Ricardo Carballo: Sea como mi vecina antisocial y salve vidas

Definitivamente este coronavirus, como parte del desbarajuste extremo que nos ha infligido, ha venido a variar radicalmente nuestros hábitos de interacción social.

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José Ricardo Carballo Villalobos, Periodista Codirector

Si ya de por sí quienes vivimos en condominios no nos distinguimos por ser los más sociables del mundo habitacional, ahora con esto de la pandemia del COVID-19, el asunto ha adquirido dotes alarmantes, rayando casi en lo tragicómico.

De ello me di cuenta un día de estos que me topé en el elevador a una doblemente desconocida vecina –digo doblemente porque tras de que casi nunca la veo, portaba full mascarilla, careta y anteojos, por lo que pudo haber sido mi propia madre que no la habría reconocido-.

Seguramente cuanto tomó el ascensor iba rezando a que siguiera de un solo tirón hasta el sótano, pero, bromista que a veces se porta el de arriba, la obligó a detenerse en el piso 11 de este servidor y ni para qué. Aquello fue como si hubiera visto en mi presencia a la propia peste en sandalias y con barba.

Apenas se abrió la puerta se refugió en una esquina viendo hacia la pared y, parapetada tras el carrito de compras que la acompañaba, con costos se dignó en determinarme, menos en saludarme. Y tras de eso, al ser una vuelta rápida dentro del propio edificio, yo no estaba obligado a portar protección alguna, salvo los trapos viejos con que uno “viste” en cuarentena, y eso seguramente elevó a la décima potencia su sentido de prudente cautela o de injustificada paranoia extrema –ya a estas alturas uno ni sabe dónde está el límite entre ambos.

La verdad no pude contener una sonrisa maliciosa al verla tan desconfiada, aunque en el fondo le agradecí. Era mejor eso a que, por jugar de simpática y hablantina, bajáramos a golpe de propulsión salival hasta el sótano.  Por un momento quise emular a Alfred Hitchcock (disfrutaba hacerse pasar por asesino en sus viajes de elevador) y empezar a toser o estornudar solo para ver su reacción. Mejor me abstuve. A como la vi de aprensiva, era capaz de abrir de golpe las puertas y bajar por las gradas como alma que lleva el covid.

Llegando a nuestro destino final, opté por prescindir de mis modales de buen caballero –las damas primero- y, sin mediar palabra o despedida, me hice tirado para evitar mayores incomodidades y que mi precavida acompañante pudiera descender tranquila sin parecer una araña a rastras contra la pared. ¡A la próxima, bloqueo el elevador para que no se suba nadie!, parecía gritar a la distancia.

Definitivamente este coronavirus, como parte del desbarajuste extremo que nos ha infligido, ha venido a variar radicalmente nuestros hábitos de interacción social. Y no me quejo. Si ese es el precio que hay que pagar para salvar vidas no me importa que todos en las calles nos veamos con ojos de recelo como si fuéramos la propia reencarnación de Freddy Krueger al acecho de su nueva víctima en esta pesadilla que vivimos desde hace cuatro meses (yo siento que han sido cuatro años).

Sé que no es fácil y todos quisiéramos agarrar la calle como si no hubiera un mañana, abrazar a la mamá, darle un beso al abuelo, chocar los cinco con el compañero, ir a vacilar con los amigos, pasear con la pareja… Los entiendo y me solidarizo porque yo también he pasado por esas etapas. Pero lamentablemente no es tiempo para ninguna de esas actividades. Ya hemos visto las funestas consecuencias de quienes no han podido refrenar sus impulsos y han cedido ante la primera invitación a fiestas o “baby showers”. Más de 7.200 casos y 28 muertos a causa del COVID-19, al 11 de julio.

No queda más que echar para atrás con la deseada flexibilización y volver al encierro a ver si acaso logramos recetar unos certeros martillazos a esa curva que sigue en franco y acelerado ascenso, en contra de todos nuestros deseos y expectativas. Es el efecto directo de la indisciplina y el “porta a mí” tan característico del costarricense que se siente inmune a los males terrenales que aquejan solo a “los otros”.

“Armemos la fiesta, de por sí solo se vive una vez y de algo hay que morirse…” y con ese nocivo sentido de la vida se mueven por el mundo diseminando no solo virus sino también displicencia, irresponsabilidad, intolerancia, desobediencia, cinismo, arrogancia y todo ese coctel mortal de antivalores que vemos en las calles y en redes sociales, como muestra inequívoca de que aún nos falta mucho por mejorar como sociedad.

“Que tenemos que salir para no morirnos de hambre”. Bueno, una cosa es salir a laborar para ganarse el sustento diario, cumpliendo todos los protocolos de higiene y seguridad, y otra muy distinta, deambular por ahí a cara e indiferencia descubiertas, participando de fiestas, reuniones, tes de canastilla y demás eventos vedados por su claro potencial homicida. Nadie lo está obligando a quedarse en casa –aunque a veces den ganas – pero tampoco nadie puede velar por su autocuidado personal. La responsabilidad es exclusivamente individual.

Protéjase siempre, en todo momento y lugar. A como estamos hoy, no será señalado ni juzgado por antisocial. Más bien dará ese gran ejemplo que tanta falta nos hace. Es mejor pasar por odioso y vivir para contarlo que poner en riesgo la salud propia y ajena por andar aparentando ser muy sociable y extrovertido.  En tiempos de “no me mirés ni me toqués”, esa actitud del típico confianzudo hablador igualado, irónicamente, equivale a la de un completo inadaptado social y ya de esos hemos tenido de sobra.

Mejor hágase un favor y sea como mi vecina. Caerá mal al principio, pero al final muchos le agradecerán por haberle salvado la vida y la de sus seres queridos.

 


José Ricardo Carballo Villalobos,
Periodista Codirector de La Revista CR

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