Rodrigo Madrigal: El reino de Masaniello

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Rodrigo Madrigal MontealegrePolitólogo.

Ambos amantes desembarcaron en Nápoles, donde tomarían el tren expreso hacia París. Ubicada en el epicentro del Mediterráneo, en esa deslumbrante encrucijada se fusiona el oriente con el occidente y el norte con el sur. Irónicamente, en griego su nombre significa ciudad nueva, a pesar de ser una de las más antiguas, porque ha resistido el implacable impacto de los siglos y ha sido el recipiente en donde muchas civilizaciones han vertido su cultura. Ha sido el crisol en el que se han mezclado muchas razas y pueblos, así como el campo de batalla de muchos guerreros –griegos, romanos, normandos, moros, españoles, franceses y, recientemente, alemanes y norteamericanos– quienes han dejado un sello perenne en su historia y un tesoro de sabiduría popular como herencia del pasado.

Siguieron el mismo trayecto que había escogido Calígula, cuando este ordenó, caprichosamente, en un destello de demencia imperial, que se colocaran varios millares de navíos para construir, sobre ellos, un puente de tablones y arena, para refutar un oráculo adverso, que le había pronosticado que a él le sería tan difícil ser emperador como atravesar a caballo la bahía de Nápoles. Desembarcaron del vaporetto[1] nuestros jóvenes amantes en aquella seductora ciudad, una tibia mañana de setiembre, y se encaminaron hacia la Termini, la estación del ferrocarril, en donde averiguaron que el tren expreso, con destino a París, partía en la noche.

Allí depositaron las maletas y se dedicaron a recorrer las viejas callejuelas, en las que se respiraba una pobreza decorosa y digna, pero palpitantes de una vida llena de excitación, así como de una espontánea alegría. Tropezaron con mujeres hermosas en cuyos ojos negros destellaba una pasión intensa, con ancianos en cuyos semblantes resplandecía el cálido don de la sabiduría y con hombres que se detenían a disfrutar el bello encanto de discutir acaloradamente, sin dejarse dominar por Cronos, el despótico dios que rige el tiempo.

Pero, sobre todo, quedaron hechizados por los galopines, los niños callejeros a quienes los napolitanos llaman afectuosamente guaglioni y más aún por los chicos harapientos, los scugnizzi, que ya no abundaban. Estos seres pícaros, sagaces y de una gran belleza, llenaban aquellas callejuelas con ese elemento tan importante y escaso en otros confines del planeta: esa pasión napolitana por disfrutar la vida con alegría y plenitud, así como la capacidad de saborear cada fragmento de la existencia con espontánea y deliciosa pasión.

Fueron seducidos por los encantos de aquella ciudad, en la que la gente abre sus ventanas para conversar con quienes pasan por la calle o con los vecinos, en la que, en cada rincón, se esconde un enigma, en cada confín se oculta un misterio y en cada recodo acecha una sorpresa. Así, aquella tarde presenciaron un impresionante cortejo fúnebre que recorría una de las callejuelas, en el que cuatro percherones arrastraban solemnemente un enorme coche funerario con costados de cristal, como una vitrina, y a cuyo paso los vecinos se precipitaban a cerrar las puertas y las ventanas de sus hogares, inducidos por un sentimiento atávico de respeto y superstición.

Durante toda la tarde deambularon, sin rumbo, por los barrios de Santa María del Carmine, del Palazzo Cuomo, de Santa Chiara y, al anochecer, decidieron cenar en un restaurante modesto cerca de la Termini, en donde, además de una deliciosa pastasciutta, se disfrutaba una música cálida y melodiosa. Vecinos del barrio –tenores, bajos y barítonos– se turnaban o se unían para interpretar bellas arias de Verdi, Puccini, Mascagni, Leoncavallo y Rossini, así como esas bellas y tradicionales canciones napolitanas de los posteggiatori, los trovadores callejeros, cuya antología ha sido recogida e interpretada magistralmente por Romano Zanotti.

Un grupo de gente joven que se encontraba en una mesa vecina, intrigado por la curiosidad que le causaba aquella extraña pareja solitaria de jóvenes amantes que parecía extraviada en aquellos parajes, los invitó a que se uniera a ellos en su mesa. En forma espontánea entablaron amistad con los jóvenes napolitanos, en medio de un ambiente de vino, música, bromas, picardía y alegre camaradería. Cuando se enteraron del motivo de la presencia de aquellos amantes en aquel lugar, exclamaron riendo: “Vedi Napoli, e poi mori!”[2].

