Rodrigo Madrigal: El proceso de la violencia

0

Rodrigo Madrigal MontealegrePolitólogo.

En junio de 1914 se cometió un atentado en Sarajevo, en el que perdió la vida un hombre, el archiduque de Austria. La opinión pública se había manipulado con el fin de crear una atmósfera de hostilidad y de guerra. La sangre de la víctima llevó a dos naciones a enfrentarse en una encarnizada lucha y, cavaron sus trincheras otras naciones de Europa y del mundo.

La formación de un clima propicio y una bala mortal bastaron para provocar aquel baño de sangre en que se perdieron nueve millones de vidas. Todos creían que la guerra iba a ser corta y duró cuatro largos años. Cada bando se aseguraba el triunfo y el resultado fue el desmoronamiento de grandes potencias y el desmembramiento de vastos imperios, en un charco de sangre, de odio y de muerte.

Nosotros somos la nación que ha vivido más de cerca la guerra fratricida en que se ha visto inmersa la región centroamericana, como una fétida burbuja que emerge de ese fermento que produce el atraso, la miseria y el olvido. Sólo basta la manipulación de nuestros estados de ánimo y un detonador para dejamos arrastrar en un peligroso proceso de balcanización que después es irreversible.

Nos hemos ahorrado el incalculable costo de una lucha estéril y devastadora, porque no toleramos la intolerancia, porque no nos dejamos arrastrar hacia la actitud insensata del maniqueismo que todo lo ve únicamente en términos de blanco y negro y porque considerarnos sanamente que si la democracia es el gobierno de acuerdo al mandato y la voluntad de la mayoría, esto no se convierte en una patente de corso para atropellar a quienes no comparten un consenso general.

Hemos consolidado saludables y vigorosas instituciones republicanas. Hemos alcanzado – gracias a un espíritu de superación y esfuerzo – un grado de prosperidad decoroso. Hemos fortalecido un sistema institucionalizado de progreso social; pero – sobre todo, porque es lo que más vale – hemos forjado una entidad nacional culta y civilizada.

Algunos, posiblemente, todavía no lo han comprendido. Algunos, sin duda, no toleran sus grandes imperfecciones. Otros, probablemente, se aferran a un pasado que inevitablemente queda a la deriva, sin perdonarle al tiempo que lo transforme todo. Fuera de esas mayorías que aspiran a vivir en paz, surgen esos pequeños grupos – a menudo con signos ideológicos antitéticos – que son capaces de atizar la hoguera del odio, del alarmismo y de la persecución, para aplicar el detonador que desencadena el pogrom, la cacería de brujas y esto, a su vez, el efecto multiplicador de la vendetta, la represalia y el revanchismo.

No se requiere mucho talento para desencadenar un proceso que, una vez desatado, se vuelve incontenible e irreversible. Basta con soltar los vientos del odio, la suspicacia y la discordia, para recoger fácil y lamentablemente la tempestad de la violencia. Para ello sólo hace falta la habilidad de los instigadores, unos chivos expiatorios y la carga explosiva que hace derrumbarse potencias, imperios o pequeñas y pacíficas naciones como la nuestra.

Las grandes conquistas imperiales fueron, a menudo, la realización de un hombre intrépido y de sus aguerridos soldados. A su vez, la cultura y la civilización son el fruto colectivo y milenario de toda una nación. Pero a veces basta con la instigación y la manipulación de unos pocos -las mentes delirantes de los Fouchés, los Robespierres, los Duces o los Serias – para hacer que el hombre se convierta en el lobo del hombre, con pasiones desatadas y ánimos enardecidos y así lograr la devastación de una nación culta y civilizada, como ocurrió hace algunas décadas en Sarajevo.

 

Publicado en Reflexiones Políticas
Editorial Juricentro 1993


COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box