Existen hombres cuya inteligencia deslumbra. Existen otros cuya obra impresiona. Y existen unos pocos cuya vida entera se convierte en una lección moral. Juan Jaramillo Antillón perteneció a esa categoría.

Ricardo Castro Calvo, Abogado.

«Conocí a Juan Jaramillo Antillón en 1982, cuando asumió el Ministerio de Salud. Con el paso de los años comprendí que estaba frente a uno de esos seres humanos excepcionales cuya grandeza no se mide únicamente por sus logros profesionales, sino por la calidad de su ejemplo, la profundidad de su pensamiento y la nobleza de su carácter».

Tuve la oportunidad de compartir con don Juan Jaramillo Antillón a partir de 1982, cuando el presidente Luis Alberto Monge lo designó Ministro de Salud. Eran años complejos para Costa Rica. La crisis económica golpeaba con fuerza, la región centroamericana vivía tiempos de incertidumbre y el país enfrentaba enormes desafíos sociales. En medio de aquella realidad, don Juan asumió una de las responsabilidades más delicadas del Estado costarricense con la serenidad, la solvencia técnica y el profundo sentido humanista que le caracterizaron toda su vida.

Con el tiempo, el país reconocería en él mucho más que a un destacado ministro. Fue médico, cirujano, profesor universitario, investigador, escritor, divulgador científico y uno de los grandes pensadores humanistas de la Costa Rica contemporánea. Su vida profesional estuvo dedicada a la búsqueda del conocimiento, pero también a algo todavía más valioso: poner ese conocimiento al servicio de los demás.

En una época en la que la especialización suele encerrar a las personas dentro de los límites de una disciplina, don Juan transitó con naturalidad entre la ciencia y las humanidades. Comprendió que la medicina no consiste únicamente en curar enfermedades, sino también en comprender al ser humano en toda su complejidad.

Escribió sobre salud, pero también sobre historia, ética, educación, cultura y sociedad. Su curiosidad intelectual parecía no tener fronteras. Esa extraordinaria trayectoria fue reconocida cuando recibió el máximo galardón cultural del país, el Premio Nacional de Cultura Magón, distinción reservada para aquellas personas cuya obra constituye un aporte excepcional al desarrollo cultural y espiritual de la nación.

Sin embargo, quienes tuvimos la oportunidad de conocerlo sabemos que sus mayores virtudes no aparecen necesariamente en los currículos ni en las biografías oficiales. Don Juan poseía una cualidad cada vez más escasa: una auténtica humildad.

A pesar de sus conocimientos, de sus reconocimientos y de su prestigio nacional e internacional, nunca perdió la sencillez en el trato ni la disposición para escuchar, enseñar y compartir.

La verdadera autoridad no proviene de los cargos ni de los títulos. Nace de la coherencia entre lo que se piensa. Don Juan representó una lección permanente. Su liderazgo se construyó desde el ejemplo. Su influencia nació del respeto. Su legado se edificó sobre el servicio.

Al recordar su vida, la palabra que mejor lo define no sea médico, científico o ministro. La palabra más precisa sea maestro. Maestro porque enseñó desde las aulas universitarias. Maestro porque educó mediante sus libros. Maestro porque orientó políticas públicas que fortalecieron la salud de los costarricenses. Maestro porque supo transmitir valores además de conocimientos. Maestro porque comprendió que educar consiste, ante todo, en formar seres humanos.

Hay personas cuya obra permanece en los hospitales que ayudaron a construir. Otras permanecen en los libros que escribieron o en las instituciones que fortalecieron. Don Juan permanecerá en todo ello. Pero permanecerá también en algo más profundo: en la memoria agradecida de quienes aprendimos de su ejemplo.

Los años pasarán. Nuevas generaciones leerán sus textos, estudiarán sus aportes y conocerán su trayectoria. Pero quienes tuvimos el privilegio de compartir una conversación, una enseñanza o un momento de trabajo con él recordaremos, sobre todo, la calidad humana que acompañaba cada una de sus acciones.

Existen hombres cuya inteligencia deslumbra. Existen otros cuya obra impresiona. Y existen unos pocos cuya vida entera se convierte en una lección moral. Juan Jaramillo Antillón perteneció a esa categoría.

Su luz seguirá acompañándonos. Paz a su alma.

Ricardo Castro Calvo

Por Ricardo Castro Calvo

Es Director/Gerente de Desarrollo Estratégico de la Asamblea Legislativa de Costa Rica. Es licenciado en Derecho, con especialización en Derecho Público, Universidad de Costa Rica (UCR) y doctorando en Gestión Pública y Ciencias Empresariales, Instituto Centroamericano de Administración Pública (ICAP).