Entonces escucharon el interesante relato de Tomasso Aniello, conocido como Masaniello, el joven héroe napolitano y especie de Juana de Arco de aquel pueblo orgulloso y digno. En julio de 1647, este modesto vendedor de pescado en la Piazza Mercatto, de veintisiete años de edad, amotinó a aquella ciudad, una de las más grandes de Europa y hastiada de ser maltratada y humillada por amos extranjeros, en el reino de las dos Sicilias. Esto sucedió dos años antes de que los ingleses ejecutaran al rey Carlos I, por aferrarse tercamente al absolutismo monárquico, siglo y medio antes de que decapitaran, en Francia, a Luis XVI por cometer el mismo error y más de dos siglos y medio antes de que corriera igual suerte Nicolás II, en Rusia, por razones similares.

Armados apenas con unos palos, Masaniello y un puñado de jóvenes e intrépidos compañeros –improvisados precursores de los carbonari y de los jacobinos– desafiaron espontáneamente la represiva autoridad del ocupante extranjero quien pretendía aplicarle, a aquel pueblo constantemente sometido y explotado por tantos invasores en la larga noche de los tiempos, un nuevo y abusivo impuesto sobre las frutas, la principal fuente tanto de ingresos como de alimentación del pueblo napolitano.

Entonces, Masaniello, aquel joven y modesto contemporáneo de Cromwell, arrastró a toda la población napolitana a una apasionada revolución política y social en la que, durante nueve gloriosos días de emancipación soberana, por primera vez el pueblo pudo saborear con voluptuosidad el escaso, apetecido y venerado ideal de la libertad, ese exquisito manjar que ha sido reservado únicamente a los príncipes, magnates y altos prelados, pero vedado aún a muchos pueblos de la Tierra.

La Malavita[3], constituida por los enardecidos estratos populares, convirtió a aquel humilde e iletrado precursor de Danton, Marat y Ropespierre en su lazzarone, su caudillo, y lo siguió con esa ciega, fiel y sumisa idolatría con la que los pueblos emancipados confían en sus libertadores, según lograron comprender nuestros jóvenes amantes, aquella noche en el modesto y hospitalario restaurante de Nápoles, mientras alguien, con voz de tenor, interpretaba Una furtiva lágrima, acompañado por una vieja mandolina.

Pero, como suele suceder con quienes conquistan súbitamente el poder supremo, sin haber acumulado una previa preparación emotiva y mental, el improvisado carbonaro[4] napolitano, al sentirse venerado como un héroe y un ídolo por aquel pueblo apasionado, perdió la chaveta. Como un poseído, comenzó a proferir dislates y a cometer desatinos, como el de negarse obstinadamente a aceptar la investidura plebiscitaria que le confería todo el pueblo napolitano, lo que provocó graves sentimientos de confusión, orfandad y frustración entre aquella multitud de amotinados que lo idolatraban.

Finalmente, al sonar las campanadas del noveno día de aquella asonada emancipadora, delante de una multitud de devotos seguidores y de los más elevados dignatarios de la Iglesia, Masaniello ascendió lenta, solemne y apoteósicamente al púlpito de la iglesia de Santa María del Carmine –cerca de donde se encontraban aquella noche nuestros jóvenes amantes– y, embriagado hasta la intoxicación por el poder súbito y supremo que se le confería, aquel héroe improvisado perdió los últimos vestigios de lucidez que aún quedaban en el molino de su mente perturbada.

Repentinamente, el idolatrado lazzarone se abrió la bragueta y, con una torpe, vulgar y obscena ostentación –poco digna del primer mandatario popular en Europa, gobernante en aquel momento de la tercera ciudad más importante de todo el viejo continente y el único jefe de Estado que, por voluntad popular, ostentaba una autoridad investida con auténtica legitimidad democrática, republicana y plebiscitaría– empuñó con sus dos manos su inusitado cetro fálico y, exclamando disparates, lo esgrimió ostentosa y majestuosamente como símbolo supremo de poder viril, de erótica soberanía y de autoridad varonil.

Súbitamente, la Malavita –la misma multitud, miserable pero bondadosa y devota, que lo había venerado ciegamente como caudillo, ídolo y héroe emancipador–, obnubilada por la indignación provocada por aquel acto de profanación obscena y contagiada por su frenética demencia, se lanzó furibunda contra Masaniello. En pocos instantes, el improvisado tribuno de la plebe napolitana, no solo fue atrozmente asesinado, sino triturado hasta quedar convertido en carne molida. Luego, sus mutilados restos mortales fueron arrastrados y dispersados en las sinuosas callejuelas por la misma multitud que, poco antes, lo había aclamado como su prócer, con euforia, idolatría y delirio.

