Rodolfo Arias Arias.

Nota introductoria:
Durante este fin de semana largo me dediqué a estudiar la historia de nuestra independencia, y redacté un ensayo cuya primera versión comparto aquí. Mi propósito ha sido esclarecer si, como se sigue diciendo, nuestra independencia fue “un regalo”.

Un video hecho por el historiador y exdiputado Óscar Aguilar Bulgarelli se hizo viral durante estos días de Fiestas Patrias. Aguilar confronta al presidente Chaves por haber dicho en un acto público efectuado en Cartago, que “nuestra independencia nos la regalaron”.

Carezco de motivos para dudar de la honestidad de don Óscar, pero cuando busqué la noticia en los medios no di con ella, y llegué a la conclusión de que nadie le dio importancia al asunto, aparte del propio autor del video.

Tal es en efecto el relato habitual: el 13 de octubre de 1821 apareció de repente por Cartago un tipo a caballo, para informarnos que desde el 15 de septiembre la Capitanía General de Guatemala, de la que formábamos parte, se había independizado del Imperio Español. Luego hubo unos días de confusión y hasta de pleitos. Alajuela y San José, liberales, celebraron la noticia; Heredia y Cartago, conservadores, lo tomaron con reservas. Se emitió un comunicado, con la célebre frase de que lo mejor era “esperar a que se aclarasen los nublados del día”.

Y hasta ahí, pesetas más pesetas menos, llegaba lo que nos decía la niña en la escuela. Don Rodrigo Chaves y yo somos contemporáneos, y es de suponerse que hayamos recibido esa misma información, tan sucinta como propiciatoria de la acendrada convicción de que nuestra independencia fue un obsequio.

A mí, sin embargo, nunca me han cerrado las cuentas. Algo similar me sucedía con las escuetas crónicas que en primaria y secundaria me impartieron sobre la Campaña Nacional de 1856-57 (también conocida, con mayor amplitud, como “Guerra Centroamericana”) contra el ejército invasor de William Walker. Y fue la posterior lectura de obras tan valiosas como la investigación de Joaquín Bernardo Calvo lo que me proveyó del necesario panorama, que se extiende mucho más allá de la quema del mesón de Rivas y del heroísmo de Juan Santamaría.

En fin, que ahora me he puesto a revolcar un poco la red, y que he dado con información muy interesante. Iré al pasito, pero adelanto mi tesis: nuestra independencia no fue un regalo ni nada que se le parezca.

A fines del siglo 18 Costa Rica era aún la colonia más pobre y despoblada de Centroamérica, y quizá de toda la América Hispánica. En su Valle Central estaba Cartago, la capital, y tres núcleos poblacionales principales, llamados Villa Hermosa, Villa Vieja y Villa Nueva. Habría sido lindo que esos nombres se mantuvieran; hoy son Alajuela, Heredia y San José, respectivamente. Cerca de la costa pacífica estaba Esparza, y luego, repartidos por allí, pequeños caseríos que se formaban en torno a una nueva actividad económica: el café. Traído al país bajo el mandato del gobernador español Tomás de Acosta en 1807, ese cultivo había empezado a generar una riqueza inédita en nuestro territorio.

Por aquel entonces, en 1778 para ser precisos, nació en Ujarrás el hombre con la mente más brillante que el país habría de recordar por mucho tiempo: Florencio del Castillo. Tras haber notado su fértil inteligencia, la familia lo envió a León, Nicaragua, al Seminario Conciliar, que en 1814 se convertiría en la Universidad de León. En 1802 obtuvo el grado de bachiller y se ordenó sacerdote, todo con notables calificaciones. Al año siguiente ya era catedrático de geometría en aquella casa de estudios. Consta que la matemática lo apasionaba tanto como su vocación religiosa.

