Rodrigo Madrigal: El diálogo Norte-Sur – un debate de sordos

si bien en las dos décadas anteriores se estimaba que era necesaria una ayuda monetaria de los países más avanzados a los más atrasados, actualmente se considera que ésta es insuficiente por sí sola y que debe ser acompañada por una reestructuración de toda la economía mundial

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Sin lugar a dudas que el «El diálogo Norte-Sur» así como los «debates de sordos» son temas de inimaginable solución. Cabe esta breve introducción para que quien me lea, tome en cuenta que estos párrafos fueron escritos ya hace varios años. Que muchos datos, actores, escenarios, cifras, entre otros, pueden y tienen que haber variado, como toda estructura social, política y económica, sea para bien o para mal.
Sin embargo, releyéndome con el objeto de reproducir este artículo en La Revista, es fácil ver cómo los principios y cierto orden perduran y que la naturaleza humana no hace más que demostrar su flexibilidad y creatividad para consolidar ciertos órdenes cuyas causas y sobre todo efectos, pareciera se alejan, más que augurarnos otros horizontes anhelados, de justicia, libertad, paz y democracia.

RMM, febrero 2020.

 

Hace veinte años tuve ocasión de asistir, en la Universidad de París, a una excelente disertación que nos brindó Josué de Castro, el famoso tratadista sobre el tema del subdesarrollo, quien inició exposición con estas modestas palabras: “En el siglo veinte ha habido dos grandes descubrimientos: la teoría de la relatividad de Einstein y el hambre en el mundo, que la descubrí yo”.

Veinte años más tarde leemos con estupor que ese flagelo, que descubrió el gran maestro de la FAO, azota a una población de 800 millones de personas en el Tercer Mundo y que, mientras en el mundo se han destinado cerca de $600.000 millones anuales a gastos militares, la ayuda a los países subdesarrollados corresponde apenas a un 5% de ese monto.

La civilización moderna, con ese prodigioso cúmulo de progreso tecnológico, ha llegado a una etapa tan demencial, como contrapartida, que si se utilizara apenas el 0,5% de esos gastos militares para dotar de maquinaria agrícola a los países pobres, estos se bastarían a sí mismos para solucionar el problema de la desnutrición y el hambre. Con el costo de un tanque de guerra, calculado en un millón de dólares, se construirían mil aulas escolares para 30.000 niños. Si la inversión en un avión de combate, estimada en $20 millones, se destinara a fines pacíficos, se construirían 40.000 farmacias rurales. Lo que el mundo gasta durante doce horas en armamentos servirían para erradicar la malaria del planeta, la cual amenaza a mil millones de seres humanos.

Sin embargo, si bien en las dos décadas anteriores se estimaba que era necesaria una ayuda monetaria de los países más avanzados a los más atrasados, actualmente se considera que ésta es insuficiente por sí sola y que debe ser acompañada por una reestructuración de toda la economía mundial, en la cual las naciones del Tercer Mundo participen activamente para garantizar condiciones más equitativas.

Estos reclaman que el Tercer Mundo constituye los dos tercios de la humanidad y que apenas consumen el 13% del producto bruto mundial; que apenas participan en un 25% del comercio internacional y que, dentro de esa proporción, la mitad está constituida por las exportaciones petroleras de la OPEP. Es decir, que la enorme mayoría de los países subdesarrollados participa, apenas, en un 12,5% en el comercio mundial, en el cual los dos tercios lo constituye el intercambio entre las naciones industrializadas de economía de mercado.

Parte del dilema consiste en que, para el Tercer Mundo, el comercio con los países industrializados es decisivo y vital, ya que el 72% de sus exportaciones está dirigido a esos mercados occidentales, de los cuales adquieren el 65% de sus importaciones. La queja principal de aquellos es que se intercambian productos primarios –es decir, agrícolas y minerales– a precios muy bajos y fluctuantes, contra productos manufacturados caros, los cuales constituyen apenas el 25% de las exportaciones de los países capitalistas industrializados, ya que el resto lo constituye el intercambio entre estos mismos.