Al día siguiente, cuando imperó la calma y ya la efímera libertad se había esfumado fugazmente, para cederle nuevamente el paso a la odiada tiranía, aquella misma muchedumbre –contrita, penitente y arrepentida por haber cometido aquel acto de magnicidio demencial–, formó un enorme y fúnebre cortejo que le confirió a los escasos restos mortales, que algunas manos piadosas habían logrado rescatar de aquel digno descendiente de Espartaco y los Graco, la apoteósica sepultura que se le concede a los héroes epónimos y solemnemente lo proclamó mártir del pueblo napolitano.

Esa noche nuestros jóvenes amantes conocieron la bella leyenda de cómo el cuerpo de una sirena, Parténope, había sido arrojada por el mar a la playa, en donde unos pescadores recogieron sus restos para otorgarle piadosa sepultura. Pero quedaron tan extasiados por la exquisita belleza de su rostro y su cuerpo, que permanecieron contemplándola durante muchísimos días, mientras gente de toda la península, atraída por el rumor, acudía a admirar aquel prodigio de beldad. Fue así como, de acuerdo con aquella leyenda, nació el bello y diminuto puerto de Parténope que luego se convirtió en Nápoles.

Escucharon también esa noche, la narración de cómo los aliados, primero, y los alemanes, después, habían bombardeado despiadadamente la inofensiva ciudad de Nápoles. Se enteraron, igualmente, cómo el general Clark, comandante supremo de las tropas aliadas en Italia, había convertido en un averno de fuego, bombas y metralla, a la pequeña aldea de Altavilla con todos sus ocupantes adentro –hombres, niños, mujeres y ancianos–, solo porque le asaltó un miedo cerval de que estaba infestada de enemigos, perpetrando en Italia su propia versión de Guernica.

Cuando nuestros amantes preguntaron el motivo de un gran revuelo en las calles, aquella gente joven les explicó que se debía a que san Gennaro, el mártir y protector de Nápoles, había producido aquel día el ansiado milagro que se espera de él cada seis meses.

Así se enteraron de que, a lo largo de muchos siglos, aquel santo había salvado intermitentemente a Nápoles de graves desgracias y que uno de sus principales prodigios consistía en evitar los estragos de las erupciones y las avalanchas de lava del Vesuvio, a cuyos pies se encuentra la ciudad.

Por eso, dos veces al año, en primavera y en otoño, los napolitanos esperan con profunda ansiedad la descoagulación de la sangre de Gennariello, contenida en una burbuja circular de cristal, la cual está incrustada en un ostensorio de oro, adornado con pinturas de flores y querubines, en un ritual en la catedral al que asiste toda la ciudad con ansiedad y devoción, porque aquel acontecimiento es decisivo pues de este depende la desgracia o la felicidad semestral de aquel pueblo tan flagelado por el destino.

Durante largas horas, el obispo, encargado de la sagrada misión de provocar el milagro de aquella licuación, balancea rítmicamente la ampolla que contiene la sangre coagulada, mientras las parenti di san Gennaro, un coro de plañideras de oficio, suplican, imploran, exigen, amenazan e, incluso, insultan al santo para obligarlo a que les conceda el milagro. Cuando la sangre coagulada súbitamente se vuelve líquida, la ansiedad colectiva culmina en un júbilo delirante, ya que augura seguridad y su protección queda temporalmente garantizada. “E uno spettacolo, si!”[5], aseguró alguien.

De repente, y en medio de aquella animada conversación, Antonio miró el reloj y se dio cuenta de que ya era demasiado tarde para abordar el tren expreso a París. Mirjam captó esa mirada y le dijo con un fingido reproche: “¡Todo lo habías calculado para que perdiéramos el tren y tuviéramos que quedarnos esta noche en Nápoles! ¿No es cierto?”. Él intentó defenderse de aquella acusación, pero con tan poca convicción que apenas logró contestar: “Tal vez el amor y el deseo me traicionaron”.

Alora, Antonio è cattivo e bugiardo![6] –dijo uno de las jóvenes napolitanas cuando ella lo delató sonriendo de haber planeado aquella prolongada cena para perder el tren–.

Un menzognero!

Antonio, tu sei un bel simulatore!

Antonio solo dice false parole!

E’ nu disamorato.

Ma no, Antonio e’ nu piezzo e’ cuor!

Anda in fantasia.

Ma sei una persona per bene[7], –comentó alguien más, mientras todos reían, aquella noche clara y bella, sepultada y envuelta ya por el manto del infinito, en aquella pequeña y hospitalaria trattoria de aquel modesto barrio de Nápoles.

