Ricardo Carballo: Un cumpleaños con “toda la pata” doblada

No hubo chance de meter las manos ni de soltar el madrazo. En cuestión de microsegundos, estaba revolcándome en el piso, rabiando del dolor, mientras mi hermana, ignorante en primeros auxilios, no hallaba ni qué hacer, salvo tomar el teléfono para que mi papá, cual socorrista improvisado, fuera en el carro a recogerme y devolverme a la casa a iniciar mi terapia de hielo y reposo.

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José Ricardo Carballo Villalobos, Periodista Codirector

Mi nuevo año de vida lo estrené con una buena metida de pata. No se precipiten. Ni voy a ser papá ni tampoco me descubrieron en la mentira o en alguna mala movida. Me refiero a una legítima, auténtica y literal metida de pata que me provocó un esguince de tobillo, justo el día inaugural de la semana de mi cumpleaños.

No sé si fue un inmerecido regalo a modo de recordatorio de que ya no soy un “veinteañero” o un suceso fortuito de esos que ocurren cuando nos acercamos peligrosamente al cuarto piso, pero lo cierto es que mi cumpleaños lo pasé con el pie hinchado y bailando las mañanitas en pata renca.

Todo empezó con una rutinaria salida a caminar, junto a mi hermana, por los bellos parajes naturales de mi pueblo, en Pozo Azul de Abangares, Guanacaste. No habían transcurrido ni dos minutos de haber dejado la casa de mi abuela, cuando un cráter a la orilla de la calle interrumpió mi cadencioso caminar, provocándome una estrepitosa caída que me mandó directo y sin escalas a dialogar con el asfalto. ¡Qué belleza de animal!, diría El Cañero.

No hubo chance de meter las manos ni de soltar el madrazo. En cuestión de microsegundos, estaba revolcándome en el piso, rabiando del dolor, mientras mi hermana, ignorante en primeros auxilios, no hallaba ni qué hacer, salvo tomar el teléfono para que mi papá, cual socorrista improvisado, fuera en el carro a recogerme y devolverme a la casa a iniciar mi terapia de hielo y reposo.

Hasta ahí llego la iniciativa de salir a caminar, al menos por ese día y los restantes seis de la semana. Si acaso 50 metros y un cuarto de caloría quemada fue el resultado de la fallida caminata. Todo un récord antideportivo. ¡Qué atlético!, diría mi hermana, quien al menos pudo continuar con sus rutinas diarias de ejercicio, mientras yo, viéndola a lo lejos, con el pie como un tamal sobre una silla y algo de envidia, apenas podía moverme para ir al baño, no sin antes recurrir a la andadera de mi abuela.

Como dirían por ahí: chispas del ejercicio. Llevo toda la cuarentena haciendo actividad física, a veces a doble sesión diaria (entre funcionales y baile) y toda una vida mejengueando, lanzándome de bungee jumping, haciendo senderismo, atravesando ríos pedregosos y acampando en la montaña y nunca me había doblado ni una uña, mucho menos una fractura. Tuvo que venir la disciplina más extrema de todas –intrépidas caminatas dominicales por mi pueblo- a demostrarme que el riesgo es inherente a cualquier deporte, por más inofensivo que este parezca.

¿Por qué a mí? ¿Y justo en la semana de mi cumpleaños? ¡Cómo no fui a ver el hueco, qué despistado! Una vez bajada la adrenalina y el susto del momento, irrumpe el cerebro primitivo con las recriminaciones propias de un pasado inamovible. Es normal, un instinto básico de supervivencia que todos tenemos, aunque a veces no sirva para nada, más que para auto flagelarnos con pensamientos irracionales. ¿O es que acaso tenemos una máquina para viajar en el tiempo al estilo de esa famosa y enredada serie alemana llamada Dark?

Decidí, entonces, enfocarme en lo que sí podía controlar: cuidarme el pie, tomar antiinflamatorios, guardar reposo, colocarme hielo y hacer masajes hasta que llegara una notable mejoría. Mientras llegaba ese día, me vi obligado a bajar revoluciones, a compresionar el ajetreado ritmo de vida en que a veces caemos inconscientemente.

Me tomé el tiempo para escuchar un buen audiolibro, disfrutar de la música que me gusta, conversar con mi papá, ver la misa por Internet junto a mi abuela, tomar café con batidas (arepas), contemplar una tarde lluviosa desde el corredor de la casa, observar a los pájaros cantores revolotear entre los charcos o deleitarme con el concierto de grillos anunciando la llegada de una noche más en el campo con olor a tierra mojada…

Acostumbrado a estar siempre a mil por hora, haciendo un montón de cosas, aprendí a disfrutar también de no hacer nada. ¿Qué hay de malo en el ocio y en el estar de vago por algunas horas o días? Al contrario, es muy recomendable y necesario, sobre todo en tiempos tan demandantes como los actuales, en los que volver a nuestro eje, cuidar nuestra vibración y recobrar energías es igual de importante que portar la mascarilla o guardar el distanciamiento social (salud con un enfoque holístico)

Pude comprobar también que, por naturaleza, somos frágiles y vulnerables. Que por más independientes que seamos, no siempre podemos solos y que está bien pedir ayuda, dejar que te consientan o que te pregunten “¿cómo seguiste?” (quienes lo hacen son los que verdaderamente te aprecian) Ya sea para objetivos ambiciosos -iniciar un negocio familiar- o algo más básico como servirse la comida, en ocasiones necesitamos del apoyo de los demás.

Hoy, casi dos semanas después del accidente, ya estoy prácticamente recuperado al 100%. Volví mis rutinas de ejercicio que tanto extrañaba. No digo que ya otra vez soy el mismo de antes porque entonces todo habría sido en vano. Digamos que ahora, pese  a una leve molestia que aún persiste, procuro concentrarme y enfocarme en cada paso que doy, por aquello de los baches que aparecen tanto en la vida como en la calle. Y si caigo en alguno prefiero aprender antes que lamentarme. ¿Para qué y no por qué? No espere a “meter la pata” para hacerse la pregunta correcta.

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