Ricardo Millán: El profe de Cerro Azul

Con unos tablones que habían sobrado de la construcción de su casa, y con la ayuda de algunos otros vecinos, logramos armar un cuarto al final de la propiedad en donde podría protegerme de los nortes, esos vientos que ponen picadas las aguas marítimas en época de verano y complican la navegación a los principiantes.  

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Ricardo Millán González.

Le dicen Cerro Azul porque desde Nandayure, y los pueblos aledaños, se le observa solo de ese color. Qué me iba a imaginar yo, un chiquillo de 19 años, de su existencia en el norte del país, cuando recién me estaba graduando de profesor. En aquella época, de antaño, los maestros lo éramos desde muy jóvenes, más por generación espontánea, entusiasmo y vitalidad, que por el conocimiento técnico, o de vida, que cada uno pudiera traer en sus mochilas desde la capital.

No recuerdo los detalles de la asignación, tan solo que tenía que cruzar el Tempisque en aquella barcaza herrumbrada, plagada de caracoles anquilosados en sus bordes, que apenas podía moverse entre los bancos de arena. En el momento preciso de quedar varada, se nos dio la prohibición expresa del capitán, de que, ante nuestra emotividad, no podríamos descamisarnos, y, acto seguido, lanzarnos, como carnadas, para luego empujar. Al llegar a tierra nos enteraríamos, estupefactos, de que aquellas aguas estaban atestadas de cocodrilos.

El camino polvoriento desde Puerto Thiel, bajo el sol castigador, y todavía sin agua, era apenas un aperitivo de nuestra aventura. La subida viene a mi mente como si fuera ayer, porque ahora que te la cuento, más que volver a recordar, revivo, regreso, siento de nuevo, transpiro en la espalda y en mi frente, las ramas me golpean los hombros, mi piel se vuelve a ortigar, mi corazón se acelera, mis manos se magullan por la cabuya acartonada y lacerante de las riendas, y ese temor reaparece, pero ahora con la certeza absoluta de que voy abriendo trillo. Para mí y para ellos. Y para todos ustedes.

Me enteré de que hoy le dicen, también, Bella Vista. Quizás sea, ahora sí, por la visión que tenemos ya no a la distancia, sino desde su cima, donde Puntarenas queda reducida a un solo bloque, sin su longitud característica, por su posición frontal hacia nosotros. O por el grupúsculo de islas, casi como un archipiélago, con Venado de primera, Caballo y Berrugate por detrás, y más hacia la izquierda, mucho más, Chira, siempre reinante en la panorámica del Golfo de Nicoya. O también porque, poco después de partir, me enteré de que esos mismos paisajes, que me consolaban en las tardes, y me hacían soñar con los dos amores que la vida me traería, serían, años después, las tierras de tus primeros pasos como médico.

Mi llamado se dio porque los pobladores querían tener una educación para los güilas sin necesidad de trasladarse hasta El Porvenir, a unos 6 kilómetros de distancia. Más que el desplazamiento, lo que realmente les inquietaba era la presencia de los leones, algún tipo de felino de buen tamaño, de los que solían habitar esas montañas por aquellas épocas, y que, según dicen los lugareños, podría tragarse a un niño de un par de bocados. Eso los obligaba a realizar la travesía a caballo, y con perros, de los chillones, que más que defenderlos, pudieran alertarlos de su presencia. Sabían que algún escopetazo al aire definitivamente los ahuyentaría.

Para mi sorpresa, y en contra de lo que me dijeron en San José, no existía una escuela en el lugar. Es más, nunca antes se habían impartido lecciones por ahí. Quienes sabían leer y escribir habían llegado hacía algún tiempo, traídos por el intercambio de mercadería que recién iniciaba y las oportunidades de agricultura y ganadería que la zona brindaba. Mi recibimiento lo dio el sacristán, un señor de apellido Brenes, bonachón y amable, reconocido por el mechón blanco que pendía de su barbilla. Con unos tablones que habían sobrado de la construcción de su casa, y con la ayuda de algunos otros vecinos, logramos armar un cuarto al final de la propiedad en donde podría protegerme de los nortes, esos vientos que ponen picadas las aguas marítimas en época de verano y complican la navegación a los principiantes.

Cuando propuse colocar la pizarra sobre la rama más fuerte de la ceiba, para dar las lecciones a esos chiquillos tequiosos, pero saludables, precisamente por ese aire marino producto de la confluencia de los vientos desde Sámara, Islita, Coyote y el golfo, hubo poco ánimo a mi alrededor. Para ese entonces, El Profe, de Cantinflas, no estaba siquiera concebido, qué voy a decir escrito. Supongo, por lo que te contaron de doña Claudia, la otra abuela que la vida te dio, que en aquel entonces era usual, casi esperable, que a nosotros, los docentes, nos tocara inaugurar esas aulas al aire libre, entre cariblancos, jícaros y acantilados. Y que nuestra generación sería la inspiración para películas que años después hicieron historia.

Gilberto, un chico traído de Pérez Zeledón por sus padres, a temprana edad, se convirtió en mi asistente. Era quien cargaba a cuestas las tablas donde sus compañeros echarían sus primeros trazos, el agua necesaria para no morir deshidratados, el toldo que nos cubría parcialmente, y que nos protegería de una insolación inminente. Recuerdo, además, los amaneceres de un lado, los atardeceres del otro, el olor embriagante a nance maduro, y cómo, a partir de ese momento, mi asma de la infancia se curó para siempre.

Sé que hoy regresaste, sabiendo que la escuela unidocente no está donde impartí mis primeras lecciones, y que el lugar exacto ya habría desaparecido. Sé, también, que te incomodaste por las ahora viejas estructuras que representan el fracaso de nuestra capacidad de planificación, como país, pero convencido de que ahí, en sus alrededores, estaría yo. Y así fue. Observé tus pasos, tu inquietud, tus ansias, tu compañía. Te vi caminar, un poco más maduro, con tus características chinelas, tu camisa de cuadros, como las mías, y tus pupilas dilatadas, ávidas de historias y emociones, del pasado y del presente. Sabía que me buscabas, y que, sin encontrarme, me hallarías. Lo reconocía porque, en todo caso, así fue siempre, desde el inicio.

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