Rodrigo Madrigal: Relatos insólitos

Cuento

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Rodrigo Madrigal Montealegre. 

El Lucho contó que, recientemente, había acompañado a Carmen al funeral de su abuelo, en su lugar natal, cerca de Madrid. Allí se enteraron de que poco antes se había preparado una boda entre una linda mocita de aquel lugar y su cortejante, quien era un chico atractivo y virtuoso que provenía de una comarca lejana. Pero, mientras se realizaba la ceremonia religiosa en la iglesia, todas las matronas de la familia de la novia habían permanecido en la casa, terminando los preparativos de la fiesta y el banquete.

El novio se encaminó estoicamente hacia el altar y, cuando el sacerdote le preguntó solemnemente si aceptaba a la novia como su legítima esposa, enmudeció y no contestó. El cura le hizo nuevamente la misma pregunta y los labios del novio quedaron sellados como una tumba, mientras sus ojos se clavaron fijamente en el hombre clavado en una cruz que colgaba detrás del altar, como si en la reproducción de aquella dolorosa crucifixión se encontrara la respuesta a su mutismo, por una extraña asociación de ideas.

El sacerdote, contagiado por la impaciencia de todos los parientes, repitió despaciosamente la misma pregunta, pero esta vez con un tono amenazador que dejaba muy en claro que no toleraba la prolongación de aquel silencio elocuente y sepulcral, cuyo eco rebotaba en todas las paredes de aquella iglesia. Entonces, al escuchar nuevamente la misma pregunta en un tono imperioso, el novio pareció retornar de un profundo letargo, después de encontrar la respuesta en el crucifijo en el que tenía fijada la mirada, por lo que, con una voz firme y varonil, respondió tajantemente: “¡No, padre, lo lamento, pero no la acepto!”.

En medio de la tumultuosa tremolina que provocó aquella inusitada respuesta entre los asistentes a la boda, uno de los tíos de la novia corrió a la casa y les gritó a todas aquellas buenas matronas quienes terminaban de preparar el banquete: “¡Es inútil! ¡No continuéis! ¡Ya no se celebrará ninguna boda!”. Cuando aquellas hacendosas mujeres le preguntaron, atónitas, qué había sucedido, aquella voz de trueno les contestó con ira: “¡Pues, nada! ¡Hala! ¡Que el novio resultó ser… estéril! ¿Entendéis? ¡Vamos, que el chaval ese es… impotente!”.

Comentamos, esa noche, el caso del señor Pinares, un brillante funcionario diplomático, una magnífica persona y buen amigo de los padres de Carmen quien, después de cumplir sus labores en la oficina, al atardecer, regresaba metódicamente a su apartamento, de donde ya no volvía a salir, debido a su edad, al cansancio, al frío o a su aversión a la oscuridad de la noche. En una ocasión, nos confió que había descubierto que estaba sucediendo algo sumamente extraño con su auto: un día lo dejaba estacionado en un sitio, pero al día siguiente lo encontraba en otro lugar.

Cuando le aconsejamos que presentara la denuncia en la comisaría de la policía, nos contestó bondadosamente: “¡Jamás! Solo se trata de unos jóvenes del vecindario, quienes lo utilizan durante la noche, cuando yo no lo necesito. Pero lo cuidan con esmero, lo lavan meticulosamente, le llenan el tanque con combustible y le reparan los daños cuando tiene alguna avería. Es una especie de pacto o de relación contractual atípica, en la que las dos partes nunca han negociado, ni nada han acordado y ni siquiera se conocen, pero entre las cuales hay reglas, un convenio espontáneo, implícito, informal y de buena fe. Además, me niego a denunciarlos, porque me complace contribuir a la felicidad de esos buenos chicos”.

