Rodrigo Madrigal: Aventuras romanas

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Rodrigo Madrigal MontealegrePolitólogo.

Al separarnos, Antonio se había largado con Diego, en el auto de este, por la costa de Francia –el Midi–, atravesando Marsella, Cannes y Niza. En Mónaco se detuvieron para arriesgar unas cuantas piastras en las ruletas del casino. Pero, a medianoche, Antonio sintió cansancio y regresó a la posada en donde se hospedaban. Ya dormía a pierna suelta, cuando se abrió la puerta y apareció Diego, quien le rogó: “¡Oye, despierta! ¡No le puedes negar un favor a un amigo! ¡Te ruego que te sacrifiques heroicamente, durmiendo en la bañera, porque me acompaña una invitada!”.

Antonio protestó vehementemente, alegando que él no sería ningún estorbo para nadie; que solo pedía ocupar su propio lecho volviéndose al otro lado; que ya el suplicio de ser testigo de lo que allí acontecería era suficiente sacrificio; que él simularía dormir; que aquella petición era injusta y cruel, pues todo lo que deseaba era reposar y que, si de amistad se trataba, entonces bien podían compartir equitativamente aquella aventura como auténticos camaradas.

Pero todo fue inútil, porque la invitada manifestó indignada que sus escrúpulos le impedían un gesto tan generoso y que exigía un mínimo de intimidad, por lo que Antonio tuvo que acomodarse, a regañadientes, en el incómodo lecho que le habían asignado en la bañera y no solo tuvo que sufrir ese martirio, sino que, además, la tortura de soportar estoicamente una serenata de pasiones y lujuria, hasta que la invitada decidió abandonar la habitación, avanzada la mañana del día siguiente.

Continuaron hacia Italia, ese país en donde se dan cita el amor a la vida, el culto a lo estético y el calor humano. Donde convive el sentido refinado de la alegría y del humor con un sentido profundo de la existencia. Donde veinticinco siglos de historia han inculcado un auténtico respeto a la cultura y a la civilización. Donde la hermosura y la gracia de sus mujeres, sus montañas, sus mares, su música y su lengua melodiosa inculcaron un sano, alegre y profundo amor a la existencia.

Al atravesar la frontera, tropezaron con dos tímidas inglesitas, quienes se unieron a ellos gracias a la complicidad del inspector de migración italiano quien, guiñándoles un ojo mientras les sellaba los pasaportes, les sugirió que les ofrecieran un aventón. Ellas aceptaron y trabaron amistad en el camino, en el que se detuvieron en una trattoría para cenar, por lo que llegaron a Génova cuando ya la noche estaba muy avanzada.

Ellos les propusieron que se alojaran todos juntos en alguna posada, pero las pudorosas súbditas de su majestad británica declinaron aquella proposición, sospechando con instintiva malicia y suspicacia anglosajona, que dicha sugerencia estaba inspirada en no muy puras ni castas intenciones, por lo que perseveraron en una dirección contenida en un papel. Ellos insistieron en que la noche estaba demasiado avanzada para emprender semejante búsqueda en una ciudad grande que no conocían, pero al ver a un carabinero, decidieron detenerse y pedirle ayuda.

El gendarme deseaba lucirse en el cumplimiento del deber y, además, mostrarse servicial, pero no entendía los ruegos de las inglesitas. Entonces, optó por conducirlos al cuartel de los carabinieri y allí les pidió, a los compañeros quienes estaban de guardia en la puerta principal que se hicieran cargo de ellas. Pero estos tampoco lograron entender lo que las inglesitas decían, por lo que los condujeron a todos al interior, en donde apelaron a su superior jerárquico quien, a su vez, las interrogó y, dándose por vencido, al no entender tampoco nada, ordenó que los mantuvieran en custodia.

Nuestros amigos conservaron una prudente discreción y un mutismo cauteloso para pasar desapercibidos, en aquella incómoda y absurda situación. Por lo tanto, decidieron dejar que las inglesitas se las arreglaran solas. Pero fueron inducidos a empellones a ingresar en una sala más amplia y a sentarse en lo que parecían ser los banquillos de los acusados, en donde los carabineros los miraban con esos ojos hostiles, maliciosos y suspicaces con los que, por reflejo condicionado, habían adquirido el hábito de contemplar a todos los que introducían en aquel recinto.

