José Ricardo Carballo Villalobos, Periodista Codirector

De una casa de cerezas en el bosque, al fondo del mar a conocer un pez pintor con complejo de Van Gogh (con todo y su oreja cortada), pasando por una panadería de baguettes con queso, un restaurante de comida italiana que me despertó el apetito y una escuela con actividad paranormal, hasta finalizar haciendo compras de pinceles mágicos en Almacenes El Rey.

Todo eso y más pude visitar en un par de horas y desde un solo lugar… prácticamente sin moverme de dónde estaba. ¿Y a este qué lo picó?, se estará preguntando. ¿Mínimo algo se fumó, se quedó dormido en el baño o está viendo muchas películas de mutantes con capacidad de teletransportación? Déjeme decirle, mi estimado e incrédulo lector, que ninguna de las anteriores (como buen cinéfilo, tal vez la tercera, pero no es este el caso).

Simplemente fueron parte de los variados e inesperados destinos que pude conocer, el martes pasado, cortesía de la inquieta y perspicaz imaginación de los niños y niñas participantes del Festival Estudiantil de las Artes (FEA) de la Escuela Laboratorio, en Heredia.

Junto a un grupo de respetados escritores, fui invitado como jurado calificador en la categoría de artes literarias, en los géneros de retahílas, microrrelato, cuento ilustrado y poesía. ¡Menuda y retadora tarea la que nos esperaba!
A diferencia de una de las estimadas colegas, quien ya suma un amplio palmarés como jueza en este tipo de certámenes, ese día fue mi debut oficial como crítico literario estudiantil… y estaba dispuesto a aprovecharlo y disfrutarlo al máximo.

Tras el respectivo desayuno reparador de energías –el hambre y la lectura no son buenas consejeras- y la presentación de rigor del staff de jueces en el acto cívico, con la presencia de padres de familia, cuerpo docente y estudiantes, nos pusimos manos a la obra.

Cómodamente ubicados en la biblioteca –nuestro punto de encuentro y partida- iniciamos un largo y provechoso viaje por los enigmáticos entresijos de la psique de los noveles escritores y de algunos de sus profesores, que fungieron como asesores de contenido o correctores de estilo.

En medio de juegos de mesa, fotografías antiguas de las siete provincias y clásicos de la literatura infantil como Heidi, Alicia en el País de las Maravillas, Los relatos de Mowgli, La cabaña del tío Tom, entre otros emblemáticos títulos que colmaban los estantes, empezamos nuestra difícil pero gratificante labor, haciendo caso del rótulo multicolor de “Vamos a leer” que colgaba en la pared del recinto.De entrada, nos sorprendió positivamente lo que vimos. No solo por la variedad temática –bullying, discriminación, valores, superación, tradiciones, empatía, entre otros- sino también por los recursos empleados para expresar sus ideas con prestancia y creatividad, apegándose a los fundamentos básicos de cada uno de los géneros evaluados.
Algunos mejores que otros –obviamente- si algo pudimos notar fue que la gran mayoría estaban escritos con esmero, dedicación y amor al arte. Sin reparar en aspectos profundos de orden técnico o narrativo, que con costos uno domina, sí nos sorprendió la calidad, estilo y mensaje de ciertos textos que no parecían escritos por niños en edad escolar.

Lo anterior, en más de una ocasión, nos puso en serios aprietos para tratar de elegir u un único ganador, habiendo tantos otros que también lo merecían (en aras de la justicia, pienso que deberían premiarse, como mínimo, los primeros dos lugares). Ni modo, las reglas son las reglas y tocaba escoger solo uno… al mejor de entre los mejores.
Luego de finalizar la ronda de evaluación individual y tras la respectiva deliberación, nos correspondió decidir. Por suerte, a los cuatro jueces nos gustaron los mismos, lo cual facilitó la tarea de seleccionar al ganador por decisión unánime e inapelable.

Recuerdo perfectamente quienes fueron, pero por el secreto profesional que nos reviste a los jueces de hierro y a efectos de no hacer spoiler –no vaya a ser que algún alumno me lea antes del veredicto-, me guardaré tan confidencial y sensible información.

Lo que sí puedo afirmar, con absoluta certeza, es que en este país hay talento y de sobra. No lo digo solo por los escritos presentados, sino también por lo que pude escuchar y ver por encimita con relación a los bailes, cantos y pinturas que compitieron en las demás categorías del festival.

Queda bajo responsabilidad de los padres de familia, profesores y por supuesto, los mismos alumnos, encauzar, promover y potenciar esa habilidades y destrezas entre la comunidad estudiantil de la Escuela Laboratorio y demás centros educativos del país.

De mi parte, si puedo seguir colaborando en la búsqueda, detección y orientación de nuevos talentos a través de mi condición de juez en festivales estudiantiles u otro tipo de actividades, encantado de poder aportar a la causa desde mi humilde trinchera.

Es lo mínimo que puedo hacer en retribución a todo lo bueno que me ha dejado mi corta, pero fructífera trayectoria como escritor durante los últimos años, incluyendo la posibilidad de compartir con grandes colegas como los que me acompañaron en el jurado ese día y los profesores que lo hicieron posible (en nombre de mis compañeros, nuestra admiración y respeto por tan arduo trabajo).

El FEA es una clara muestra de que, en momentos en que las balaceras, robos, drogas y demás manifestaciones de violencia y descomposición se asoman a las aulas, el arte es el llamado por excelencia a combatir esos y otros cruentos flagelos que asolan a nuestra sociedad.

De su conservación, defensa y fortalecimiento, depende el buen porvenir de nuestra patria. ¿Y pensar que muchos no lo entienden así y prefieren recetar recortes indiscriminados, aunque esto implique hipotecar el futuro y talento de nuestros niños, niñas y adolescentes? ¡No lo permitamos! Con la cultura de un país no se juega.

 

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Por Jose Ricardo Carballo

Periodista, escritor y Codirector de La Revista