Imbuido en el liberalismo que renovaba el pensamiento de la época -fruto de la ilustración del siglo anterior, que Carpentier habría de denominar “Siglo de las Luces”-, del Castillo sólo regresó al país por pocos años (hacia 1808, para hacerse cargo de la curia de Villa Hermosa), antes de retornar a León, donde su gran aptitud lo haría ascender rápidamente. Tuvo ahora a su cargo la cátedra de Filosofía, y luego desempeñó importantes puestos hasta ser nombrado Vicerrector de la importante casa de estudios.

Tanta era la estatura académica y eclesiástica de del Castillo, que fue escogido como diputado, en representación de la provincia de Costa Rica y del partido de Nicoya, en las Cortes de Cádiz, un parlamento hispanoamericano que funcionó desde 1810 hasta 1814. Y allí alcanzó el pináculo: su brillante oratoria y la solidez de sus ideas consolidaron a tal grado su imagen que fue elegido presidente de las Cortes, puesto que desempeñó durante varios meses en 1813.

España vivía la ocupación del Imperio Napoleónico, y las Cortes de Cádiz eran su propio reducto independentista. Además, la Madre Patria veía cómo estallaban las guerras de liberación en todo el continente: Hidalgo, Morelos, Santander, Bolívar o San Martín eran los nombres protagónicos de la crucial coyuntura.

Uno de los frutos de aquel complejísimo panorama fue la Constitución de Cádiz del año 1812, con la que se aspiraba a un renovado orden político para el Imperio Español. Cobraban fuerza en ella ideas como sufragio universal, ius naturalis, republicanismo y federalismo. Esta constitución llegó a destiempo, cuando ya era irreversible el proceso de desintegración del imperio, pero es reflejo de la revolución en el pensamiento político, propia de la época. Y, para lo que aquí interesa, es muy relevante que las cortes donde se emitió hubiesen estado presididas por un coterráneo.

¿Tiene entonces sentido afirmar que aquí “nadie sabía nada”? En absoluto. Con un compatriota que se destaca en el foro internacional más importante de los tiempos, es obvio que aquello no pudo pasar inadvertido en nuestra sociedad. Máxime que del Castillo no se limitó a integrar las cortes e incluso a presidirlas. En ellas se distinguió por su lucha a favor de los indígenas, y por haber logrado la abolición de instituciones y normas esclavistas como las mitas, la encomienda, los tributos y el repartimiento.

Es decir, por haber conseguido que se promulgase legislación de grandes impactos a escala continental, y por supuesto con repercusiones en el medio local.

Y si bien del Castillo no habría luego de tener un papel protagónico durante nuestros primeros tiempos como nación independiente, su influencia sobre el pensamiento nacional es evidente. Tiene sin duda mucho que ver con un hecho notabilísimo: ya en nuestra primera Carta Magna, llamada Pacto de Concordia y emitida el 1 de diciembre de 1821, ¡se abole la esclavitud en el país! Costa Rica es el primer territorio de Hispanoamérica donde tal cosa sucede. ¡Y sólo 32 días después de que el 29 de octubre se firmara el Acta de Independencia en Cartago!
Mi interpretación de los hechos es, luego de conocer estos detalles, muy distinta de la historia oficial: Costa Rica no sólo conocía bien qué estaba sucediendo en el continente con las guerras de independencia, sino que anhelaba la suya propia y tenía una idea clara de qué hacer cuando la obtuviera. Los años subsiguientes harían de ser, en cualquier caso, una demostración fehaciente de ello.

Ahora bien: hay que tomar en cuenta que nuestra independencia fue todo un proceso, arduo, complejo y prolongado, y no un hecho aislado y drástico que ocurre en un solo día, el 15 de septiembre de 1821. Tuvo tres hitos clave: la independización del Imperio Español, luego del Imperio de Iturbide, y por último de la Federación Centroamericana. Una tenaz lucha que se inició desde antes de 1821 -según veremos- y que concluyó hasta en 1848.

