Rodrigo Madrigal: El plan de guerra

Publicado en Reflexiones Políticas Editorial Juricentro 1993 páginas 330-334

0

Rodrigo Madrigal MontealegrePolitólogo.

Cuando una turba intentó linchar a Bertrand Russell por sus ideas pacifistas, un amigo procuró rescatarlo advirtiéndole a un oficial de la policía que se trataba de un eminente científico y matemático, logrando que éste sólo se encogiera de hombros. El otro volvió a la carga, suplicándole que le salvara la vida a uno de los más eminentes pensadores y filósofos del mundo; pero el oficial le volvió la espalda con la más olímpica indiferencia. Entonces, el amigo del sabio inglés, ya desesperado, como último recurso, esgrimió, por fin, un argumento sensato y convincente: “¡Oficial, están apaleando a un lord, a un miembro de la aristocracia!” El agente, consternado, se precipitó y le salvó la vida a aquel genial y noble pensador que, ingenuamente, creía en esa época apelando a la razón se podría impedir una guerra. Durante largos y sangrientos años, las tierras de Europa se tiñeron de rojo y millones de hombres, absurda e inútilmente, se degollaron mutuamente.

Con paciencia franciscana hemos leído las críticas severas y agudas que los políticos frustrados, los partidarios de la guerra y los detractores del Plan de Paz del Presidente Arias han esgrimido con el firme, y a menudo solapado, propósito de señalar con júbilo los defectos que éste pueda contener en su texto, para pronosticar sibilinamente su fracaso, con lo que apenas disimulan sus íntimos deseos –apenas cubiertos con una diminuta hoja de parra– de que fracase todo intento de paz en la región centroamericana.

¿Ha visto alguien a alguno de estos paladines de la guerra, a alguno de estos sumos pontífices de la opinión pública que combaten la paz, partir al frente de batalla, en la cruzada que predicaban, con su rifle y su mochila, o cubierto de laureles y gloriosas hazañas? Si el Plan de Paz esgrimido por nuestro gobierno fracasa, no es precisamente por los defectos y errores que estos predicadores se han tomado la pena de destacar, sino por otros motivos que no se atreven a confesar y que provienen de los mismos protagonistas involucrados en el conflicto.

Alguien afirmaba que la única forma de terminar con las guerras consistiría en que resucitaran los que han muerto en ellas. Ellos nos relatarían la crueldad, el horror y el sufrimiento que han sentido en carne propia, y con su descripción persuadirían a no emprenderlas a quienes las predican tan alegremente. Pero todo plana de paz –en este o en cualquier otro confín del universo– siempre lleva las de perder, porque en la confrontación entre pacifistas y belicistas, los últimos siempre tienen ventaja. Los partidarios de la paz sólo pueden apelar a la sensatez y a la razón humana, que suelen ser débiles aliadas, o a los valores éticos y a las virtudes humanas, que fácilmente pueden ser anestesiados. Los paladines de la guerra, a su vez, tienen la facultad de recurrir a los más viles instintos y a las pasiones más bajas y primitivas: el odio, el miedo, la crueldad y la rapiña. Por eso, cuando las águilas y los halcones sostienen un consejo de guerra, nada pueden hacer los colibríes, las golondrinas, los pavos, los cisnes y los avestruces.

Sólo la ingeniosa habilidad de las sabinas –cuando fueron raptadas por los romanos– sabría impedir la generalización de un conflicto en el que todos los protagonistas están empeñados en perpetuar y difícilmente se le piden peras a los olmos, aunque se implore con la mejor buena fe. Nicaragua se ha convertido en un afrentoso reto y en un frustrante desafío para el Presidente Reagan y éste, no cabe duda, no concibe otro proyecto que aquel que persevere en erradicar y extirpar el sandinismo a sangre y fuego. Como esto no ha sido posible –con la celeridad con que la Unión Soviética aplastó los movimientos de liberación en Budapest, en Praga o en Varsovia–, obviamente se obstina en desgastarlo, desangrarlo, debilitarlo y reducirlo hasta que caiga de rodillas, minando sus cimientos, mediante presiones económicas, maniobras diplomáticas y hostigamiento militar. Parte de su tragedia consiste en que la opinión pública de su país no acepta el sacrificio de unos solo de sus soldados en lo que muchos consideran una guerra sucia, inútil y estéril, que nunca se ganará mientras los lideres de las fuerzas rebeldes repriman tan acuciosamente su afán de presentarse con el frente de batalla – ya que jamás se ha ganado una guerra con soldados famélicos en las trincheras y con dirigentes obesos en una lejana y protegida retaguardia– e inmersos, además, en escándalos tenebrosos que erosionan, a cada paso, la posición de hostigamiento a ultranza del Presidente Reagan.

El otro talón de Aquiles del Plan de Paz –o de cualquiera otra fórmula bien fundada– consiste en que, evidentemente, el régimen del Presidente Ortega no estará muy dispuesto a aceptar un auténtico proceso de democratización en su país. Difícilmente aceptará un sistema electoral que garantice la libertad de expresión, de asociación y de organización, en el que se respeten los derechos humanos más fundamentales. Las revoluciones suelen engolosinar con el poder a quienes han luchado penosa y peligrosamente, por largos años en las montañas, aunque esto les haya impedido aprender las lecciones más elementales del arte de gobernar y sus limitados rudimentos conduzcan inevitablemente a un aparatoso fracaso. Además, las actitudes mesiánicas de toda revolución inducen a considerar como legítima la confiscación y el monopolio del poder, así como los privilegios que se usurpan, a contrapelo de los principios que se enuncian.

Sin embargo, aunque un pueblo puede repudiar a un socialismo que se impone con la punta de las bayonetas, el sandinismo seguirá constituyendo una importante fuerza popular, con la que tendrá que convivir cualquier gobierno democrático –o dictatorial– que se pretenda implantar en el futuro. Pero el precio que se les exige a sus dirigentes, en el Plan de Paz, es demasiado elevado para que lo acepten alegre y diligentemente, pues al aplicar los métodos democráticos que se les solicita, se les escaparía de las manos el poder tan codiciado que han conquistado y, posiblemente, el sistema socialista que han tratado de implantar.

Estamos firmemente convencidos de que, aunque se extirpe al sandinismo, el resto de la región centroamericana sólo se salvará de un vaso y profundo proceso revolucionario mediante un proyecto global de reformas políticas, económicas y sociales, dentro de un marco democrático y de masiva asistencia técnica y económica –como lo concibió claramente el Presidente Kennedy y como lo planteó talentosamente nuestro actual canciller– que haga posible el desarrollo integral de unas naciones que no se resignan a continuar siendo unas “banana republics” y que no pueden conceder el lujo de un conflicto generalizado y endémico.

Si el Plan de Paz fracasa, no es porque esté mal concebido, sino porque es más fácil exaltar las mentes con frenéticas proclamas de guerra y recurriendo a los instintos más primitivos, que con sabios principios de paz, y porque los principales protagonistas en la palestra regional prefieren la confrontación a una negociación con concesiones, que interpretan como una claudicación. Por eso, los promotores de la paz –aunque reúnan las condiciones más elevadas de inteligencia, sabiduría y nobleza, como Bertrand Russell– no deben olvidar el precepto napoleónico de que de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso, y que ese pequeño salto se puede dar si se persevera en predicar la paz a quienes se niegan a envainar sus dagas, sus sables y sus espadas.

En Reflexiones Políticas
Editorial Juricentro 1993


COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box