Pero así como los países pobres dependen de la venta de sus productos primarios en los mercados industriales, a precios que consideran injustos, igualmente estos dependen vitalmente de muchos de esos productos para alimentar el enorme y complejo aparato productivo que les permite ese prodigioso nivel de vida y de consumo.

Según del Club de Roma, por ejemplo, sólo los Estados Unidos consume la siguiente proporción de las principales materias primas que se producen anualmente: 63% del gas natural, 44% del carbón, 42% del aluminio, 40% del molibdeno, 38% del níquel, 33% del petróleo, 33% del cobre, 28% del hierro, el 25% del plomo, el 26% del oro, la plata y el zinc, el 24% del estaño y el mercurio, el 19% del cromo y el 14% del manganeso.

Lo anterior nos demuestra la vulnerabilidad de la maquinaria industrial y su dependencia de las fuentes minerales del Tercer Mundo y el valor estratégico de éstas para Occidente. Sin embargo, es simplista identificar a aquel como proveedor de materias primas y a éste como abastecedor de productos industriales, ya que estos países avanzados participan, a su vez, en el 47% del comercio mundial de productos primarios, además de que sus exportaciones de productos manufactura- dos constituyen el 83% de todo el comercio mundial de este tipo de bienes. Sin embargo, en lo que se refiere a los minerales, los países subdesarrollados aportaron el 75% de los recursos colocados en el mercado internacional, mientras que en los productos alimenticios, fueron los países avanzados de economía de mercado los principales exportadores e importadores.

Una de las tendencias importantes, en los años recientes, ha sido la de brindarle tratamiento industrial a las materias primas en los países tradicionalmente exportadores de esos recursos, a causa de la elevación en los costos de transporte y a la disposición de mano de obra a bajo costo. Esto ha contribuido a la industrialización de países que, como Brasil, han aumentado su dependencia en capital foráneo, pero se han beneficiado del valor agregado, convirtiéndose en esa categoría reciente de naciones denominadas como “nuevos países industrializados” (NPI). Sin embargo, son casos excepcionales; se estima que, desde hace un cuarto de siglo, el Tercer Mundo participa apenas en un 7% de toda la producción industrial del mundo y sólo en un 7,4% en los últimos años de la década pasada. Igualmente, se ha constatado que la mitad de las exportaciones de los artículos industriales del Tercer Mundo provenían de cuatro países: Taiwán, Hong Kong, Singapur y Corea del Sur.

Otro de los asuntos más controversiales entre el Norte y el Sur ha sido el tema del deterioro de los términos de intercambio, en detrimento de estos países, los cuales sostienen que, a largo plazo, los precios de los artículos manufacturados aumentan en proporción mayor al precio de los productos primarios, lo que constituye un factor de estancamiento o un obstáculo al desarrollo del Tercer Mundo, lo que generalmente se niegan a aceptar los países del Norte.

Otra de las reivindicaciones ha sido la transferencia de tecnología. La respuesta ha sido que ya se le ha transferido bastante, que ésta implica una gran inversión y que puede ser adquirida mediante pago a las compañías transnacionales. Otra ha sido la soberanía real e integral sobre sus propios recursos naturales, lo que implica una expropiación de inversiones elevadas y una reglamentación de las actividades de dichas corporaciones; esto, obviamente, ha dificultado enormemente el diálogo. Igualmente, ha sido un obstáculo la exigencia de estabilizar los precios de las materias primas y la de que las riquezas submarinas se conviertan en patrimonio de toda la humanidad.

El acento, a menudo, excesivamente antioccidental y las denuncias de neocolonialismo, con que ha sido planteado el Nuevo Orden Económico Internacional, han convertido el debate en un diálogo de sordos, en el que el Norte –tanto capitalista como comunista– pone oídos de mercader y es bien elocuente la negativa de la URSS a asistir a la reunión cumbre de Cancún, hace dos años, en que se plantearon esas reivindicaciones. Mientras tanto, los dioses de la guerra, como en La Ilíada, seguirán fabricando, a un costo insensato, las armas más apocalípticas, aplicando la ciencia de Einstein, a la vez que olvidan el gran descubrimiento de Josué de Castro.

La Nación/15A – 5 de diciembre de 1983

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Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.

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