Y al educar a nuestros niños y muchachos, un tema de primerísima prioridad debería ser que ellos tuvieran claro este panorama. Que desfilen con faroles la noche del 14 de septiembre y que al día siguiente lo hagan con banderas y comparsas, pero que conozcan la historia en su real dimensión.
O sea, está bien que la celebración de nuestra independencia conmemore el 15-09-1821, pero esencialmente por su valor simbólico. Lo mismo sucede en muchos países. En Estados Unidos, por ejemplo, se toma el 4 de julio de 1776 como el día de su independencia, pero ahí apenas estaba dando inicio una cruenta y prolongada guerra de liberación contra el Imperio Británico.

En síntesis, al decir que a nosotros nos “regalaron la independencia”, habría primero que especificar cuál etapa de ese proceso fue la que nos dieron gratis. Y yo opino que no fue ninguna. Otros apuntes, que ofrezco a continuación, dan un panorama más amplio de lo que había sucedido antes del 15-09-1821, y de lo que fue sucediendo después. Refuerzan siempre la postura que he adoptado.
Este era un territorio montañoso, aislado y con escasísima población. Hacia 1700 (la época de la rebelión de Presbere, narrada en la magnífica “Asalto al Paraíso” de la recordada Tatiana Lobo) los inmigrantes españoles y sus descendientes con costos superaban el millar, y según calcula Fernández Guardia vivían un total de 20.000 a 25.000 personas en el país. Hacia 1821, se estima que la población total de nuestro territorio andaba por 40.000 personas. Con la anexión de Guanacaste en 1824, creció a 65.000, y con la prosperidad económica -de nuevo, de la mano del café- se aceleró la inmigración (española e italiana en su gran mayoría) hasta sobrepasar las 100.00 almas hacia 1845-50. Mi fuente: el valioso INEC.

Lo anterior son números, nada más. Pero la pregunta es otra: ¿cómo habría sido posible que un remoto y aislado territorio se sumase a una guerra, sin siquiera tener caminos para hacerlo? ¿Cómo recibir la noticia de que en Guatemala se declaró la independencia, si no es por medio de un chavalo que durante 15 días cabalga por selvas, pampas y montañas? Estamos en octubre, ojo, y llueve y llueve…

Conté bien y fueron 15 días. Échese pluma: el 15 de septiembre se declara la independencia en Guatemala, y los jinetes inician su odisea por todo el istmo. Pero no será antes del 29 de septiembre que, en León Nicaragua, se tome por fin la decisión de comunicarle a Costa Rica, y al partido de Nicoya, la buena nueva. Desde ese 29 de septiembre hasta el 13 de octubre hay eso… 15 días.

Aquí me encontré una novedad sorprendente: la famosa acta de “Los nublados del día” no fue, como siempre me dijeron, producto de la ingeniosa pluma de algún hidalgo cartaginés. ¡Fue en León, Nicaragua, donde aquello se dijo! Y fue en León, cuyo intendente se llamaba Miguel González Saravia y Colarte, donde se intentó retrasar la decisión comunicada con el Acta de Independencia que venía de Guatemala. El acta de “Los nublados” es un mentís al Acta de Independencia, rayano en la insubordinación. Pero este asuntillo merece un excurso, porque en todas partes se cuecen habas:
Desde 1812, en Cádiz, ya León cabildeaba para que se le otorgase estatus de Capitanía General. Y en esas cortes su pretensión parece haber tomado fuerza. Tanto así, que desde 1814 hasta 1816, y luego desde 1820 hasta 1821, existió una entidad administrativa, parte de la Capitanía General de Guatemala, que se llamó “Provincia de Nicaragua y Costa Rica”. ¡Sí, durante esos años nosotros éramos parte de Nicaragua! Y tal era el preludio del sueño leonés de convertirse en una nueva Capitanía General. ¡Ve vos!
¿Pero que nosotros no sabíamos nada de todo eso? ¡Falso! ¿O que jamás nos habíamos involucrado en aquellos remolinos? ¡Falso también! Dos nombres acuden en auxilio de estas exclamaciones: el Bachiller Osejo y el Ciudadano Pablo.