Salieron todos juntos y aquellos jóvenes se ofrecieron para ayudarles a conseguir una posada, porque en los hoteles se negaban a acogerlos por no estar casados, según lo delataban sus pasaportes. Así, por aquel laberinto de oscuras y viejas callejuelas, recorrieron aquel encantador y misterioso barrio, acompañados con mandolinas y guitarras, interpretando muchas de esas bellas canciones que ha producido el alma popular napolitana desde el siglo XVII: Raziella, Scalinatela, La Ricciolella Antonia, Napulitanata, La Palummella, Na sera e maggio, Lacreme napulitane, Marechiaro, I te vurría vasá, Dicitencello vuje, Cannetella

Finalmente, lograron que una viuda hospitalaria, indulgente y con un refinado espíritu de lucro, aceptara alojarlos clandestinamente esa noche en su modesta pensión. Entonces, aquellos simpáticos jóvenes se despidieron de los dos amantes: “Ciao!” – “Arrivederci!” – “Buona fortuna!” – “Presto ritorno!” – “Addio![8]. Cuando se encontraban en su habitación y se asomaron al balcón, escucharon la serenata que estos les dedicaron, esa tibia noche de otoño en que se licuó la sangre de san Gennaro: “Dimane?… Ma vurria parti stasera!

Luntano no… non ce si resisto cchiú! Dice ca’nce rimasto sulo o mare Che o stesso e primma cchillo mare bló….

Al día siguiente nuestros amantes se aventuraron a recorrer la Via Nuova Maria, Castel Nuovo, el Teatro San Carlo, el Palazzo Mastellone y llegaron a tiempo, esa noche, para abordar el tren expreso que los llevaría a París. Tuvieron la suerte de conseguir, gracias a que llegaron temprano y a una modesta propina, un diminuto compartimento para tres personas, por lo que cerraron el cerrojo, se atrincheraron y solo abrían la puerta ante la insistencia de los funcionarios del ferrocarril o para comprar algún cestino[9] para apaciguar el hambre.

En la noche del día siguiente se encontraban en el Quartier latin y los compañeros nos enteramos de su regreso al escuchar los nocturnos de Chopin desde la alcoba de Antonio. Durante algunos días todos fuimos testigos del amor que devoraba los corazones de aquellos dos seres quienes no se resignaban a separarse. Pero, finalmente, llegó la hora en que Mirjam tuvo que partir, dejando un corazón desgarrado por la soledad, el dolor y la nostalgia, provocada por una separación inevitable y simplemente postergada.

Pero un día, cuando se iniciaba la siguiente primavera, tropecé en la escalera con Antonio, quien desbordando de alegría me confesó que había recibido un telegrama en el que le anunciaban que ella había decidido fugarse durante la Semana Santa. Cuando llegó, solíamos cenar juntos en el Foyer des Étudiants de Sainte–Genéviève, nos separábamos y, ya tarde en la noche, escuchábamos las cómplices notas de los nostálgicos nocturnos. Pero la euforia y el éxtasis de aquel reencuentro fueron fugaces, ya que, pocos días después, nuestro amigo estaba nuevamente sumido en la más profunda tristeza y en la más insoportable soledad.

Meses más tarde, Antonio me confesó que la correspondencia entre ellos se había interrumpido porque la madre de Mirjam le había enviado una carta en la que le advertía que era inútil que continuara insistiendo en escribirle, pues ella había decidido confiscarle su pasaporte para evitar una nueva fuga, así como interceptar todas sus cartas, por lo que estas nunca llegarían a su destino. Antonio terminó de relatarme aquella historia, abatido por aquel dolor, mientras nosotros musitábamos tristemente: “Nevermore!”.


  • [1] Barquito a vapor.
  • [2] ¡Ver Nápoles y morir!, viejo adagio de los emigrantes napolitanos.
  • [3] Comunidad semi–secreta.
  • [4] Miembro de un movimiento democrático que conquistaría la independencia y la unidad italiana en el siglo XIX.
  • [5] ¡Es una auténtico espectáculo!
  • [6] ¡Entonces, Antonio es malo y mentiroso!
  • [7] –¡Antonio, eres muy astuto! – ¡Mentiroso! – ¡Un gran farsante! – ¡Que solo dice falsedades! – ¡Además, enamorado! – ¡Pero no, solo se deja llevar por el corazón! – ¡Obnubilado por la fantasía! – ¡Pero eres una buena persona!
  • [8] ¡Hasta luego! – ¡Hasta la vista! – ¡Buena suerte! – ¡Vuelvan pronto! – ¡Adiós!
  • [9] Una cesta con un almuerzo sencillo.
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