escuela Normal, lo que demuestra que más de cien años no han sido suficientes para corregirlos y, por el contrario, siguen agravándose.

“La escuela tradicional niega el espacio a la espontaneidad y a la creatividad de los estudiantes y no favorece relaciones horizontales entre maestro y alumno. La práctica de exámenes y calificaciones son verdaderos instrumentos de segregación que favorecen únicamente a quienes se amolden a los requerimientos del sistema, dejando por fuera a la mayoría de los educandos iniciales”, opinaba en aquella época.

¿No es acaso el mismo lastre que venimos arrastrando desde hace no pocos lustros? Una muestra inequívoca no solo del don profetizador del Benemérito de la Patria, sino también de la centenaria añejez de nuestros graves y eternos males educativos.

¿Qué se ha hecho desde entonces para remediarlos? ¿Qué está pasando? ¿A qué se debe tanta sinrazón e ignominia? Dejemos que sea el mismo don Omar Dengo quien nos lo explique, según una cita que se recoge en el libro en cuestión. “Estamos en el plano de la imitación y hay que ascender al plano de la creación. Estamos en el plano de las desordenadas vacilaciones y hay que ascender al de las construcciones firmes.” Menuda y compleja tarea nos espera… y pensar que ni siquiera tenemos una ruta para afrontarla.

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Por Jose Ricardo Carballo

Periodista, escritor y Codirector de La Revista