Rafael Francisco Osejo nació hacia 1790 en Sutiaba, comunidad indígena en las cercanías de León. Era mulato y mestizo. Tras graduarse como bachiller allá en León, vino a impartir lecciones de filosofía a la Casa de Enseñanza de Santo Tomás, fundada en San José en 1814 por al Obispo Diocesano de Nicaragua y Costa Rica, don Nicolás García Jerez.

Nótese que la diócesis se llamaba “de Nicaragua y Costa Rica”, a raíz de los acuerdos tomados en Cádiz. Recuérdese, por otro lado, que las diócesis eran antiguas divisiones administrativo-militares del Imperio Romano, y que los católicos muy juiciosos se apropiaron del término y aún lo emplean. Por lo tanto, no puede ser mera coincidencia que en el año de 1814 (cuando empezamos a ser la provincia de Nicaragua y Costa Rica) se haya convertido al Seminario Conciliar en la Universidad de León, en tanto se fundaba en San José la Universidad de Santo Tomás.

Años muy turbulentos, desde luego, en los que carece de sentido considerar a nuestros antepasados como un puñado de campesinos ignorantes y de montañeses aislados. Es todo lo contrario. Ya Costa Rica incluso tiene una incipiente casa de estudios superiores cuando recibe la notica de su independencia.

¿Y habría venido Osejo a hablar en su cátedra sólo de la Santísima Trinidad y del mito de la cueva de Platón? No, para nada. Él era, en toda la extensión de la palabra, un revolucionario. Uno de los conflictos que registra su historia personal ocurrió en 1820, cuando él promovía -junto a otros liberales- que Costa Rica jurase la ya mencionada Constitución de Cádiz, que tantas renovaciones políticas y sociales habría de causar si prevaleciese. Se sabe que en el acto de jura de dicha constitución Osejo vio interrumpido su discurso por el Jefe Político de Cartago, don Juan Manuel de Cañas y Trujillo, monarquista del viejo cuño.

Por todo ello, no es de extrañarse que Osejo haya estado entre los promotores más vehementes de nuestro republicanismo, espíritu que cala en el ya referido Pacto de Concordia del 1 de diciembre de 1821. Y es por demás evidente que estaba desde hacía años muy al tanto de cuanto acontecía en la ya convulsa región. Por ejemplo, debía conocer con pelos y señales los alcances del Plan de Iguala, proclamado el 24 de febrero de ese mismo 1821 por Agustín de Iturbide, donde se declara la independencia de México, bajo el entendido de que será un nuevo imperio que incluirá a toda Centroamérica.

Y, por supuestísimo, debió haber conocido también otra proclama -fracasada- anterior: el Acta Solemne de Declaración de Independencia de la América Septentrional, de 1813. Un detalle curioso, con el que me salgo momentáneamente del tema, es que por entonces el norte de México llegaba hasta el actual Oregón, en Estados Unidos, y que Alaska, en tanto que posesión rusa, llegaba por el sur hasta ese mismo territorio. Es decir que México y Rusia tenían frontera común. Y como Costa Rica fue luego parte del imperio mexicano durante el mandato de Iturbide, pues resulta que hubo un breve período en que nuestro país tuvo -por carambola- frontera con Rusia.

Regreso al tema: ¿Estaba Osejo solo? ¡No, para nada! Es cuestión de ponerse a investigar nombres: entre otros aparece junto a él don José Santos Lombardo, de ascendencia italiana. “Lombardo” es el gentilicio de la Lombardía, región del norte italiano. Esta es una figura interesante: en cuanto hay un acuerdo para declarar nuestra independencia, lo cual ocurre el 29 de octubre luego de intensos cabildeos (recordemos que nos había llegado un jinete exhausto, con un Acta de Independencia acompañada de otra que pedía paciencia mientras se aclaran los nublados…), Lombardo se apodera como un rayo del Cuartel de Cartago. Es un ferviente independentista, y con su rápida acción evita que su oponente, el ya mencionado realista Cañas y Trujillo, haga lo propio.

