Rodrigo Madrigal: La apatía politica

En países como el nuestro, la ausencia de participa­ción, la apatía y la despolitización son un síntoma eviden­te y peligroso de desengaño, de desaliento y de frustra­ción; es la manifestación de impotencia, de renunciación y de claudicación por parte del ciudadano en una actitud de fuga, de inercia y de evasión.

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

En un lugar de la Mancha, no hace mucho tiempo que andaba un novel candidato de los de lanza en astillero, pidiendo votos; en una libreta anotaba los nombres con una referencia al lado según estos eran partidarios, adversarios o in­decisos; en una ocasión le salió un hombre que le conocía bien -uno de esos disidentes- quien, des­pués de reprocharle indignado que recurría al fraude, al nepotismo, a la dedocracia, a la demagogia, a las asambleas amañadas y a la purga bochornosa, le dio un portazo; sin darse ni por aludido ni por vencido, el aspi­rante de nuestra historia se apresuró a apuntar el nombre con una anotación a la par que decía: «Indeciso».

La moraleja, desde luego, consiste en que algunos políticos -y sobre todo si son poco expertos- no saben el daño que le hacen a la democracia cuando creen que ésta consiste en una subasta electorera y que el arte de la política consiste en poseer un abundante repertorio de en­gañifas, artimañas y triquiñuelas con el fin -bien chato y frívolo, por cierto- de mantener una clientela política.

Quienes así piensan y actúan no comprenderán nunca que la democracia se alimenta con ese cordón umbilical que consiste en la participación plena y activa del ciuda­dano en el proceso político y que cuando un sistema democrático se degenera y se desnaturaliza por la incapaci­dad y la corrupción de los dirigentes, se produce una pe­ligrosa apatía y una grave deserción política de la ciuda­danía que corroe las bases mismas de su estructura insti­tucional.

La politización y la participación no son siempre, des­de luego, una garantía de democracia; los movimientos to­talitarios de izquierda y de derecha han logrado grandes movilizaciones de masas y sin embargo atropellan las libertades y los derechos más elementales.

La despolitización, por el contrario, suele manifestar­se en las democracias occidentales más avanzadas al al­canzar éstas un grado de consenso muy elevado; la in­tegración es casi unánime, surge una actitud conformista, la polarización se revierte hacia un centrismo moderado o reformista, la ideología cede ante el pragmatismo y la le­gitimidad, así como la estabilidad del sistema, se consoli­da.

En países como el nuestro, la ausencia de participa­ción, la apatía y la despolitización son un síntoma eviden­te y peligroso de desengaño, de desaliento y de frustra­ción; es la manifestación de impotencia, de renunciación y de claudicación por parte del ciudadano en una actitud de fuga, de inercia y de evasión.

Esa negativa generalizada a asumir la responsabili­dad de participar activa y plenamente es el reflejo eviden­te de una actitud refractaria hacia la política y un repudio peligroso hacia los dirigentes, los gobernantes y los parti­dos; la política se vuelve repulsiva y defraudante.

Lo grave es que, la democracia, por contaminación y asociación de ideas, pierde legitimidad y se vuelve más vulnerable al debilitarse el consenso, que es lo único que le confiere sustento y vitalidad, es decir la lealtad y la fe del ciudadano en sus instituciones.

Ese repudio, el derrotismo y la claudicación es aún más alarmante cuando es concomitante con el flagelo de una crisis económica; la doble frustración acumulada puede hacer explotar una caldera sin válvula de escape que haga desplomarse toda la estructura institucional y provocar el surgimiento espontáneo de movimientos anarquizantes o de extremismos de todo signo ideológico.

El abstencionismo masivo, la pasividad y la aversión generalizada hacia lo político, suele ser la reacción natural hacia un sistema petrificado, hacia fórmulas trasnocha­das o anacrónicas; la sensación de orfandad política brota como el anticuerpo natural hacia agrupaciones fosilizadas y atrincheradas en esquemas que no suscitan convicción ni motivación.

La crisis política se agudiza cuando los políticos -no todos, desde luego- conciben la moral como un simple re­pertorio de escrúpulos que pueden ser descartados como objetos desechables, de acuerdo a su antojo y a sus intere­ses y cuando las más elevadas magistraturas que están llamadas a ser los garantes y los custodios de la legitimi­dad de la democracia ceden, con condescendencia y complicidad, ante manipulaciones reñidas con la ética y la equidad.

En situaciones de esta naturaleza, lo único que puede mantener vivo y prolongar la longevidad de un sistema de partidos que ya hayan pasado la menopausia, es ese clima mental que crean tan artificiosamente las máquinas publi­citarias, gracias a esa atmósfera sofocante de sofismas, de falsos triunfalismos, de cantos de sirena y saturada, muy a menudo, de una sobredosis asfixiante de demago­gia chata y hasta carente de imaginación.

Sin embargo, de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso; cuando el proceso natural y sano de la per­suasión, que es tan necesario en una democracia degenera en la propaganda obsesiva y cretinizante que hace brillar lo que es oropel y convierte a los protagonistas en «prima donnas» de opereta, las cantinelas terminan sonando co­mo campanas en el vacío, como el canto de un cisne mori­bundo cuya desaparición arrancaría muy escasas lágri­mas.

Las crisis de esta naturaleza, como las enfermedades, suelen provocar reacciones revitalizadoras, se agudiza la inteligencia de los pueblos, el organismo mismo extirpa los tumores y activa sus defensas naturales; la apatía es una manifestación de resistencia pasiva, una especie de huelga cívica que sólo perdura mientras dura el mal, una disidencia generalizada que se comparte como un destino; pero esta no puede ser endémica, ni se le puede aplicar la eutanasia a un sistema político por estar simplemente en­fermo; después de todo también en política es mejor en­cender una vela que maldecir la oscuridad.

La Nación, 29/01/1982

 


Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.

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