Ricardo Carballo: Guía práctica de salud mental para tiempos complejos

Al final del día, busque dedicarles tiempo a los suyos. Comparta con ellos, hable con ellos sobre sus sentimientos, preocupaciones, logros, deseos… de lo que sea, menos del covid-19.

0

José Ricardo Carballo Villalobos, Periodista Codirector

Acabamos de cumplir seis meses desde el primer caso positivo de covid-19 y siento que más bien ha sido esa misma cantidad, pero de años, los que han transcurrido desde que el indeseable visitante llegó a nuestro país -desgraciadamente para afincarse y multiplicarse-. Y, lo peor, es que, a juzgar por los recientes reportes epidemiológicos, aún nos queda un largo trecho por recorrer para, algún día, despertar de este trance, el más duro que, quizás, debamos enfrentar en nuestras vidas.

¿Aguantaremos los meses o años que aún faltan para salir de esto? ¿Hasta dónde nos llegará la paciencia? Siendo optimistas y si el pronóstico de la OMS no falla –que no siempre es el caso- podrían quedarnos unos dos años más de pandemia. O sea… a esperar sentados y con mascarilla. Pero, como no vamos a andar como ermitaños hasta el día de la inauguración del Mundial de Qatar, mejor nos vamos habituando a vivir bajo esta nueva normalidad, velando siempre por la conciencia y responsabilidad individual, en beneficio de la salud colectiva.

Digamos que el acatamiento de las medidas básicas sanitarias, que ya todos conocemos y no voy a repetir, es fácilmente verificable por medio de recursos humanos y tecnológicos. Si bien, lo ideal sería que el cumplimiento estricto derivara de la disciplina y un prudente sentido de la autogestión del riesgo, mientras los “no hay pandemia” anden por ahí sueltos, ningún esfuerzo preventivo o represivo saldrá sobrando, con tal de domar a la bestia (me refiero al virus, por supuesto).

Lo que, muchas veces, escapa a nuestro propio control y fuerza de voluntad es el manejo que debemos hacer frente a los cuadros de estrés, ansiedad, tristeza, miedo, desasosiego y demás sentimientos disfuncionales que en estos aciagos tiempos se multiplican a la velocidad del coronavirus. ¿Qué hacer para gestionar nuestras emociones correctamente? En buen tico, ¿cómo hacer para no volvernos locos? Son preguntas que los expertos han tratado de responder desde el primer día, de distintas formas y a través de diversos canales. Es tanto lo que se ha dicho al respecto que yo, que ni siquiera llego a aprendiz de coach, es poco lo que puedo aportar, sin sonar reiterativo o parecer un legítimo vende humos de piscología barata.

Entonces, antes de hacerme acreedor de semejante epíteto, aclaro que lo comentaré a continuación es producto de mi experiencia de más de cuatro años leyendo o escuchando a diario sobre el apasionante mundo del desarrollo personal. Lo hago no como dueño de la verdad absoluta sino como una simple recomendación, eminentemente práctica, de lo que podríamos hacer en nuestro día a día para cuidar nuestra frágil cordura –si es que nos queda alguna. Algo así como un servicio a la comunidad que, si a alguien le es de utilidad, de cara a la complejidad de los meses venideros, me doy por satisfecho.  Bueno, sin más preámbulo, entremos en materia.

Plan de acción

Primero, amanezca temprano. Procure madrugar lo más que pueda (yo no lo logro antes de las 6) y dedique al menos la primera hora y media del día a usted. Si estira la mano para apagar el despertador, no la corra para tomar de inmediato el celular porque esto lo llevará a empezar el día de una manera reactiva y sujeta a factores externos, no siempre alentadores, que no podemos controlar (notificaciones, mensajes pendientes, basura en redes sociales).

Mejor opte por mover el cuerpo entero. Levántese, estírese, tómese un vaso de agua (para hidratar y reactivar el organismo). Luego, como le decía, dedique un mínimo de 90 minutos a la persona más importante en su vida: usted. Puede hacer ejercicio, leer un libro, escuchar audios o videos motivadores, entre otras acciones que nutran su mente y le eleven la energía para enfrentar el resto de la jornada.

En mi caso, me gusta ahondar en algún tema de crecimiento personal aplicable a mi vida, negocio o relaciones (liderazgo, inteligencia emocional, disciplina, biografías de personas exitosas). Temas hay como formatos disponibles en la red. No hay excusa para no acompañar el desayuno con una buena dosis de automotivación. Desde hace unos meses, he venido practicando también la meditación guiada o el mindfulness, en la privacidad de mi cuarto, o bien, en exteriores, recibiendo el sol o escuchando los sonidos de la naturaleza, lo cual me ayuda a despejar la mente, para una atención plena al momento presente (ser y estar, aquí y ahora).

Ahora sí, hasta este momento, casi dos horas después de haberme levantado, tomo el celular para atender temas laborales o personales importantes, mas no necesariamente urgentes. De paso me percato que el mundo no se acabó porque no respondí rápido un mensaje de WhatsApp o me perdí el meme del día en Facebook.

