Ricardo Carballo: La Carpio – mascarillas en el corazón contra los prejuicios y estigmas

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José Ricardo Carballo Villalobos, Periodista Codirector

La primera vez que fui tenía mucho miedo. Fue hace casi veinte años, con motivo de un trabajo de la U. Lo único que conocía del lugar era lo transmitido por los medios de comunicación; o sea, nada bueno: inseguridad, pandillas, drogas, delincuencia…, lo típico del estigma que, lamentablemente, la prensa y mentes prejuiciosas les han endilgado a muchas de las comunidades urbano marginales de San José.

Al final, cumplí con mi trabajo y sobreviví para contarlo, aunque el temor siempre estuvo presente, sobre todo cuando tuve que abordar un bus de regreso que no me inspiraba nada de confianza, ni por sus precarias condiciones ni por las miradas sospechosas de sus ocupantes. ¿Cómo, usted fue solo a La Carpio? ¡Está loco!, me recriminarían después mis amigos.

Viéndolo en retrospectiva, quizás fui un poco o muy imprudente. Chispas de inmadurez adolescente. Desde ese día, no volví a ese sector de La Uruca, pese a que, desde el 2013, vivo en el mismo distrito. Como no quería quedarme con ese maniqueo concepto, aproveché que, recientemente, un grupo de voluntarios visitaría la comunidad para unírmeles y vencer cualquier resabio traumático adormecido en mi subconsciente.

Fue el pasado sábado 31 de octubre, temprano en la mañana, cuando nos juntamos en el parqueo del recién clausurado Parque de Diversiones, para afinar los preparativos de lo que sería una jornada más de la campaña “Ponete una mascarilla en el corazón también”, organizada por La Revista y otra serie de colaboradores y empresas amigas.

Tras una breve refrigerio y sesión de planeación, nos enrumbamos hacia la comunidad. A bordo de la buseta, íbamos el Dr. Alvaro Salas, coordinador de la campaña; el director de estrategia, Elliot Coen, personal voluntario y permanente de la Cruz Roja –socio clave en las labores de logística- y mi persona. Todos, armados con nuestros respectivos implementos de protección y un fuerte sentido de solidaridad para ayudar los más necesitados en estos tiempos adversos.

“Es una comunidad donde se ha registrado un brote muy importante de COVID-19 que vamos a ayudar a controlar repartiendo mascarillas”, me había dicho, minutos antes, el Dr. Salas, lo que me produjo cierta inquietud y preocupación, esta vez no tanto por la sensación de inseguridad, sino por la posibilidad de un contagio. Aunque, debo confesar que la actitud jovial y relajada de los muchachos y muchachas de la Cruz Roja –más acostumbrados que yo a esos menesteres- me devolvió el ánimo y valentía necesarias para cumplir con la gran labor humanitaria que nos disponíamos a acometer.

No había tiempo de arrepentirse. Habíamos llegado a nuestro destino final. Mascarilla en rostro y cámara en mano, me bajo dispuesto a documentar gráficamente la labor. Era una mañana tranquila y soleada. Unas jóvenes que hacían ejercicio en una plazoleta a la orilla de la calle nos dan la bienvenida. Lo interpreto como una señal positiva que nos augura que todo irá bien. Nada malo puede esperarse de gente amante de la práctica deportiva.

Cruzada solidaria

Me acomodo la gorra, un poco de bloqueador solar en el rostro… y listo, manos a la obra. Divididos en pequeños grupos, empezamos la tarea, casa por casa, puerta por puerta. “Upe, buenas, señora, le traemos unas mascarillas.” Algunos no salen o nos miran con cierto recelo detrás de las verjas. ¡Ahorita no, gracias!, dice una. ¿Cuánto valen?, pregunta otra. No se preocupe, son una regalía, les aclaramos. De inmediato abren y sonríen aliviadas y con confianza, al ver los distintivos de la Cruz Roja.  Junto con las mascarillas, les entregamos volantes informativos sobre la COVID-19, el cuidado de la salud bucodental y otras enfermedades como el dengue, el zika y la chikungunya.

La Carpio es una comunidad noctámbula. Ahí la actividad de sus más de 19 mil habitantes (según el censo 2011 del INEC), se intensifica después de mediodía. Aunque ya son más de las 9 a.m., todavía muchos duermen y ni siquiera se inmutan con los gritos de los voluntarios. Los que salen, aún en “fachas” o descamisados, se muestran agradecidos con el gesto. Los más afables, incluso, intercambian algunas palabras. “Así me gusta, que ponga la ley”, les dice el doctor, en tono jocoso, luego de repasar las medidas de bioseguridad básicas como el lavado de manos y el distanciamiento. “Las de tela son para salir a la calle y las quirúrgicas o desechables para que las utilicen en la casa”, le recuerda una funcionaria de la Cruz Roja a otra vecina que sale a recoger el donativo, no sin antes agradecer con una sonrisa sincera, en nombre de su numerosa familia.

