Rodrigo Madrigal: La luz que agoniza

La democracia sólo prospera donde existen mentes sanas y equilibradas, sin complejos de impotencia, abiertas al diálogo y dispuestas al debate en el que las únicas armas legítimas consisten en el poder de persuasión.

0

Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Quiero retomar el tema que me inspiró en su momento a escribir este artículo, cuyo escenario era la Nicaragua sandinista, que había clausurado el periódico La Prensa, cuyos gestores habían luchado por mantener viva la luz de la libertad de pensamiento y expresión. Hoy día, 34 años después de escribir estos párrafos, las libertades siguen siendo sometidas al totalitarismo personalista y caudillista en tiempos que la humanidad se enfrenta a una pandemia global. El efecto político sin duda abarca mas aspectos que la libertad de prensa, llega a tocar la libertad en sus más profundas fibras, el derecho a la vida misma, por la cual ilustres nicaragüenses han debido abandonar su patria en busca de seguridad personal. Pareciera que el reloj que marca los minutos y horas de la historia a veces retrocede y nos engaña.
R.M.M.

Imagínese, amigo lector, una casa en la que una ventana permanece iluminada durante altas horas de la noche, en un país sometido a una dictadura. Si por enfrente pasa un médico, pensaría que una madre cuida a su hijo enfermo. Si es un filósofo el que la contempla, deduciría que se trata de un estudiante que prepara sus exámenes de epistemología. Si es un poeta trasnochador el que por allí transita, se imaginaría a dos amantes desvelados febrilmente por la euforia de la pasión. Pero si el que sigilosamente avanza con pasos de lobo por aquella oscura vecindad es el encargo de la censura, le asaltará la infalible sospecha de que detrás de aquella ventana se guarece una gavilla de conspiradores y alertará a la policía secreta para que extirpe aquel foco de subversión.

La clausura por el régimen sandinista del periódico “La Prensa”, cuyo fundador regó su sangre para que germinara la libertad en el suelo de su patria, nos confirma, una vez más, que todo sistema que se mantiene por la fuerza bruta, la censura, la delación y el terror –ya sea de izquierda o de derecha– demuestra que detrás de la máscara de la prepotencia se ocultan el miedo y la debilidad. El miedo es, posiblemente, uno de los sentimientos más irracionales, poderosos y agresivos en la naturaleza del ser humano, pues emana del primitivo instinto de la conservación. Con el odio y la codicia – que le son afines, por ser impulsos primitivos – es responsable de las atrocidades más repudiables, de las guerras más crueles y de las tiranías más represivas.

El temor patológico al debate sin restricciones, a la confrontación de las ideas y al pensamiento crítico induce compulsivamente a amordazar al adversario. Siempre resulta más fácil silenciar al disidente que imponerse el rigor de un esfuerzo mental, de un diálogo en el que se somete a la prueba del ácido la validez de cada argumento. Resulta más holgado recurrir al poder de disuasión que poseen las bayonetas que, ya se dijo hace un par de siglos, sirven para todo menos para sentarse en ellas y evadir así el riesgo de una derrota en la palestra de las ideas o en el foro abierto de la opinión pública. Por eso, el que le impone una sordina a las convicciones de quienes disienten, reconoce inevitablemente su propia debilidad, admite un sentimiento de inseguridad y delata un íntimo sentimiento de inferioridad.

La democracia sólo prospera donde existen mentes sanas y equilibradas, sin complejos de impotencia, abiertas al diálogo y dispuestas al debate en el que las únicas armas legítimas consisten en el poder de persuasión, en la fuerza que confiere la convicción y en la habilidad de convencer a las vastas masas de la opinión. La intolerancia, a su vez, es la piedra angular sobre la cual se levantan las dictaduras totalitarias, de izquierda y de derecha, en las que el debate se sustituye por el monólogo y el diálogo por el lavado cerebral a nivel colectivo. Hitler inició su carrera demencial quemando libros y la culminó incinerando millones de judíos en hornos crematorios. Stalin que, después de Calígula, ha sido el más paranoico de los tiranos, comenzó silenciando a su camarada Trotsky y concluyó su reinado con el alucinante exterminio de legiones enteras de kulaks, de bolcheviques y de disidentes o de simples sospechosos. La delación, como en la Roma de los césares, se erige como virtud altamente recompensada y se convierte en un temible instrumento de poder, y que sobrevive el que se convierte en delator y el que denuncia hasta a su mejor amigo para poder esgrimir una garantía de su lealtad incondicional.

Todo sistema de esta naturaleza se considera investido de un destino providencial o de una misión histórica en el devenir del género humano, por lo que asume una actitud mesiánica y se convierte en la víctima de su propio dogmatismo. De este modo, los fascistas proclamaban que “el Duce nunca se equivoca” y los bolcheviques exclamaban, hasta que Krutshov les demostró lo contrario, que “el partido es infalible”. Con una premisa tan inquisitorial, todo aquel que se atreva a disentir es considerado como un enemigo de la causa, lo que convierte en un traidor a la patria y, por lo tanto, en un enemigo del género humano, lo que significa que se trata de un peligroso malhechor o de un enfermo mental, por lo que se le destierra al Gulag o se le interna en una clínica psiquiátrica. Por eso, todo disidente es considerado como un agente contaminador, un foco de infección y una fuente de contagio que debe ser extirpada, pues su mensaje se puede propagar y, obviamente, todos los privilegios de una clase dominante y parasitaria – por culpa de estos leprosos ideológicos del siglo veinte – se derrumbarían.

Lo más frustrante – para estos credos dogmáticos e intolerantes de nuestra época – es el imperativo obsesivo y el afán voluptuoso de conquistar una lealtad absoluta y una delirante unanimidad en el corazón de las masas. Mientras en una democracia se admite la existencia de lucha de clases, el antagonismo de intereses sectoriales y la intervención de grupos de presión que se enfrentan y dialogan dentro de ciertas reglas del juego civilizadas, en que los partidos se contentan con el apoyo parcial de la ciudadanía, a los sistemas totalitarios les obsesiona la necesidad de plebiscitarse, de erigirse en un pedestal apoteósico y de monopolizar un consenso monolítico e incondicional. Por eso, todo amago de disidencia o de oposición resulta intolerable y toda crítica erosiona la legitimidad que aspiran y pretenden encarnar en su elevada investidura.

Todo esto explica que se recurra a aplicarle la mordaza a quien discrepa, a imponerle la sordina a quien disiente y a colocarle una lápida de silencio a los órganos que se atreven a imprimir una libre información o un pensamiento sin cadenas. A quienes se niegan a doblegarse y a claudicar con docilidad y sumisión, no les queda más que el destierro, el encierro o el entierro, pues detrás de toda ventana iluminada siempre hay alguien que conspira, una idea que debe extinguirse y una luz que está condenada a agonizar.

En La Nación, sábado 12 julio de 1986

 

Si le interesa recibir información diariamente:


Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.

 

 

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...