Rodolfo Arias Arias.

Soy un viejo de 67 años. Soy machista. Crecí en una sociedad patriarcal. Gran parte de mis valores y patrones de conducta machistas han sido “lo normal” a lo largo de mi vida. Me ha ido costando trabajo identificarlos, conforme las circunstancias me han puesto frente a ellos. De algunos quizá me he liberado, de otros no. Estoy seguro de que no. Y es, en buena medida, porque ni siquiera tengo conciencia de que existen.

Eso sí, comprendo la decisiva importancia que tiene, para la sociedad contemporánea, la lucha por la equidad de género, acompañada de la lucha por la inclusividad y por la igualdad de derechos, para las personas que no son heterosexuales. De hecho, creo que nadie es “algo”, y de forma “pura”, en términos sexuales. Todos tenderemos a tener un poco de todo, así sea un poquito, pero dentro de una identidad predominante. Es un tema vasto y complejo, en el cual no pretendo ahondar aquí.

De lo que quiero hablar es de cómo se vive el machismo en mis círculos personales. Me refiero, en concreto, a contemporáneos míos que suelen tener títulos universitarios, una condición social similar a la mía, exitosas carreras profesionales, bien ganado prestigio. Gente de bien, sin excepciones. Uno de esos círculos es el que reúne a un importante grupo de ajedrecistas “senior”.

En estos días se ha desatado un bien justificado escándalo a partir de la agresión sexual que el presidente de la Federación Española de Futbol, Luis Rubiales, le hiciera a una de las jugadoras del equipo femenino de ese país, durante la celebración de la conquista del Campeonato Mundial. Rubiales tomó la cara de la jugadora Jenni Hermoso, con manos fuertes y gesto de dominio, y la besó en la boca. Luego ella ha declarado ser víctima de una circunstancia que no pudo controlar, donde él irrespetó por completo su integridad, su autonomía, su derecho a decidir algo tan íntimo y personal como un beso en la boca.

Yo he compartido en WhatsApp, con mis amigos, las noticias que voy leyendo sobre este imperdonable asunto. Y no he obtenido respuesta. Al unísono, han reaccionado con el silencio. No me ha sorprendido, porque entre nosotros el tema tiene ya mucho recorrido: meses atrás, un ajedrecista norteamericano de origen costarricense llamado Alejandro Ramírez, fue sancionado drásticamente por la federación de ajedrez de Estados Unidos, tras conocerse una serie de graves denuncias de agresión sexual presentadas en su contra por varias jugadoras de ajedrez de allá.

Ramírez ha sido el único gran maestro de ajedrez nacido en Centroamérica que alcanzó niveles de elite internacional. Por ello, su figura es muy relevante para los ajedrecistas costarricenses. Los casos en los que presuntamente su culpabilidad está documentada incluyen hechos muy graves, como haber abusado de una menor de edad, de 15 años en ese momento, que se hallaba en estado de embriaguez.

A Ramírez se le prohibió participar en cualquier tipo de competición ajedrecística en Estados Unidos, y fue expulsado de por vida de su federación. Peor aún, no ha podido participar en torneos en el exterior. Semanas atrás, intentó jugar un certamen en México, pero los organizadores debieron sacarlo tras recibir una queja formal de la federación de Estados Unidos, donde se indicaba que él no puede jugar bajo bandera norteamericana en ningún lugar del mundo.

Cuando se supo lo de México, yo escribí en el chat con mis contemporáneos: “que se haga justicia, que Ramírez pague sus delitos”. Algo así. Y mi sorpresa no fue pequeña cuando leí las reacciones de varios de ellos. No faltaron los que optaron por un cauteloso silencio, similar al que han tenido ahora con el caso Rubiales, pero menciono a continuación argumentos que se expresaron.

Hubo quien, de inmediato, se apresuró a hacer un comentario en estos términos: “Los seres humanos compartimos un 98% de información genética con los chimpancés, de quienes nos separamos hace 9 millones de años. De los gorilas lo hicimos hace 12 millones. Eso nos impide ser ángeles”.

