Rodrigo Madrigal: El talón de Aquiles de la democracia

Sólo la ciudadanía puede cauterizar las heridas que se le infligen a la democracia y sólo la voluntad férrea de un pueblo puede rescatar las virtudes de sus instituciones.

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Rodrigo Madrigal MontealegrePolitólogo.

Uno de los hechos más dignos y ejemplares ha sido el encuentro entre Alejandro Magno y Diógenes cuando aquel, vencedor de Grecia y futuro conquistador de un efímero imperio, fue a visitar al filósofo en la colina donde éste se asoleaba. Como un gesto de pleitesía, raro en un gobernante, le ofreció concederle lo que quisiera, a lo que el sabio le contestó: «Sólo te pido, Alejandro, que te apartes un poco, para que no me tapes el sol».

Hay políticos que no logran entender que existen cosas más importantes y más valiosas para otros hombres y pueblos, que lo que ellos colocan en la cúspide de su propia escala de valores y que las migajas que dejan caer en sus orgías de ambición y poder sólo provocan repudio y desprecio, pues sólo los serviles las recogen.

Max Weber hizo una excelente distinción entre los que viven para la política y los que viven de la política. Aquellos son los que, motivados por una verdadera y firme convicción, tienen como meta un ideal y luchan hasta el sacrificio, por una causa. Los que viven de la política hacen de ella un ‘modus vivendi’, un oficio lucrativo en el que se antepone la voluptuosidad del poder a todo valor ético o a cualquier ideal.

Por eso, la democracia tiene dos tipos de enemigos. Uno es el que, por motivos doctrinarios, desprecia sus postulados y la rechaza como sistema de gobierno y como forma de vida; por eso la anatematiza y la combate frontalmente, con el fin de derrocarla y reemplazarla por un régimen de corte autoritario, fascista o totalitario.

Los otros adversarios de la democracia, que igual o mayor daño le causan, son los que, sin renegar de sus principios y hasta exaltando sus postulados más ortodoxos, la desvirtúan, la corrompen y las desnaturalizan con prácticas antidemocráticas e inescrupulosas totalmente divorciadas de sus postulados medulares.

El arco de bóveda que sostiene y eleva a la democracia, como la nave de una catedral gótica, es la legitimidad que confiere el consenso y el prestigio que emana de sus valores. Por eso, quienes la pervierten con prácticas viciosas y fraudulentas, quienes manosean sus ideales y pisotean sus virtudes supremas, cometen el sacrilegio de desprestigiarla ante el ciudadano y su legitimidad sucumbe por ese efecto corrosivo, erosionante y desmoralizador.

Cuando a los procedimientos más fraudulentos se les confiere carta de ciudadanía, no sorprende que entre los ciudadanos predomine la apatía. Cuando la democracia degenera en una subasta demagógica, nada de extraño tiene la deserción cívica. Cuando ostentosamente se convierte al poder en un botín, no puede sorprender que se entronice el cinismo en la opinión pública. Cuando a las prácticas más bochornosas se les confiere una credencial de legitimidad, es lógico que se generalice la frustración.

Desafortunadamente, suelen pagar justos por pecadores y en la sombra de esas tenebrosas corruptelas, todos los gatos parecen pardos. El espejismo narcotizante de la publicidad, se encarga de encubrir con un camuflaje superficial las llagas abiertas que dejan esos procedimientos cancerosos y la propaganda obsesiva y sublimal surte el efecto de una anestesia engañosa.

Por eso, la ciudadanía debe ser muy cautelosa y mantener una actitud alerta, vigilante y activa, para evitar que impunemente se entronice el vicio, el fraude, la subasta y la ley del botín. Debe distinguir con precisión la mediocridad que caracteriza al demagogo y al falso tribuno del pueblo, de la experiencia, la sabiduría y la capacidad que caracteriza al verdadero hombre de Estado.

Después de todo, el ejercicio del poder estatal exige una enorme dosis de responsabilidad, de preparación y de sentido moral, pues es todo el destino de un país lo que se le confía a un gobernante, con un enorme tinglado institucional que es muy difícil de gobernar y nada sería más nefasto que confiarlo a esos políticos de muy dudosas credenciales, a esos cortesanos del trono que, como diría Cervantes, suelen ser corteses, pero poco sanos.

Sólo la ciudadanía puede cauterizar las heridas que se le infligen a la democracia y sólo la voluntad férrea de un pueblo puede rescatar las virtudes de sus instituciones. Los que viven de la política sin más norte que el que les señala la brújula de la ambición, deben aprender a ajustar su escala de valores. El joven Alejandro, al menos, comprendió rápidamente la lección cuando, a las palabras del noble pensador, replicó sabiamente: ‘Si no fuese Alejandro, quisiera ser Diógenes’.

La Nación. 4/12/1981

 


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