Rodrigo Madrigal: Las causas de una revolución

Prevenir siempre es mejor que curar y no hay actitud más nefasta que esconder la cabeza, como el avestruz.

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Hace varias décadas atrás, imagínense que nuestro arzobispo en aquél tiempo era Monseñor Román Arrieta, escribí esta nota, motivado por las condiciones paupérrimas en que vivían millones de campesinos, en aquél entonces en toda nuestra América Latina.
Hoy algunas cosas han cambiado, sin embargo pareciera que el destino -para quienes creen en él- no cambia, simplemente se va transformando y acomodando a los modelos económicos imperantes.
No puedo callar mi malestar cada vez que me entero de los abusos y hasta crímenes, cometidos por terratenientes inescrupulosos contra las comunidades autóctonas, invadiendo y usurpando sus propiedades, ya sea violentamente, de hecho o con muchas de las argucias jurídicas que rigen en este país.
Los movimientos populares exhibidos, meses atrás, no pueden ser minimizados, menos cuando el país y la sociedad globalizada afrontan una de sus peores crisis.
Comparto con ustedes esta reflexión retomada de mi biblioteca.
R.,M.M. Noviembre del 2020.

 

Lo que más me ha sorprendido, al regresar los señores diputados de su reciente viaje a Cuba, es que no se ha hecho la menor referencia a las causas fundamentales que le dieron origen a la revolución de Fidel Castro.

Que me corrijan los señores legisladores, mejor enterados sin duda, si estoy mal informado y que me perdonen los que sufren el dolor del destierro, si me permito evocar el motivo de su infortunio.

El caso es que, en mi criterio, la revolución cubana fue el producto directo de la entrega sistemática de la tierra y de las principales riquezas a manos extranjeras, como está sucediendo en nuestro país. En casos como estos, creo que es más culpable el que peca por la paga que el que paga por pecar; los responsables no son precisamente los extranjeros que llegan atraídos por la oportunidad de hacer sus clavos de oro, sino quienes, pudiéndolo impedir desde la cumbre del poder, toleran y propician la subasta sistemática de toda una nación.

La revolución castrista fue la respuesta a esa enajenación a ultranza, ya que la isla era habitada por los cubanos, pero los dueños eran otros. Nada resultó más fácil para una reforma agraria radical, que nacionalizar, confiscar, expropiar o robar – como se quiera llamar – una inversión total calculada en unos novecientos millones de dólares – sin mayor resistencia – cuando los propietarios son inversionistas extranjeros que, en su mayoría, viven fuera del país.

Según datos del prestigioso periodista francés y especialista en asuntos latinoamericanos, Marcel Niedergang el capital extranjero controlaba en 1958, el 90 por ciento de las plantaciones, el 40 por ciento de la industria del azúcar, el 90 por ciento de las minas, el 50 por ciento de los ferrocarriles y el 80 por ciento de los servicios públicos.

De todos es sabido que la venalidad de los gobernantes le abrió las puertas a ese tipo de capital que, buscando una fácil y rápida recuperación, sólo engendra el vicio, la corrupción, el gangsterismo y la prostitución. La dictadura batistiana – con su legión de sicarios, de esbirros y de verdugos – fue el instrumento designado para mantener el orden hasta que un día, la burbuja – provocada por tanta corrupción y fetidez – reventó.

Pocos pueden ser los interesados en que un proceso de esta naturaleza se repita en nuestro país. Pero, sin quejarse arrastrar por un chovinismo delirante o por una xenofobia fanatizada, siempre es beneficioso escarmentar en cabeza ajena, en casos como este. Prevenir siempre es mejor que curar y no hay actitud más nefasta que esconder la cabeza, como el avestruz.

Existe, sin duda, toda una serie de inversiones foráneas que son provechosas para el país. Tal es el caso de numerosas industrias que procuran trabajo e ingresos a vastos sectores sociales, respetando nuestras leyes y nuestras costumbres. Tal es el caso, también, de aquellos extranjeros que, acogidos por nuestro suelo, se integran plena y sanamente en el seno de nuestra nacionalidad.

Después de todo, no todos los gatos son pardos. Por eso ha sido claro, acertado y elocuente ha sido el pronunciamiento formulado por Monseñor Román Arrieta, Obispo de Tilarán, publicado en este mismo periódico el quince de enero, en que exhorta vehemente a que se legisle en relación a la venta de las tierras, de que se limiten adecuadamente las inversiones extranjeras y que la riqueza generada en nuestro suelo sea reinvertida para beneficio de todos.

Compartiendo ese propósito y el respeto por todo lo que merece veneración, diríamos que ante todo hay que rendirle a Dios lo que es de Dios y a la patria lo que es la patria; tal vez así nos ahorramos una revolución innecesaria.

 

Publicado en Reflexiones Políticas
Editorial Juricentro 1993, páginas 299-301

 

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