Otro amigo, que se caracteriza por posiciones políticas muy de derecha, expuso lo siguiente: “desde el momento en que el hombre penetra, con su pene, y la mujer es penetrada en su vagina, la relación sexual se establece con dominio del varón”. Luego agregó: “todo el asunto del feminismo, de la ideología de género y eso, ha alcanzado niveles irracionales. Ahora ya no se le puede zampar un beso a alguien porque se arma un escándalo”.

Y así siguió nuestro debate. Un tercero justificó el comportamiento masculino -de agresión, de incontrolable deseo, etc.- en los altos niveles de testosterona que tenemos, y se apresuró a aclarar que son 10 veces más altos que en las mujeres.

No voy a aburrir con más ejemplos. Y tampoco quiero dar la impresión de que yo me pongo por completo “en la pared de enfrente” con respecto a mis conocidos. Sé lo que hago, sé lo que mueve mi deseo, sé lo que he “consumido” a lo largo de mi vida en términos de códigos de cortejo y de símbolos de sexualización, entre muchas otras cosas.

Pero créaseme cuando declaro que sí intento reflexionar, ahora que ya estoy cerca del final de mi vida sexual activa, sobre la esencia de este crucial asunto, que percibo amplísimo. Se extiende desde un territorio donde la lógica exige a gritos el final de comportamientos injustos y extremadamente dañinos que han permanecido impunes siglo tras siglo, hasta otro territorio donde el influjo de nuestra especificidad genética, en ambos sexos (para empezar, y me refiero sólo al patrón de la relación heterosexual), pareciera una y otra vez escapar a los alcances de nuestro logos, de nuestras capacidades éticas y morales, de las pautas de sanción que logremos establecer a través del respeto, de la formación en el seno de nuestro círculo familiar, del proceso educativo, de nuestra espiritualidad y, en primera y última instancia, del amor.

Habría, ya para cerrar con algo concreto, tres niveles en el machismo de gentes como yo.

El primero es no saber ni reconocer que se es machista y considerar que así son las cosas, que así han sido siempre y que está bien que se mantengan sin cambios. Entre otras cosas, porque a las mujeres “les gustamos así, bien hombres”, y que es cuestión de chinearlas y no ser mala nota, pero sin que agarren demasiada “cancha”. Etcétera, para qué seguir ampliando.

El segundo nivel es saber en algún grado que sí se es machista, y desde ahí prestar atención a las manifestaciones y peticiones de los movimientos feministas. Intentar comprender el qué y el por qué de éstas. Preguntarse qué lo lleva a uno a reacciones homofóbicas, a burlarse de la forma de vestir o de hablar de diversas personas, a mirar para otro lado si ve a dos hombres amándose. Desde ahí podría iniciarse un cambio, y no importa la edad. La mente está hecha para eso.

El tercer nivel es llegar a sentirse, con total honestidad, inconforme con asuntos como los del ajedrecista Ramírez o los del jerarca español Rubiales. Cosas que, sobra aclarar, son de todos los días, y en todas partes y en todos los idiomas. Ser capaz de reaccionar con vigor, de hacerse las preguntas necesarias, de adoptar una postura crítica, de expresarse, de promover el debate. Yo trato, y lo declaro con sinceridad, de alcanzar esta tercera grada. Pero me sé para siempre muy lejos del que querría ser, o del que querría haber sido.

 

 

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Por Rodolfo Arias Arias

Novelista y cuentista, que también se ganó la vida como profesor de computación en la UCR y consultor en informática. Sus obras más conocidas son “El emperador Tertuliano y la legión de los superlimpios”, una novela corta con la que debutó hacia 1991, y “Te llevaré en mis ojos” y “Guirnaldas (bajo tierra)”, novelas publicadas en 2007 y 2013, que recibieron el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría. También ha publicado cuentos, escrito artículos, jugado ajedrez y trotado por la playa.