François comentó, entonces, lo que le había sucedido a una familia francesa, cuyo hijo concluyó sus estudios de Antropología y quien, con la finalidad de obtener los datos necesarios para redactar su tesis de doctorado, se había marchado a Brasil para recopilar información sobre las costumbres de ciertas tribus en uno de los confines más recónditos del inmenso infierno verde. Cuando, con el paso de muchos meses, los padres no recibían ninguna noticia de su hijo único, a quien adoraban entrañablemente, comenzaron a preocuparse.

Intentaron obtener información por medio de los consulados y de las embajadas de ambos países pero, conforme el tiempo transcurría con una lenta y perezosa cadencia tropical, sin obtener el menor indicio sobre el paradero del hijo idolatrado, la inquietud de aquel desafortunado matrimonio se convirtió en una aguda angustia y esta, a su vez, se transmutó en una pesadilla que se transformó en pánico y desesperación, al suponer que pudo haber sido devorado por aquella inmensa selva tropical.

Como aquellos esfuerzos terminaron siendo estériles, el padre, un profesional acostumbrado a un trabajo de oficina y a las sabrosas comodidades de una vida sedentaria, urbana y moderna, decidió vender todas las posesiones que fueran prescindibles y utilizar los ahorros que habían acumulado para la vejez, con el firme propósito de buscar a su hijo. Fue así como un buen día partió hacia aquella inhóspita selva, siguiendo las escasas pistas de aquel joven que, mediante agonizantes investigaciones, lograba encontrar.

Paso a paso recorrió ríos, senderos, montañas, pantanos y aquella gigantesca e impenetrable jungla, abriéndose paso con machete, navegando en piraguas, delirando por la fiebre, enfrentándose a las fieras, a las alimañas o a las anacondas, devorado por los insectos y deshidratado por la elevada humedad y el intenso calor tropical de aquel traicionero infierno verde.

Pero se mantuvo siempre alerta, hasta en el sueño y en medio de espeluznantes pesadillas, ante el menor indicio de una pista o de un leve destello de esperanza de hallar al hijo adorado, por lo que aquella ordalía se prologó durante prolongados y perezosos años.

Nunca lo encontró. Pero de tanto penetrar todos los confines de aquella selva –mirando, escuchando y olfateando meticulosamente todos los elementos de aquella naturaleza exuberante– se convirtió, sin haberlo deseado nunca, en uno de los expertos mejor calificados de la misteriosa selva amazónica, por lo que era con tratado para guiar importantes expediciones, lo que aprovechaba para continuar sus propias pesquisas, sin claudicar nunca en su firme propósito de hallar al hijo venerado.

Todos guardamos un elocuente silencio, por respeto a aquella conmovedora hazaña de afecto paterno y reflexionamos cómo el destino puede transformar radicalmente la existencia de los seres humanos, en una forma súbita e inesperada. Alguien hizo, entonces, la acotación de que la vida no tiene un sentido absoluto, salvo uno muy elemental que nos impone la naturaleza en su forma primitiva, primaria e instintiva. Pero es el hombre quien le confiere un sentido o una nueva naturaleza a su propia existencia, como hace el artista, al convertir el mármol en escultura o al armonizar una secuencia de sonidos en una sublime melodía.

Nos pareció que ese sentido que el hombre le imprime a su propia vida, es el valor adicional que el místico le confiere a la religión, el guerrero al combate, el codicioso al dinero, el médico a la vida, el sibarita al placer, el ambicioso al poder, el artista a la belleza, el escritor a la creatividad, el amante a su pasión y el filósofo a la sabiduría, por lo que el hombre le agrega a su vida una especie de valor agregado, una esencia adicional que lo distingue de otros seres que, con un conformismo natural, nacen, crecen y mueren, sin plantearse el ocioso dilema del sentido de su existencia.


NOTA:
Este cuento forma parte de la obra “Mascarada parisina”, de Rodrigo Madrigal Montealegre, publicada por Uruk Editores el año 2015.
Quienes tengan interés en adquirir el libro, pueden escribir al siguiente correo: info@larevista.cr

 

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