Ese día, 29 de octubre de 1821, marca en verdad el inicio de nuestra independencia. El escritor y profesor Adriano Corrales ha insistido tenazmente en este señalamiento, y tiene toda la razón. A ver: el 15 de septiembre la Capitanía General de Guatemala se declara independiente de España, ya lo sabemos. Y lo que hace es comunicar la noticia a las provincias, no someter a criterio de éstas la decisión. Ya éramos independientes y el asunto no dependía de cuánto tardara un caballo en llegar a Cartago. Pero luego, a nosotros nos llega otra cosa: chapines que declaran la independencia, y leoneses que dudan de ella. Peor aún: leoneses que tienen dominio sobre nosotros, porque formamos parte de la provincia de Nicaragua-y-Costa Rica, como ya he reiterado. Nuestro futuro dependerá entonces de una decisión delicada, y no de desenvolver un paquete de regalo. Dependerá de un primer peldañito independentista: ¡separarnos de Nicaragua! ¿No es en verdad sorprendente?

El momento es crucial, y justo ahí la ilustración que personificó Florencio del Castillo se hará sentir. Y cuando la vocación revolucionaria del bachiller Osejo y el arrojo de Lombardo -entre otros que no menciono- tomarán protagonismo. Ahí es cuando el espíritu liberal costarricense, germinado en todas las circunstancias previas que he bosquejado, y que hará de nuestro país un caso único en el continente, se manifestará con auténtica reciedumbre por primera vez. Y ahí, por último, es cuando corresponde traer a escena al otro gran protagonista del momento: don Pablo de Alvarado y Bonilla.

Esta es la figura investigada en detalle por don Óscar Aguilar, quien mostraba a la cámara su libro, en el video de marras. Alvarado, que pasó a la historia como el ciudadano Pablo, fue un médico nacido en la Villa Hermosa de Alajuela en 1785 y muerto en la noble y leal Cartago en 1851. La narrativa del “labriego sencillo”, que un día de tantos pasó a vivir en un país libre “por gracia de Dios” no podía jamás asimilar las andanzas de este personaje histórico.

Era un tipo brillante, quien a los 18 años ya era maestro de escuela primaria, y quien a los 22 partió a Guatemala, a estudiar medicina en la Universidad de San Carlos. Corría el año de 1807, pero él no regresaría con su título sino hasta 1823. ¿Fue que le costó mucho graduarse como galeno? ¡No, fue que no lo dejábamos regresar al país! Inspirado por las ideas liberales, el ciudadano Pablo se integró con prontitud y mística a las luchas independentistas, lo que le costó la cárcel en 1808. Salió en 1809, pero nuestro gobernador, don Tomás de Acosta (sí, el mismo que trajo el café) se aprestó a pedirle al presidente de la Real Audiencia y Capitán General de Guatemala, don Antonio González Mollinedo y Saravia, que jamás le permitiese al soliviantado ciudadano Pablo retornar a su patria.

Es muy emocionante seguir leyendo sobre la vida del ciudadano Pablo. Cuando sabe que Costa Rica ha sorteado la zancadilla que le puso León, y que ha firmado su Acta de Independencia, corre a redactar el documento que servirá de base al célebre pacto de Concordia, cuya génesis procedo a exponer. Él no puede venir aún (o no quiere hacerlo para no alborotar demasiado el cotarro, vaya uno a saber), pero envía el documento, que llega a tiempo para la célebre “Junta de Legados de los Pueblos”, que fue en rigor nuestro primer gobierno.

Esa junta tuvo el mando del país entre el 12 de noviembre y el 1 de diciembre de 1821, cuando concluye sus funciones con la emisión del así denominado Pacto Social Fundamental Interino de Costa Rica, que será conocido como Pacto de Concordia. Es pasmosa la celeridad con la que van a ocurrir las cosas, si las comparamos con la lentitud con que opera nuestro gobierno dos siglos después, y si tomamos en cuenta las primitivas condiciones (no había carreteras, ni medio alguno de comunicación) en que todo se desarrolló.

