Rodrigo Madrigal: Primae noctis

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Rodrigo Madrigal MontealegrePolitólogo.

Comenzaba ya el verano y el sol se introducía por todas partes. El calor se hacía pesado; la claridad del día empezaba muy temprano y se prolongaba hasta muy tarde. Los exámenes, ya al acecho, se aproximaban sigilosa y peligrosamente, lo que nos provocaba una sensación de angustia y de liberación, así como un estimulante desafío mental.

Un sábado estuvimos la tarde repasando nuestras notas en el jardín de la diminuta iglesia de Saint–Julien–le–Pauvre, la más antigua de París. Después de disfrutar nuestra deliciosa ducha sabática y de haber cenado, algunos compañeros de la residencia nos dirigimos al Teatro Sarah Bernard, en Châtelet, en donde, en otras ocasiones, habíamos asistido a presentaciones de actores connotados, como Marcello Mastroianni o Ingrid Bergman.

Esa noche, en el Festival des Nations, Lawrence Olivier y Vivian Leigh presentaban una interpretación de Titus Andronicus, la menos ingeniosa de las obras de Shakespeare. Los villanos de la pieza, unos bestiales malandrines, no se contentaron con violar despiadadamente a Lavinia, la virginal protagonista, sino que, los muy depravados, procedieron a cercenarle la lengua y las manos para evitar que los delatara, por lo que todo el público, hasta los que nos encontrábamos en la galería, quedó saturado de una sobredosis de lujuria y psicológicamente salpicados de aquella sangre inocente, virginal y pura.

Sin embargo, todos disfrutamos la extraordinaria actuación de la genial pareja de cónyuges quienes, con su brillante talento histriónico, compensaron la mediocridad del drama. Sin embargo, Tiny acudió en defensa del autor, esgrimiendo, como atenuante, que había sido una de sus creaciones iniciales, un ensayo de juventud que, además, había gozado de una gran popularidad durante la época isabelina. Además, algunos eruditos habían cuestionado la muy dudosa paternidad de Shakespeare de esa obra; le reconocían una limitada participación en la revisión del texto, por encargo del auténtico progenitor, Thomas Kyd, un diletante poco ingenioso.

Como el morboso dramatismo de la obra, al menos surtió el saludable efecto de estimular un apetito lupino, nos encaminamos a saborear unas salchichas, unas papas fritas y unas cervezas en el Chien qui Fume, en el viejo mercado de Les Halles, ‘el Vientre de París’, reliquia intestinal parcialmente demolida, en aras de la modernidad. Luego, nos dirigimos a pie, conversando acaloradamente entre una alegre muchedumbre que aún disfrutaba, a esas horas, la tibia noche de verano, por el boulevard Saint–Michel hacia nuestra morada.

Para mitigar el calor del verano con un poco de aire fresco, todos los vecinos manteníamos abiertas las ventanas durante la noche, por lo que la intimidad quedaba reducida a su mínima dimensión, ya que nadie poseía aire acondicionado. Entonces, se escuchaba, inevitablemente, todo lo que acontecía en las habitaciones de los dos edificios que colindaban en sus partes traseras. Pero todos nos guardábamos la respetuosa consideración de aplicarle una discreta sordina a toda la extensa gama de ruidos íntimos y sonoridades nocturnas que suelen cubrirse con el manto de la oscuridad.

De repente, todos fuimos sorprendidos por un sonido atroz que, quebrantando el silencio de la noche, nos paralizó de estupor y de espanto. Era la voz sofocada, sollozante, entrecortada y suplicante de una joven. Su tono doloroso y lastimero, obviamente revelaba que la desdichada estaba siendo brutalmente estrangulada o ultrajada en forma cruel. Como ya habíamos sido suficientemente atormentados por la horrible violación y la infame mutilación de Lavinia, saltamos hacia el único teléfono que compartíamos todos los vecinos del piso, ubicado en el pasillo.

Alertamos a Marcel, el conserje nocturno, sobre el vejamen que se estaba perpetrando, con la súplica urgente de que alertara de inmediato a la comisaría de policía en la rue Soufflot, a pocos pasos de nuestra morada, para rescatar a aquella joven. A esta, dándole rienda suelta a nuestra fantasía, ya la imaginábamos una virtuosa, bella y virginal Lavinia quien no merecía ser ultrajada por una alimaña lujuriosa o una desventurada Desdémona, víctima de los celos ciegos y feroces de algún moro veneciano.

