Rodolfo Arias Arias.

A veces ve uno un documental naturalista sobre especies bonitas o interesantes, de fauna o de flora. El paisaje tiene cadenas montañosas, bahías, praderas extensas. En algún momento –al que no solemos poner mucha atención– el presentador dice que se trata de la isla tal o cual.

A mí a veces me entra curiosidad y busco esa isla en los mapas. ¡Y con mucha frecuencia me sorprende que se trate apenas de un puntito perdido! Hay que hacer zoom para darse cuenta qué forma tiene ese pedacito de tierra, cuántos habitantes, kilómetros cuadrados, en fin.

Y, en cada ocasión, me pongo a sacar cuentas. Son bellos paisajes que caben en apenas cincuenta kilómetros cuadrados. Tal vez cien, tal vez trescientos…

Y yo sé –porque este telele me viene de lejos– que toda la Tierra tiene ciento cincuenta millones de kilómetros cuadrados de tierras emergidas.

Los números no son difíciles de hacer: en este planeta habría campo para un millón de islitas con su bahías, potreros, montañas, playas. ¡Un millón! ¡El planeta que nos tocó es grandísimo!

Y uno como que no se percata de que en el mundo la infinitud es cotidiana ante los sentidos, y de ese modo insiste en mostrarse, sin cesar por un instante.

Luego, me pasa que tengo la dicha de compartir una tarde de buena tertulia y buena mesa con alguien a quien quiero mucho. En estos días tan duros eso puede ser incluso de forma virtual, con mensajes, audios y video llamadas.

Al final, de retorno a la madriguera de la soledad, a veces tengo el placer de encontrar tiempo en mí para pensar en lo que dijimos, en las bromas que nos hicieron reír, en los recuerdos que nos reconfortaron, en lo que aprendimos el uno del otro.

Y de pronto me pongo a pensar: así como en una isla chiquitita, perdida en medio de un océano gigantesco (en cuyas profundidades hay mundos extraordinarios que no podemos ver) pueden caber inmensidades de vida y color, aroma y movimiento, tiempos e ilusiones, así justamente pasa en cada rato bueno que tiene mi existencia.

Llegado a este punto de mi reflexión, me doy cuenta de que aquí tampoco los números son difíciles de hacer: mi vida ya se va acercando a los veinticinco mil días, y quizá se llegue a extender a treinta mil, a treinta y dos… ¡a lo que el destino quiera!

O sea, en resumidas cuentas me han dado para vivir un planeta en el que cabe un millón de islas que cada una tendrá su propia magia. Amplío la idea: una isla de esas podría ser el parque de La Sabana, otra podría ser el campus de la UCR, otra, por qué no, el propio bulevar de la Avenida Central; todo está en buscar la maravilla donde parezca esconderse mejor.

Además, me han dado una vida en la que caben decenas de miles de buenos ratos. Y aquí también amplío la idea: el rato minúsculo de un saludo al vecino, del beso al hijo que volvió de la escuela, el rato, ya más grande, en que vimos ganar a nuestro equipo, en que amamos con nuestra pareja, en que por fin logramos entender cuál era el argumento de ese majadero que nos tenía de mal humor.

Por eso insisto: ¡todo es tan grande! ¡El mundo, la vida, el lenguaje, las sensaciones, los colores, los recuerdos!

Y cuando alguien dice “la vida se pasa en un soplo”, “el mundo nos está quedando pequeño”, “ya aquí no cabemos”, yo en silencio –no me gusta discutir– pienso: si amaras tus recuerdos tanto como tus ilusiones, si miraras más y vieras menos, si trataras de escuchar todo lo que oís, si soñaras despierto tanto como lo hacés dormido…

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Por Rodolfo Arias Arias

Novelista y cuentista, que también se ganó la vida como profesor de computación en la UCR y consultor en informática. Sus obras más conocidas son “El emperador Tertuliano y la legión de los superlimpios”, una novela corta con la que debutó hacia 1991, y “Te llevaré en mis ojos” y “Guirnaldas (bajo tierra)”, novelas publicadas en 2007 y 2013, que recibieron el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría. También ha publicado cuentos, escrito artículos, jugado ajedrez y trotado por la playa.