Rodrigo Madrigal: El mundo de Colón

De poco vale condenar, con una nueva “leyenda negra”, un proceso que –aunque nos lo hayan revelado ayer– fue el resultado de las condiciones, las circunstancias y la mentalidad de una época a la vez sórdida y sublime que, con sus errores y sus virtudes, transformó el mundo en su totalidad y colocó la piedra angular de nuestra sociedad moderna, igualmente convulsionada por abusos, injusticias, atrocidades y crueles frustraciones, así como por nobles esperanzas y utópicos ideales.

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Cuando le preguntaron a un sudaca por qué la había emprendido inusitadamente con insultos y golpes contra un buen gallego, a quien todos querían y respetaban en su barrio, contestó con ira: “Porque esos conquistadores vinieron y se apropiaron del gobierno, de las tierras y de las mujeres: además, se llevaron el oro y avasallaron a nuestros abuelos con la evangelización y la encomienda.” Después que le explicaron que todo eso había ocurrido hace quinientos años, entonces replicó: “¡Está bien, pero yo hasta ayer me enteré!

No nos proponemos abordar el tema de la naturaleza y de las consecuencias de esa extraordinaria hazaña realizada hace medio milenio, porque ya lo han agotado plenamente muchos eruditos y nos limitamos a citar aquella frase de André Maurols: “Los europeos no descubrieron América, sino que chocaron contra ella.” Sólo intentaremos descubrir aquella Europa que, al buscar una ruta hacia el Extremo Oriente y sus riquezas, tropezó con nuestro continente y transformó el mundo. ¿Cuáles fueron las condiciones concomitantes que coincidieron para propiciar esa aventura tan audaz? Apenas nos atrevemos a sugerir algunas.

En primer lugar descubrimos el Estado Moderno, esa obra de arte, consciente y calculada, como lo calificó Burckhardt, el gran historiador del Renacimiento, que se consolida en muchos de esos países y sin el cual Colón no hubiera llegado ni al Puerto de Palos. Durante la Edad Media no existió una organización estatal, por lo que sólo hubo estancamiento, retroceso, oscurantismo, ignorancia superstición, así como una economía de subsistencia, una producción ineficiente de escasos rendimientos, pocas innovaciones tecnológicas y la dominación de una aristocracia de guerreros que, dueños de las tierras, se desgastaban en luchas estériles y arrastraban a los pueblos a la ruina, al caos y a la anarquía.

Es el Estado el que asume la prodigiosa tarea de impulsar la integración nacional, el que propicia el progreso, el que garantiza la protección necesaria al desarrollo económico, el que construye las obras de infraestructura y el que brinda la seguridad necesaria al tránsito y al intercambio, así como una mayor equidad en las relaciones humanas. Fueron los Estados incipientes de la península ibérica -y especialmente el de Enrique el Navegante, de Portugal- los que financiaron los estudios, las investigaciones y los recursos que se requerían para las aventuras marítimas y los descubrimientos. No sólo de América, sino de todos los rincones del planeta, con lo que iniciaron, en el marco brutal, injusto y desigual del imperialismo, la subordinación del Tercer Mundo y el proceso que se denomina como “globalización”.

Es gracias a ese Estado integrador, gestor y protector que –en el seno de la sociedad feudal de Europa, eminentemente rural –se desarrollan, como oasis de civilización, los burgos o incipientes centros urbanos, ubicados al abrigo de las abadías, en las encrucijadas o a lo largo de las arutas de peregrinación. En ellos surge esa ambiciosa y dinámica burguesía –empresarial, profesional, artística, burocrática e intelectual- que transformará y sepultará, con la Revolución Industrial, pocos siglos más tarde, al mundo agonizante de la Edad Media.

El surgimiento de esta nueva élite se sustenta en el talento, en el impulso creativo y posesivo, en el espíritu de innovación y de aventura así como en el esfuerzo, la habilidad, la ambición, la codicia y en su sed de poder y de libertad individual. Este proceso, a su vez, es propiciado por la caída de Constantinopla en 1453, que transmite todo su legado intelectual a Occidente, pero le cierra el acceso al Oriente por la ruta de Asia Menor, por lo que el centro de gravedad económica se desplaza del Mediterráneo hacia el noroeste y la península ibérica.

Esta importante transformación es, además, facilitada por las luchas feudales –tales como la guerra de los Cien Años, la de las Dos Rosas, y las cruzadas, hábilmente manipuladas por el papado –en las que queda diezmada la vieja nobleza, cuya posición se sustentaba en el posesión de la tierra, en la actividad guerrera que le impedía cultivarse o practicar actividades utilitarias, así como en su aristocrático culto al honor y al valor personal, por lo que llegó a ser considerada como estéril, improductiva y parasitaria por los nuevos sectores emergentes, que terminaron cercenando sus nobles cabezas en las guillotinas revolucionarias de 1789, de 1848 y de 1917.