Pero cuando regresamos a la ventana, constatamos atónitos que aquellos gemidos lastimeros eran entrecortados, en la oscuridad de la noche, por unas frases suplicantes que se repetían intermitentemente, como una cantinela o un perpetuo ritornelo: “Arrête– toi, s’il te plait! Arrête toi, Charles, tu me fais mal! Je t’en prie, arrête toi! Ça fait mal!”. Este nuevo capítulo provocó un movimiento de solidaridad con la inocente víctima entre todos los vecinos quienes, en aquella cálida madrugada de verano, se aglomeraron en sus respectivas ventanas para intervenir activamente, como auténticos jacobinos para impedir que la bestia de Charles continuara lastimando a aquella Lavinia.

Así, espontáneamente se formó un coro enfurecido, solidario y unánime de vecinos que recurrió a un vasto arsenal de filípicas y anatemas contra aquel verdugo anónimo, oculto en la penumbra y la impunidad, con la esperanza de impedir aquel acto alevoso de brutalidad contra la víctima débil, frágil e impotente: “Violador! ‘Au secours! – Vilain! – Fripon! – Sale bête! – Tu l’abimes, la petite! – Quel brute! – Help! – Assez de tapage! – Silence! – ¡Degenerado! – Quel potin! – ¡Socorro! – Bourreau! – Coquin! – Tu la déchires! – Mascalzone! – Fourbe! – Vaurien! – On veut dormir, nous! – ¡Rufián! – Anarchiste! – Canagllia indegna! – Quel tapage! – Crapule! – ¡Monstruo de perversidad! – Fripouille! – Arrête, salaud! – Ayez pitié de la gamine! – Vous allez faire du boucan toute la nuit? – Bolchevique!”.

Lo que atizaba aún más la llama de aquella indignación y aquella retahíla de imprecaciones, era el hecho insólito de que Charles –¡el muy bestia, el muy canalla!– hacía caso omiso, en la forma más olímpica, a aquella andanada de imploraciones, súplicas y reproches, exhortaciones, amenazas y alusiones a su cruel sadismo,como si todo aquel indignado movimiento de repudio no fuera dirigido contra él, como si el villano de aquella pieza no fuera él, por lo que, imperturbable e inconmovible, le daba rienda suelta a sus más bajos instintos en aquella vil felonía.

Pero, súbitamente, un nuevo capítulo se inició, cuando la expresión de la voz quejicosa de aquella doncella comenzó a sufrir una importante metamorfosis en la tonalidad de sus lamentos. Los gemidos dolorosos de la víctima fueron adquiriendo paulatinamente el tono del éxtasis y de una exquisita euforia. Una creciente voluptuosidad, una sensación de sensual placer que se mezclaba epicúreamente con leves tonos de dolor, fueron acompañados por un movimiento rítmico, cadencioso y delatador que de manera repentina nos tomó a todos por sorpresa.

Lo que rasgaba, como un puñal, la oscuridad, el silencio y la serenidad de aquella tibia noche de verano, sepultada ya con la lápida del tiempo en aquel bello rincón del Barrio Latino, ya no era la espeluznante pesadilla de un ultraje perverso y de una sádica felonía. Era una melodiosa y sublime sinfonía de amor, el canto de cisne de una doncellez perdida, una sonata dedicada a la felicidad y una rapsodia a la primera entrega. Era un adiós, la despedida a la inocencia. Era el himno bello y majestuoso a la vida, a la juventud y al amor. Era la primae noctis.

El resultado de este nuevo episodio que se abría en las galerías de aquel erótico circo romano, fue que se modificaron las posiciones y se cambiaron los papeles de los que allí participábamos. Súbitamente, surgió un pequeño coro de moralistas pero, también, de auténticos hipócritas, fariseos, tartufos, falsos catones, fingidos paladines del pudor e improvisados cancerberos de la moral que, sin dejar de atacar al verdugo por su primitiva impetuosidad, también desató una agresiva hostilidad contra la que, hasta hacía pocos instantes, era la víctima, la heroína y la apoteósica mártir del villano de aquella pieza.

