Rodrigo Madrigal: La purga

Suelen ser el producto de divergencias de estrategia, como el de escoger entre el derrotero reformista y la lucha armada y su secuela de violencia: el terrorismo, el sabotaje, el secuestro o la guerrilla, según la táctica que se escoja

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Conversaban dos camaradas, uno occidental y el otro soviético, sobre sus luchas y sus vidas. «Mi mayor placer en la noche, después de una buena labor revolucionaria, consiste en asistir un concierto y charlar en un café con mis compañeros», decía el occidental. El ruso le contestó: «Mi mayor satisfacción en la noche es confirmar que la puerta que derriban en la madrugada, los agentes de la K.G.B., no es la mía, sino la de otra camarada que han purgado en el partido, al que arrastran a Siberia, con su familia, sin dejar rastro alguno».

Las purgas entre camaradas, con sus escalofriantes consecuencias, que oscilan entre la destitución fulminante, el destierro a Kolyma, el internamiento en una clínica psiquiátrica y el fusilamiento en un sótano de la policía secreta, es un método institucionalizado por los movimientos fascistas y comunistas, para resolver sus conflictos internos y alcanzan su forma más represiva una vez que se ha conquistado el poder. Es más fácil y expedito cortar con la guillotina una cabeza disidente que discutir con ella.

Todo comenzó en 1917, cuando Lenin impone «el comunismo de guerra» y establece un régimen de terror para exterminar con la Tcheka – precursora de las «turbas divinas» – a las antiguas clases gobernantes, cuyos sobrevivientes más afortunados terminaron como zapateros o taxistas en Estambul y París, mientras el resto moría de hambre y frío en Petrogrado o Moscú.

Pero el primer enfrentamiento entre camaradas se produce en 1921, cuando se amotina la tripulación del «Cronstadt» y reclama la abolición de los privilegios de la nueva clase gobernante del partido comunista, que consideraban escandalosos, cuando una miseria negra y un hambre de lobos exterminaba a cinco millones de obreros y campesinos en uno de los inviernos más fríos de su historia. En la forma más represiva fue extirpado el movimiento de denuncia e indignación de los marineros, cuyo grito de» ¡Vivan los soviets sin los comunistas!» ya había comenzado a propagarse como un insolente e intolerable desafío al régimen leninista.

Cuando muere Lenin en 1924, se desata el duelo ideológico y la rivalidad por el poder entre Stalin y Trotsky, que se traduce en un dilema entre dos opciones antitéticas: «el socialismo en un solo país» que proponía aquel y «la revolución permanente», que esgrimía éste, el cual morirá denunciando que la dictadura del proletariado había degenerado en una «dictadura del secretariado», en manos de «la más eminente mediocridad del partido», refiriéndose al camarada Stalin.

Aliándose al ala moderada del partido y constituyendo una ‘troika’ con Kamenev y Zinoviev, logra Stalin destituir y deportar a Trotsky, el cual es asesinado de un hachazo en México. Una vez consolidado su poder, inicia Stalin su ambicioso programa de la industria pesada y de la colectivización de la tierra. Cuatro millones de «kulaks» – campesinos prósperos – fueron despojados de sus tierras y, junto con sus  familiares, son exterminados en su mayoría o desterrados los campos de trabajos forzados, donde perece casi todo el resto.

En 1934 se inician los Procesos de Moscú – una cruel y brutal cacería de brujas – que desata el amo del Kremlin contra sus propios camaradas. Esa larga e interminable versión stalinista de la ‘Noche de los Cuchillos Largos’ se prolonga durante cinco años de sanguinario terror.

La primera en caer es la vieja guardia leninista, los más leales veteranos de la causa bolchevique. Los trotkistas que sobreviven reciben nueve piadosos gramos de plomo en la nuca, según una frase favorita de Kola, apodo cariñoso que aún utilizaban sus víctimas para referirse a Stalin, su verdugo. El ala moderada – con Kamenev, Zinoviev y Bujarin encabezando el cortejo al patíbulo – depositan como una ofrenda a aquel holocausto termidoriano sus valiosas cabezas de ideólogos e intelectuales. Los mencheviques, miembros del partido y del Estado que por sospechas caen en desgracia, aportan su patriótica cuota de sangre en aras del “apparat» staliniano. Tres cuartas partes de la oficialidad y el noventa por ciento de la cúpula del ejército rojo y Tukatchevski, su héroe glorioso, dan su vida en esa singular batalla de intrigas, sospechas, delaciones, torturas y terror, víctimas de la megalomanía y la paranoia de aquel lobo solitario, atrincherado tras los muros del Kremlin.

Creada con el propósito de eliminar a los enemigos de clase, la máquina de represión y de terror termina devorándose a quienes la engendraron y el saldo de esa segunda purga se estima en dos millones de desaparecidos. La herencia será el Archipiélago Gulag, las clínicas psiquiátricas, las represiones en Hungría, Checoslovaquia, Polonia, Afganistán o Cambodia y en China se les designa con una cursilería bien burguesa como Las Cien Flores o la Revolución Cultural.

La primera purga en la «patria del proletariado» comenzó cuando Stalin se aprovechó de la ausencia de Trotsky, por razones de salud, en el entierro de Lenin, logrando demostrar con eso que éste no era el heredero designado. Así, un hecho tan trivial tuvo grandes repercusiones en la evolución del pueblo ruso y en la historia de la humanidad ,al asumir Stalin el mando supremo, ocupando apenas el puesto – supuesta y aparentemente insignificante – de secretario del Partido Comunista.

Cuando las purgas se reproducen en los movimientos comunistas del Tercer Mundo, como el nuestro, afloran múltiples hipótesis. Puede ser el producto de enfrentamientos ideológicos, simples discrepancias doctrinales que se enfrentan. Suelen ser el producto de divergencias de estrategia, como el de escoger entre el derrotero reformista y la lucha armada y su secuela de violencia: el terrorismo, el sabotaje, el secuestro o la guerrilla, según la táctica que se escoja. Puede ser, también, una maniobra de espejismo, que permite ejercer una doble actividad política: una que actúa protegida por el manto de la legalidad y la otra sumergida en la clandestinidad revolucionaria. Rara vez permite la disciplina el desplazamiento de una dirección gerontocrática, vitalicia y a veces nepótica, por una generación emergente, que irrumpe con bríos renovados e ideas innovadoras que rompe y desastilla los viejos moldes.

Existe una posibilidad adicional, que nos revela Michael Voslensky y denominada la «consolidación de las fuerzas sanas», que consiste en la destitución – ordenada por Moscú – de un equipo dirigente envejecido, reacio y desobediente a sus dictados, por una nueva dirigencia más dócil y afín a sus  propósitos y a sus designios.

Es muy posible que todas estas alternativas se conjugan cuando se producen purgas de esta naturaleza. Esto obliga a leer cuidadosamente entre líneas, para detectar en las declaraciones de los distintos rivales cuál es la causa y el móvil que prevalece sobre los demás. Lo mejor que se puede esperar es que no llegue el día en que nuestros camaradas tengan que regocijarse cuando la puerta que derriban no sea la suya, sino la del vecino.

  • La Nación, 29 de enero de 1984 – 15/A
  • Publicado en Reflexiones Políticas
    Editorial Juricentro 1993


Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.

 

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