Rodrigo Madrigal: La ciencia política

La politología moderna renuncia a postular modelos ideales de sociedad y se limita a analizar los hechos que recoge de una realidad compleja, los interpreta, los sintetiza y trata de obtener algunas conclusiones.

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

‘Es más fácil desintegrar un átomo que disolver un prejuicio’; esa frase célebre, que se le atribuye a Einstein, pone de relieve la distancia que separa a las ciencias naturales de las ciencias sociales. Aquellas pueden investigar y experimentar en sus laboratorios sobre leyes naturales relativamente invariables; estas no pueden colocar bajo el microscopio al hombre, cuya naturaleza compleja dificulta el análisis, menos aún se puede experimentar con él para analizarlo como si fuera un conejillo de indias. Todo un arsenal de prejuicios, además, se ha acumulado en el pasado para impedir – coma una especie de tabú y de pudor – que se analicen los aspectos más íntimos y vitales del ser humano. Esto explica, parcialmente, en mi criterio, que disciplinas científicas como la psicología, la sexología, la demografía o la ciencia política, sean paradójicamente tan jóvenes y recientes.

Es cierto que todos las grandes pensadores aportaron reflexiones sobre el fenómeno político y a menudo, con gran acierto; pero las naciones que formularon nos llegan impregnadas de consideraciones normativas o prescriptivas; es decir que analizaron la política en el marco de un sistema filosófico coherente, articulado e integrado, en el que señalaban generalmente las condiciones necesarias para alcanzar la perfección, la utopía.

La politología moderna renuncia a postular modelos ideales de sociedad y se limita a analizar los hechos que recoge de una realidad compleja, los interpreta, los sintetiza y trata de obtener algunas conclusiones. Modesta en cuanto a esos objetivos, no pretende ofrecer recetas y panaceas para alcanzar formas de gobierno ideales o perfectas. Esto no impide que el resultado de sus investigaciones sea aprovechado por los políticos, los ideólogos o los filósofos como base de sus propias deducciones y proyecciones a como criterio para ejercer su militancia partidarista.

La paternidad de la ciencia política es, a su vez, múltiple. La realidad social es una totalidad articulada y las distintas ramas del saber sólo estudian distintas facetas de la misma, aplicando un criterio de interés selectivo, pero casi todas han analizado el fenómeno político desde su propio ángulo de enfoque y enriquecen a aquella con sus aportes. Por eso se considera a la politología coma una ciencia de encrucijada, en la que se vierte el interesantísimo caudal de conocimientos que ponen a su disposición disciplinas tales coma la filosofía, la sociología, la historia, =

la psicología, la economía, la antropología, la demografía y la constitucionología. Basta con leer un libro como ‘El mono desnudo’ para darse cuenta que hasta la zoología pone su granito de arena para enriquecer esa fascinante disciplina que, con modestia, aspira a ser científica.

Nos decía Raymond Aron, en sus lecciones, que la ciencia política es ‘iconoclasta’ y Maurice Duverger nos señalaba que cumple con una función ‘desmitificadora’. Ambos querían decir que la politología tiene como misión única determinar la realidad, aunque eso la colocara en conflicto con los iconos y los mitos que laboriosamente han erigido, divulgado e inculcado las diversas doctrinas y movimientos políticos para inducir a los hombres a militar y apoyar sus postulados y sus luchas partidaristas.

La ciencia política exige, por lo tanto, una gran honestidad intelectual que, en su análisis de las formas en que los hombres y las sociedades se gobiernan, somete a la prueba del ácido los prejuicios, las opiniones y las representaciones colectivas que, con tanto ardor y pasión, se suelen defender como verdades absolutas, dogmáticas y universales.

No nos proponemos agotar al lector con las diversas teorías y enfoques que se han formulado para brindarle a esa rama del saber los instrumentas de análisis más adecuados – como son los que han planteado la teoría del Estado, la teoría del poder, el análisis sistémico, el estructuralismo, el funcionalismo o la corriente marxista – porque son tan controvertidos, largos y tediosos que haríamos correr mucha tinta y torturaríamos a quien nos lee.

Nos limitaremos, por lo tanto, a enumerar los temas principales que constituyen su ámbito de investigación y estudio. Obviamente, es el fenómeno del Estado, su formación, su crecimiento y su papel cada vez más decisivo, el que más cabellos ha encanecido. Es, también, el análisis del fenómeno del poder – esa relación de mando y obediencia entre los hombres – que se cristaliza y se institucionaliza en organizaciones públicas, en partidos políticos o en grupos de presión, esos cuerpos intermedios tan importantes, lo que le ha quitado el sueño a más de un estudioso. Son, igualmente, las distintas formas en que las naciones son gobernadas, las instituciones, los mecanismos de poder, las relaciones entre gobernantes y gobernados y los instrumentos de acceso a los cargos de mando, otros de los temas apasionantes que se analizan y que constituyen los sistemas y regímenes políticos, es decir esa fisonomía propia que, a su vez, es el producto de factores sociales, económicos, culturales, institucionales, geopolíticos, etc., que deben ser considerados. Son, finalmente y resumiendo, las relaciones entre las naciones, las esferas de influencia, los conflictos, la cooperación internacional, los fenómenos de hegemonía o los esfuerzos para garantizar la paz, otra de las grandes áreas de estudio de esta disciplina que, por ser tan vasta y enriquecida por las grandes transformaciones de un mundo en constante mutación, me ha permitido fastidiar a mis colegas señalándoles que el politólogo no es más que un especialista en generalidades.

Después de un año de preparación, un grupo de profesores nos entregamos a la tarea de fundar la Escuela de Ciencias Políticas en la Universidad de Costa Rica. Ha sido un terreno fértil de ideas, fecundado – con polémicas apasionadas; ha sido un foro en el que se han confrontado todas las vertientes del pensamiento. Pero gracias a la cultura de este pueblo, en esa palestra ha predominado un nivel de gran altura y de respeto mutuo al pensamiento ajeno y esto nos ha permitido sentirnos un poquito más sabios que cuando le colocamos su primera piedra. Cerca de la facultad donde estudian la desintegración del átomo creció, sana, robusta y atractiva, esa entidad adolescente que tanto ha servido para disolver los prejuicios que inculcan el fanatismo, el dogmatismo y la demagogia, así como para forjar una élite política que contrae el compromiso de velar por los destinos del país con un elevado sentido de responsabilidad. Eso justifica su existencia y que sus progenitores le celebremos sus quince abriles con íntima satisfacción y orgullo.

SanJosé, 1983.


Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.

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