Ambos se sintieron acosados y acorralados al escuchar a sus captores murmurar con marcada agresividad algunas palabras que no sonaban muy amistosas ni benevolentes, las cuales no presagiaban nada bueno: “Sono malvagi, malviventi!” – “Furbi!” – “Delinquenti!” – “Mi sembra chi sono ladri!” – “Ruffiani!” – “Camorristi!” – “Depravati!” – “Borseggiatori!” – “Ma, no, sono violatori!”. Pero, entre aquellos susurros, se escuchó la voz imperiosa del comandante ordenar con tono autoritario: “Attenti, tutti – Mentre il cane si gratta, la lepre va vía!” – “Chiamati a Giovanni!”.

Fue así como, después de una prolongada espera, finalmente apareció Giovanni, el súbito protagonista de aquel pintoresco melodrama, porque era el único entre todos aquellos carabineros que hablaba inglés. Hizo un ingreso tan triunfal e histriónico que, en medio de aquel escenario circense, parecía un mariscal ruso rompiendo vientos. Con un rostro soñoliento y unos ojos lagañosos trataba de ajustarse torpemente la corbata, el saco y unos pantalones que, además de arrugados, parecían estrechos en su abultado vientre, mientras todas las miradas se clavaban impacientemente en él, esperando que lograra desatar el nudo gordiano de aquel intrigante enigma.

Solemne y teatralmente se colocó en medio de aquel escenario, como un pavo real y apoteósicamente adoptó la pose arrogante de un perdonavidas. Sintiéndose una especie de Javert y adoptando una sonrisa maliciosa, clavó en aquellos dos indiciados una mirada penetrante, inquisidora y hostil. En ella delataba que, gracias a su ojo clínico de astuto investigador, ya había constatado la pervertida ralea y la malvada estirpe de aquel par de malhechores; que ya había presentido la auténtica naturaleza del delito grave y perverso perpetrado por aquellos violadores; que ya había dictado sentencia y que ya los había condenado a la pena máxima que se aplica en esos casos.

Pero cuando Giovanni inició el interrogatorio de los indiciados en inglés y estos le contestaron en español, se sintió profundamente perturbado y ridiculizado, sobre todo cuando todos los colegas quienes lo rodeaban se rieron alegremente, fascinados por la curiosidad, como si se tratara de un escenario en el que se mantenía la atmósfera de un circo romano. Entonces tuvieron que explicarle que quienes hablaban inglés eran las víctimas, ambas súbditas de la monarquía británica.

Con ese aire de ceremoniosa dignidad que adopta un músico virtuoso cuando procede a interpretar una obra maestra en ‘su majestad el piano’, Giovanni se acomodó sobre el escritorio que formaba el epicentro de aquel melodramático escenario y, mientras encendía una pipa con un gesto lento, flemático y teatral, en el que todos sus movimientos eran meticulosamente sobreactuados para adoptar el aire de un uomo di pensiero, les preguntó a las dos víctimas, en un inglés macarrónico:

¿De qué acusan ustedes a estos delincuentes?

¿Acusarlos? ¡De nada! –contestaron, sorprendidas y asustadas, las dos inglesitas–.

¡Pero obviamente fueron amenazadas, asaltadas, golpeadas o violadas por este par de depravados!

¿Depravados? ¡Al contrario, se han comportado como auténticos caballeros británicos y hasta tuvieron la cortesía de traernos aquí!

¿Cómo? Entonces… ¡Esto es una burla! ¿Por qué se encuentran detenidos aquí esos malhechores? –preguntó Giovanni, preso de la confusión y temiendo la proximidad del ridículo y del escarnio–.

Porque aquí nos trajo un carabinero.

Pero ¿por qué los trajo? –indagó Giovanni molesto, víctima de la perplejidad–.

¡Para averiguar la dirección del albergue de la juventud, en donde deseamos pernoctar!

Gentlemen? The youth hostel! –exclamó Giovanni, con una voz de trueno, indignada e iracunda, en la que se delataba su frustración– L’ostello della gioventù! Porca miseria!.

Todo aquel melodrama terminó alegremente en aplausos, burlas, bromas, risas y disculpas. Giovanni, sintiendo las úlceras del ridículo, pero satisfecho por haberse lucido hablando inglés y descifrando aquel misterio, protestó con vehemencia por haber sido arrancado inútilmente de su lecho y de sus sueños eróticos para algo tan trivial. Unos carabineros les clavaron a las inglesitas, como un gesto de despedida, unas libidinosas y acariciantes miradas, lo que en un italiano es como un reflejo condicionado, y todos fueron majestuosamente guiados y escoltados ya en la madrugada, hasta el albergue que buscaban, por un par de motociclistas uniformados.