A ver, recapitulo: el 13 de octubre llega el jinete con los dos papeles famosos. Entre el 13 y el 29 de octubre se genera un fuerte debate, con algunos tirillos de fusil de chispa soltados por ahí. El 29 de octubre se firma la declaratoria de INDEPENDENCIA ABSOLUTA (así lo dice) de España, en el día histórico por excelencia de nuestra patria. Entre el 30 de octubre y el 12 de noviembre, los miembros de la Junta de Legados se desplazan por nuestro hirsuto y salvaje territorio. Han venido de todas partes: Térraba y Boruca, Bagaces, Pacaca (actual ciudad Colón), Tobosi, Pueblo Nuevo (actual Tres Ríos), Esparza, etc., y por supuesto desde las cuatro ciudades principales del Valle Central. En su mayoría son presbíteros. El 12 de noviembre la Junta entra en funciones, y hacia el 15 o 20 nombra una comisión de 7 miembros para que redacte un Plan Provisional de Gobierno, que sea un “nudo de concordia”. Esos 7 usan de base el documento enviado desde Guatemala por el ciudadano Pablo. Ya para el 30 tiene listo el Pacto de Concordia: 58 artículos distribuidos en 7 capítulos. Rasgos dominantes: adopción de un régimen liberal, y oposición rotunda a unirse al imperio de Iturbide. Al día siguiente, 1 de diciembre, se reúne por última vez la Junta de Legados y en una sola sesión aprueba nuestro Pacto de Concordia. Entre otras cosas, aprueba la abolición de la esclavitud, e insisto en este notable detalle.

¿Nos regalaron la independencia? ¿O nos la regalamos nosotros a nosotros mismos en aquellos mágicos días, con todo lo que ya éramos capaces de hacer?

¡Qué injusticia histórica que, dos siglos después, reine en nuestro medio tanta ignorancia como para que el propio presidente del país desconozca, irrespete y menosprecie todo aquello!

No me extenderé mucho más, pero también es notable el curso que toma Costa Rica en los años que siguen. El contraste será total: mientras el resto de Centroamérica se hunde en guerras y anarquías, Costa Rica inicia su tradicional estabilidad. El Partido de Nicoya se anexa en 1824, pero Nueva Granada (la actual Colombia) nos usurpa la provincia de Bocas del Toro en 1836.

Y serán varios los hitos que consoliden la identidad nacional: la ley de 1825, con carácter de constitución y emitida durante la jefatura de estado de Juan Mora Fernández, un gran prócer, se llamó “Ley Fundamental del Estado Libre de Costa Rica”, y ya anunciaba nuestra vocación separatista de la Federación Centroamericana. Luego, en 1835 habría de tomar el poder Braulio Carrillo, otra figura de gran trascendencia, quien se opone radicalmente al federalismo, con su “Decreto de Bases y Garantías” de 1841. La Federación había sucumbido en 1839, pero Morazán insistía en reconstruirla, y los adversarios nacionales de Carrillo lo trajeron en 1842, para que derrocase con su ayuda a Carrillo. ¿Y qué hicimos entonces con Morazán? ¡Lo matamos! ¡No queríamos ser una provincia de Centroamérica, nunca quisimos!

Y, por último, ya en 1848 José María Castro Madriz hace oficial lo que era una situación de hecho desde hacía tiempo, y declara la independencia definitiva de Costa Rica y su creación como República. Largo, fecundo y enrevesado fue el camino, pero me ha sido de gran provecho personal haberlo estudiado. Y espero que compartir estos apuntes, que luego merecerán un pulimento, sirva de algo en esta coyuntura tan delicada que hoy vivimos.

 

Avatar

Por Rodolfo Arias Arias

Novelista y cuentista, que también se ganó la vida como profesor de computación en la UCR y consultor en informática. Sus obras más conocidas son “El emperador Tertuliano y la legión de los superlimpios”, una novela corta con la que debutó hacia 1991, y “Te llevaré en mis ojos” y “Guirnaldas (bajo tierra)”, novelas publicadas en 2007 y 2013, que recibieron el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría. También ha publicado cuentos, escrito artículos, jugado ajedrez y trotado por la playa.