Hago un paréntesis para aclarar que no pretendo satanizar el uso del teléfono celular, una herramienta de suma utilidad y necesidad. Mi intención es propugnar por un uso razonable e intencionado para que no drene nuestro tiempo y energía. Como todo en la vida, no debemos caer en el exceso y lo ideal es encauzarlo hacia nobles y productivos fines (conectar con un amigo lejano, atender un cliente, cumplir algún pendiente laboral, publicar un mensaje edificante, entre otras acciones más productivas que pasarnos todo el día, consumidos en el bendito aparato haciendo scroll).

Volviendo a mi rutina diaria, empiezo a trabajar (lo hago desde la casa), dividiendo la jornada en bloques, cada uno de 25 a 30 minutos, previamente agendados, que favorecen mi productividad y rendimiento. Esta técnica, conocida popularmente como “Pomodoro”, me permite estructurar mejor el día, organizando las actividades en orden de prioridad y atendiéndolas individualmente –nada de multitasking-, procurando el mayor enfoque en la ejecución de cada una de ellas y lejos de cualquier agente distractor.

Una vez finalizado el bloque de trabajo, me doy un descanso de cinco minutos para estirar las piernas, tomar agua o (aquí sí se vale) revisar notificaciones del celular. Tómelo como una recompensa al esfuerzo de concentración realizado. Un tip importante: Por cada dos horas seguidas de trabajo en bloques, amplié el receso a unos 15-20 minutos.

Al medio día, luego de mi hora de ejercicio, acostumbro ver las noticias y almorzar (en ese estricto orden para evitar indigestiones). Trato de ser selectivo en el consumo, dando énfasis a lo que pueda resultarme de interés como la conferencia de prensa del medio día, por si hay alguna nueva directriz o actualización de medidas, y los deportes (porque me gustan). Nunca pensé en llegar a decir esto, a sabiendas de que soy periodista, pero el resto del día prefiero alejarme del trabajo de mis estimados colegas, sobre todo en lo referente a temas de poca edificación (chismes, pleitos, polémicas, discusiones).

Por la tarde, continúo trabajando siempre bajo la modalidad del “Pomodoro” para no embotarme y con música relajante de fondo para concentrarme mejor (las de Zelda son mis preferidas porque, aparte, me recuerdan mi niñez). ¿Hasta qué hora sigo en esas? Hace algunos meses diría que hasta que termine (soy más de objetivos que de horarios), pero, dado que la casa se ha convertido en lugar de estudio, trabajo, recreo y hasta gimnasio, le sugiero trazarse un horario que le permita separar claramente los tiempos laborales, personales y familiares.

Comparta y descanse

Al final del día, busque dedicarles tiempo a los suyos. Comparta con ellos, hable con ellos sobre sus sentimientos, preocupaciones, logros, deseos… de lo que sea, menos del covid-19. Disfruten en burbuja de una cena, una película o un buen juego de mesa. Despeja le mente y felicítese por lo logrado durante el día, sin martirizarse por lo que quedó pendiente. Ya habrá tiempo mañana para establecer un nuevo plan de acción.

Dedique la noche a relajarse, a desintoxicarse de las malas noticias, a utilizar la tecnología para conectar con sus seres queridos. No se imaginan lo que un “¿cómo estás?” o un sincero “cuídate mucho” puede hacer en el alicaído ánimo de las personas en estos tiempos. Nos hace falta solidaridad, empatía, comprensión y, como diría Rocío Durcal, mucho amor en el aire.

Al menos una hora y media antes de acostarse, aléjese de los dispositivos electrónicos. Prepare el cuerpo y la mente para un merecido descanso. A mí me sirve tomar una ducha y un té o una bebida de chocolate caliente –mi preferida-, como ante sala al ritual de irme a la cama, que consiste en escuchar música o leer un rato. No se desvele demasiado –en esto estoy trabajando- y cumpla con las siete u ocho horas recomendadas de sueño. Su cuerpo y su mente se lo agradecerán.

Al día siguiente, trate de hacer lo mismo, no necesariamente en el mismo orden porque siempre surgen imprevistos y, además, cada quien tiene necesidades y circunstancias distintas (hijos, pareja, tipo de trabajo) que condicionan cumplir a cabalidad estas recomendaciones. Pero, si, en la medida de lo posible, incorpora algunas de ellas a su diario vivir, le aseguro que notará la diferencia en su salud mental, salvo que sea un problema grave que amerite atención profesional.

Reitero que no son infalibles ni únicas – cada quien exorciza a sus demonios a su manera- aunque, modestia aparte, siento que condensan bien un poco de lo que he aprendido de manera autodidacta sobre temas de inteligencia emocional, estoicismo, disciplina, fuerza de voluntad, entre otros asuntos propios del vasto campo de la psicología humana. Ojalá le sea de utilidad y si desea un efecto más duradero y efectivo, vuelva a leer este artículo y repita el ciclo cuando termine la pandemia.

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...