Con el simultáneo debilitamiento de la Iglesia Romana, por las rivalidades cismáticas en su seno y por las acusaciones de corrupción –tales como la práctica de la simonía, la lucrativa venta de indulgencias o la existencia mundana y lujuriosa del alto clero– cedieron las viejas cadenas éticas, ideológicas y políticas con las que había aprisionado al mundo medieval durante un milenio. Al ceder el poder tutelar del pagado, las mentes se emancipan y se reactivan y grandes genios irrumpen con su imaginación y su creatividad.

Emerge un nuevo código moral y una nueva escala de valores, mediante la secularización del pensamiento, lo que permite que el descubrimiento del Galileo, gracias al telescopio, sea tan importante como el de Colón, pues a partir de entonces la ciencia se libera del dogma, mientras que la concepción del universo y de la existencia, hasta entonces de carácter teocéntrica, se vuelve antropocéntrica, cuando el hombre rescata el valor de su propia existencia.

El hombre del renacimiento descubre valores que habían quedado sepultados en los escombros y en las ruinas de la Antigüedad. En ellos se cristaliza nuevamente el culto a la vida terrenal, a la belleza, a la naturaleza, a lo propiamente humano, a los goces de la existencia, que contrasta con el estoicismo, la austeridad y el ascetismo masoquista del misticismo medieval. Es un nuevo espíritu de hedonismo, de relativismo, de tolerancia, de eclecticismo, de racionalidad y de escepticismo que erosiona la intransigencia y el maniqueísmo del pensamiento escolástico, el cual le imponía una camisa de fuerza ética e ideológica a la mente humana. Son ese nuevo impulso vital y una sed insaciable de curiosidad y de aventura –convertidos en “sceleratezza”- los que impulsan a Colón y a Galileo a abrirle a la humanidad nuevos horizontes en el universo, contra la neofobia represiva de Torquemada, el Santo Oficio y la Inquisición. Se inicia esa lucha sin cuartel en la que la fé cederá ante la razón, en que la alquimia de la piedra filosofal se convierte en ciencia y en que la astrología se transforma en cosmología moderna.

Es también la introducción y la aplicación de grandes innovaciones tecnológicas –casi todas provenientes de China y adoptadas por Europa- lo que hará posible la extraordinaria odisea del gran Almirante. Son la brújula, el sextante, el astrolabio, el timón de popa, la astronomía y la nueva ciencia de la cartografía desarrollada en Italia, unidos a la experiencia intuitiva y empírica de los vikingos de la navegación en alta mar. Es, igualmente, la introducción del papel y de la imprenta –inventados por los chinos lo que permite propagar fantasiosos relatos sobre tierras ignotas o quijotescas aventuras, a la vez que facilita esa prodigiosa apertura mental y esa emancipación del pensamiento, con la que el hombre puede cuestionarse lo que hasta entonces se imponía como una verdad revelada, infalible e irrefutable, tanto en teología, como en geografía o astronomía. “En ese momento de gozosa liberación escribía Bertrand Russell –nació el mundo moderno.”

Pero va a ser, mas que nada, la adopción desde China de la pólvora y de las armas de fuego por la civilización occidental, lo que provocará una de sus más importantes transformaciones, al aportarle al Estado el principal instrumento de poder, con el que logrará conquistar e integrar ciudades y territorios en una sola comunidad nacional o fundar nuevos imperios donde no se pone nunca el sol, facilitado por su captación tributaria y su organización burocrática. Todo esto le permitirá establecer el orden, impulsar la producción, garantizar el comercio de bienes y de ideas, la seguridad más elemental, la protección de la economía, el bienestar, la prosperidad y el progreso que, a su vez, lo consolida porque se beneficia y se fortalece con esa riqueza que fomenta y sustrae. Esa consolidación del Estado le permitió la financiación, la canalización de recursos y el estímulo a esas prodigiosas aventuras que, con todos sus aspectos positivos y negativos, hicieron posible el descubrimiento y la conquista, no sólo de nuestro continente, sino de todos los confines del planeta.

No fue, entonces, el resultado de la casualidad, sino el espíritu vital del Renacimiento –impregnado de voluptuosidad, de audacia, de codicia y de una voluntad de conquista poco escrupulosa–, la aparición de una nueva élite económica –intelectual, profesional y burocrática–, la decadencia de la vieja estructura feudal, el debilitamiento de la Iglesia en su momento más vulnerable, la emancipación del pensamiento, las extraordinarias innovaciones tecnológicas y la consolidación del Estado lo que, en forma simultánea y concomitante, hizo posible que aquel temerario navegante tropezara con esta exuberante masa continental que ahora nos cobija en su seno cálido y hospitalario.

De poco vale condenar, con una nueva “leyenda negra”, un proceso que –aunque nos lo hayan revelado ayer– fue el resultado de las condiciones, las circunstancias y la mentalidad de una época a la vez sórdida y sublime que, con sus errores y sus virtudes, transformó el mundo en su totalidad y colocó la piedra angular de nuestra sociedad moderna, igualmente convulsionada por abusos, injusticias, atrocidades y crueles frustraciones, así como por nobles esperanzas y utópicos ideales.

 

En La Nación, 18/12/1992

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