Continuaron el viaje, deteniéndose en Florencia, en donde se hospedaron y cenaron en un hotel modesto, en el bellísimo barrio del Convento di San Marco. Aprovecharon aquellos días esplendorosos de verano para a visitar la reliquias de esa ciudad, tales como la Piazza della Signoria, el Palazzo Vecchio, Il Duomo y su Campanile, Santa Croce, Il Ponte Vecchio, la Galeria Uffizi y para deleitarse con maravillosas obras de arte como el David de Michelangelo, su famoso Quattro Prigioni, la Madonna del Mare y el Nacimiento de Venus de Boticelli, el Bacchus de Caravaggio, la Venus de Urbino de Tiziano o la Anunciación de da Vinci.

Pero el hotel en que se hospedaron estaba ocupado, casi en su totalidad, por los miembros de una austera congregación religiosa que celebraba una convención y cuyos miembros lucían unos semblantes adustos, graves y severos, así como unas miradas frías, duras y dogmáticas, que evocaban a Savonarola o a los virtuosos verdugos de la Santa Inquisición, los cuales contrastaban con el espíritu vitalista, voluptuoso y epicúreo que se respira en aquella encantadora ciudad renacentista.

Por el efecto de una dosis excesiva de vino, nuestros amigos decidieron, al regresar una noche, cometer la travesura con los que habían bautizado como los ‘Sicarios del Santo Oficio’ y les sustituyeron, a unos y a otros, los zapatos que estos habían colocado fuera de sus puertas para que fueran lustrados durante la noche, invocando el principio de que lustrarle a otros sus zapatos es un acto denigrante e incompatible con la humildad cristiana. Por ese motivo, se largaron al despuntar el día, cuando empezaron a escuchar los iracundos anatemas y las imprecaciones nada piadosas de aquellos adustos émulos de Talavera y Torquemada, quienes, invocando el fuego eterno del Averno, intentaban inútilmente colocarse zapatos que no eran los suyos.

Así llegaron a la espléndida y eterna ciudad de Roma, en donde permanecieron durante varias semanas entregados al peregrinaje de obras de arte, ruinas y museos: el Palazzo Nuovo, el Arco de Constantino, el Foro, el Palatino, el Arco de Tito, la Piazza Navona, el Palazzo dei Conservatori, la Piazza Colonna, la Piazza di Spagna, la Fontana de Trevi, las Termas de Caracalla o el Palazzo Barberini. Pero, también, conocieron unas chicas, con las cuales salían a pasear durante el día por los bosques en las afueras de la ciudad, porque en las noches ellas no podían salir, motivo por el que ellos solían cenar en las alegres y populares tabernas del Trastevere.

Visitaron la Villa dei Cesari, un restaurante en las afueras de Roma y rodeado de jardines, en la Via Apia. Los clientes eran recibidos por un gladiador quien, dándose un golpe con el puño en la coraza, les daba una bienvenida circense: “Ave Caesar, morituri te salutant!”. Adentro eran recibidos por unos camareros quienes, a su vez, llevaban atuendos de legionarios y senadores romanos. Nuestros amigos fueron acomodados cerca de una mesa en donde dos rivales se disputaban violentamente a una joven y bella romana.

Pero aquella rivalidad degeneró en una lucha similar a la de los Horacios y los Curiacios, pero intervinieron los amigos de ambos rivales. Se extendió aún más, cuando otros comensales se lanzaron a participar en aquella batalla. Todo se complicó, incluso, cuando intervinieron los tribunos, los senadores, los pretores y los censores, así como los imponentes legionarios, quienes llevaron la peor parte de aquel singular combate porque, impulsados por un reflejo rebelde y defensivo, se formó un frente común que arremetió contra esos colosos.

Todo concluyó teatral y alegremente por el agotamiento de los beligerantes y en la derrota de aquellos aguerridos centuriones, quienes quedaron desperdigados en el césped de los jardines, entre un cúmulo de escombros de corazas, cascos, jabalinas y espadas rotas, como la réplica de una antigua batalla de las guerras púnicas, protagonizada por sus belicosos antepasados del Lacio, rapto res de las sabinas y forjadores de un imperio. De haberse encontrado esa noche, cenando en aquel lugar, Pirro hubiera exclamado nuevamente: “¡Otra victoria como esta y termino vencido!”.


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