Seguimos la travesía por sus irregulares y desoladas calles. Pocos negocios abiertos. Algunas pulperías por allá, otras sodas por acá ofreciendo desayunos. A lo lejos, en una venta de ropa americana y tiliches, Rosa Reyes, me comenta que la “iniciativa le parece excelente porque hay personas que no tienen los recursos para adquirirlas”.

Con ella coincide don Antonio Fernández, un paciente recuperado de COVID-19 que me topé por casualidad en los alrededores de la escuela. “La gente piensa que esto es mentira, pero en los días que estuve en el hospital Calderón Guardia vi por lo menos a 20 personas salir muertas”, afirma enfáticamente. Me deja sin palabras. Le agradezco y me despido.

Entrando a zona roja

Entregamos en los comercios, las paradas de buses, las casas y a todo aquel que nos topáramos por media calle, con especial atención a aquellos que anduvieran desprotegidos o fueran de riesgo. Jason Araya, el Coordinador de Juventud de la Cruz Roja, nos reúne y, serio, nos dice que estamos a punto de ingresar a una de las zonas más conflictivas, la parte sur de la calle principal, cerca del sector de La Cueva del Sapo. Ya anteriormente había escuchado mencionar ese lugar y no por muy buenas razones. Un leve escalofrío me recorre la espalda. Trato de guardar la compostura. Avanzamos y, pese a que se ve más pobreza y tugurios, la actitud de los vecinos siempre fue de apertura y agradecimiento.

Lo más inquietante que vi fue un señor, un tanto desaliñado y, en apariencia, pasado de tragos, que, con mirada inquisidora, me saludó de una forma muy particular: ¿Qué pa, no tiene algo para mí? Casi le digo: “Sí, mascarillas”. Me abstuve, no tenía pinta de estar para bromas.

Apresuro el paso y me uno al resto de compañeros. Percibo una férrea vocación de servicio y un espíritu altruista mucho más fuerte que cualquier riesgo de contagio o de asalto. Al final, no pasó ni lo uno ni lo otro. Las mascarillas, los guantes y las carretas resguardaron nuestra salud. Y los choferes de las ambulancias y la unidad de Fuerza Pública, nuestras pertenencias e integridad física.

No obstante, nunca nos sentimos en peligro. Todo lo contrario. Nos acogieron como lo que éramos: seres humanos ayudando a otros seres humanos. Se portaron amables, receptivos, conscientes y respetuosos. Una forma de ser totalmente diferente a lo que cualquiera esperaría de un pueblo cuya imagen ha sido desvirtuada. “Unión y Variedad, la Magia de Nuestra Comunidad”, reza el dicho emblemático de La Carpio.

Misión cumplida

Son poco más de las 11 a.m. y ya estamos llegando al final de la jornada. El sol empieza a picar con fuerza. La Carpio se torna en un hormiguero. Filas de carros, peatones, pitos… El deber llama a la puerta de los lugareños: trabajo, mandados, paseos, compras del diario, trámites, estudios y demás compromisos sabatinos. “Vámonos Ricardo, que hacemos presa”, me grita Elliot. Antes de que me toque salir en transporte público, como la primera vez, hago caso y abordo la buseta.

Las bolsas de mascarillas lucen vacías. Misión cumplida, me digo satisfecho. ¿Qué te pareció?, me pregunta el Dr. Salas. “Excelente, se ve que es una comunidad muy bien organizada y amable”, le respondo. Asiente a mis palabras.  Miro por la ventana el paisaje urbano que va quedando atrás. Jóvenes estudiosos, señoras jefas de hogar luchando por la manutención de sus hijos, hombres que salen a su trabajo o a buscar uno, niños jugando y divirtiéndose… Todos cumpliendo con sus deberes y, lo mejor de todo, debidamente protegidos con las mascarillas recién distribuidas.

En fin, gente honorable y honrada buscando salir adelante en medio de la crisis. Como en todo lugar, siempre hay odiosas excepciones, pero, en definitiva, los malos siempre serán menos (lo que pasa es que son más bulliciosos). Para darnos cuenta, debemos apropiarnos del slogan de la campaña de La Revista y ponernos una mascarilla en el corazón también. No solo para solidarizarnos con los que menos tienen, sino para evitar contagiarnos de los prejuicios, la discriminación y los estigmas que nos impiden ver que en La Carpio y en muchos otros lugares de Costa Rica, los buenos seguimos siendo mayoría.

 


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