Así, afloró un nuevo y pletórico repertorio de vehementes catilinarias, en que una buena dosis de envidia, de hipocresía y de falso pudor, se mezclaba con un cúmulo de auténtica indignación: “Quel libertinage! Salopette! – Garce! – ¡Manceba! – Rouleuse de boulevard! – Loupe! – Greluche! – ¡Golfa! – On veut dormir, nous! – Svergognata! – Traînée! – Midinette! – ¡Zorra! – Fourbe! – Shame on you! – Quelle débauche! – Disonorata! – O tempora, o mores! – Coquine! – ¡Buscona! – Friponne! – Mascalzonata! – Quel libertinage! – Pécore! – Zingara! – Galopine! – Nihiliste!”.

Pero, a su vez, aquella avalancha de imprecaciones provocó anticuerpos, una reacción contraria y un espíritu de cruzada, impregnado de solidaridad con aquellos dos seres, sentenciados ya a las despiadadas llamas de la hoguera verbal de aquella inquisición nocturna, improvisada por anónimos Torquemadas. Como una antítesis, surgió un bando opuesto, entusiasta, jubiloso y alegre que espontáneamente cavó una trinchera para asumir la defensa de aquellos dos jóvenes protagonistas, tan vilipendiados por aquella apasionada y sublime manifestación de amor.

Levantando una barricada verbal, este nuevo bando de jacobinos del amor festejó con júbilo aquel fenómeno prodigioso y sublime que, desde el punto de vista biológico, psicológico, fisiológico y espiritual, allí se consumaba. Entonces, contraatacó con manifestaciones de solidaridad a favor de aquellos neófitos del amor: “Mort aux tartufes! – Bravo, les gaillards! – Alleluja! – Vive le bourreau de coeurs! – Bravo, la fanciulla! – Omnia vincit amor! – Vive la pucelle! – Bon appétit, les gamins! – Quel coureur des filles! – Vive la différence! – A bas la virginité, vive la virilité! – Oh, herrlich! – L’éternel feminin! – Avanti gli amanti! – Vive les amoureux! – Res mirabilis! – Viva la giovinetta! – Encore! – ¡Buen provecho! – Ama pro novis, peccatoribus!”.

De repente, alguien irrumpió con una estrofa que parafraseaba a la de Gavroche: “On est vierge à Nanterre!”. Un coro contestó: “C’est la faute à Voltaire!”. La misma voz repitió: “Et pucelle a Palaiseau!”. El coro respondió: “C’est la faute à Rousseau!”. Tomamos la guitarra y entonamos, a dos voces, aquella vieja y bella melodía: “Plaisir d’amour, ne dure qu’un moment, chagrin d’amour dure toute la vie…” Entonces, intervino Bruno desde su ventana, interpretando los primeros versos del himno marcial de los Arditi: “Giovinezza, giovinezza, primavera di belleza…!”.

Con esas estrofas terminó aquella alegre mascarada que confirmaba, una vez más, el aforismo de que el amor es sordo pero los vecinos no. Luego, aquella sublime sinfonía al amor se selló cuando, después de un intervalo de silencio, con un suspiro final que suscitó un coro de eufóricos aplausos, se escuchó la dulce y tierna voz de nuestra heroína, víctima y mártir, quien exclamó con un cándido éxtasis: “Merci, Charles! Je t’adore! Mon amour! Merci beacoup!”.

Ese efímero evento, que se esfumó en aquella cálida noche de verano, como un destello fugaz, quedó cubierto ya para siempre por el manto del infinito y de la eternidad. Ese maravilloso acontecimiento –que duró un breve instante, yace sepultado en la inconmensurable vastedad del universo, devorado inexorablemente por el tiempo y sepultado bajo la pesada lápida del pasado– es resucitado brevemente en estas páginas nostálgicas pero, a su vez, quedarán cubiertos por la pátina del olvido.

Esa madrugada, al tratar de conciliar el sueño, después de esa bella mascarada, de ese himno al amor y de esa sinfonía a la felicidad, tuve la extraña sensación de que un cuervo había detenido brevemente su vuelo en la baranda de mi ventana abierta y que, con una voz lúgubre, había murmurado tristemente: Nevermore!”.

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