Rodrigo Madrigal: La saturnalia

Cuento

0

Rodrigo Madrigal MontealegrePolitólogo.

Se iniciaba ya una primavera esplendorosa cuando, por medio de una amiga, los compañeros de la residencia fuimos invitados a la casa de una pareja extranjera a quien no conocíamos. A ella le aseguraron que ellos solo deseaban preparar una fiesta para confraternizar con estudiantes extranjeros, lo que nos sorprendió, pero se explicaba porque ellos mismos eran extranjeros.

Llegamos hasta aquella residencia, en las orillas del río Marne, un sábado en la noche, cada uno acompañado con su pareja. Grande fue nuestra sorpresa al constatar que los anfitriones habían preparado un auténtico banquete –une grande bouffe– constituido por unos bocadillos exquisitos, platos deliciosos y unos licores excelentes, por lo que temimos que nuestros aparatos digestivos se amotinaran, a partir de entonces, contra el espartano régimen dietético al que estaban acostumbrados, sin mayores concesiones gastronómicas, en los comedores universitarios.

Esa noche disfrutamos una opípara fartucada con el apetito calagurritano de unos tragaldabas. Comimos como obispos, bebimos como templarios y nos divertimos como colegiales en aquella acogedora residencia de dos pisos, que nos pareció desmesuradamente amplia para una pareja solitaria y en la que sorprendía una gran escasez de muebles. Pero percibíamos algo falso en aquella atmósfera frívola de alegría superficial que los anfitriones se empeñaban en improvisar artificialmente, cuyo propósito no lográbamos captar plenamente, salvo que ellos esperaban algo especial de nosotros.

De repente, todo comenzó a aclararse cuando los anfitriones insistieron en que cambiáramos de parejas para desterrar la monotonía del ambiente. Todas las dudas se fueron disipando, más aún, cuando procedieron a colocar colchones por todos los rincones de aquella residencia casi carente de muebles. Pero todo resultó plenamente claro cuando ambos anfitriones, súbitamente, comenzaron a desnudarse y a exhortarnos a hacer lo mismo, exclamando paladinamente: “Tout le monde à poil!”.

Entonces, comprendimos que aquellos seres desdichados, víctimas de una aberración sexual y en mutua complicidad conyugal, habían preparado toda aquella aparatosa farsa para tendernos una trampa con el ingenuo y grotesco propósito de convertir aquella surprise partie en una francachela, en una fiesta saturnal, en una orgía desenfrenada para disfrutar ambos un banquete de carne joven. Tratando de disimular una repugnante náusea y, a la vez, una profunda conmiseración, al desfilar, para despedirnos, les agradecimos su hospitalidad, les aconsejamos que se vistieran porque podían atrapar una gripe y nos largamos alegremente.

En el Lux casi siempre nos atendía el mismo mesero, una persona bondadosa, de una gran dignidad, una vasta cultura y una distinción natural, quien se convirtió en nuestro amigo. Lo llamábamos monsieur le Cardinal, título que le habíamos conferido afectuosamente porque había cursado toda la carrera eclesiástica y se había consagrado como sacerdote. Pero, un buen día, colgó los hábitos sacerdotales y optó por los hábitos matrimoniales, lo que impidió que llegara a alcanzar un cargo muy elevado en la jerarquía del Vaticano. Él, en reciprocidad, me llamaba monsieur le Général, atribuyéndome gratuitamente la investidura de un legendario guerrillero tropical entregado, en el exilio, al ocioso pasatiempo de la conspiración.

“Général, on t’appele au téléphone!”–me espetó, una noche–. Cuando tomé el teléfono, me aterrorizó la lúgubre voz de Raúl, quien me pidió, con voz patibularia, que acudiéramos de urgencia a La Gusanera. Se trataba de Jorge, el falso sueco. Nunca logramos entender porqué, siendo atractivo, simpático e inteligente, este se había enamorado perdidamente de una chica sumamente ordinaria. La única conjetura que logramos imaginar consistía en que ella había sido su primera experiencia sexual. Pero nos dolía que ella no supiera aquilatar las grandes virtudes humanas, así como las grandes cualidades intelectuales de nuestro amigo y que lo avasallara en una forma humillante.

Llegamos apresuradamente a La Gusanera, donde Raúl nos esperaba muy angustiado y nos explicó que nuestro amigo era presa de una crisis sentimental tan grave que podía conducirlo a cometer un disparate, porque gemía como un poseído y deliraba obsesivamente sobre el suicidio y otros dislates semejantes. Cuando acudimos a su habitación, descubrimos que no podíamos ayudarle, porque se había enclaustrado con llave y se golpeaba frenéticamente la cabeza contra la puerta.

A coro le imploramos que abriera la puerta de su habitación, le aconsejamos que no le clavara espuelas a la vida y que no exagerara en sus embestidas cerebrales porque, además de dañar la puerta, se le podía desacomodar el cúmulo de brillantes ideas filosóficas que había acumulado en sus neuronas. Al fin, después de repetidas súplicas y promesas, logramos ingresar en su habitación para consolarlo y para que nuestras compañeras le curaran las heridas. Pero, después de aquella dolorosa catarsis, se calmó, restañó sus cicatrices sentimentales y se enamoró de Murmullito. Esta era una chica delicada, femenina, inteligente y con una voz de susurro que le valió ese apelativo, quien le brindó el afecto que él merecía.

A su vez, él se debatía en un dilema: si debía optar por la Filosofía –que le apasionaba– o por la Ciencia, para complacer a su padre. “Escoge lo que a ti te gusta” –le aconsejábamos–, “porque, o serás un excelente filósofo o un pésimo científico y, en ambos casos, vas a morir paupérrimo y famélico. Pero, al menos, el hambre se so – porta mejor con la filosofía, como Diógenes, que con la ciencia, y tu muerte será más leve si abrazas lo que te apasiona. Además, un mal científico puede causar más daño que un buen filósofo”.

 


NOTA:
Este cuento forma parte de la obra “Mascarada parisina”, de Rodrigo Madrigal Montealegre, publicada por Uruk Editores el año 2015.
Quienes tengan interés en adquirir el libro, pueden escribir al siguiente correo: info@larevista.cr

 

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box