Rodrigo Madrigal: Una campaña digna de elogio

Un elemento natural se convierte en recurso precisamente cuando es objeto de consumo por parte del hombre o éste le confiere alguna utilidad.

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Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Hay quienes en la vida actúan con el criterio de aquel irlandés del que nos hablaba Bertrand Russel quien decía: “¿Por qué he de hacer yo nada por la posteridad, después de todo, qué ha hecho la posteridad por mí?» Dichosamente esa actitud de ciego y paladino egoísmo es rara; por lo general a todos, o a casi todos, nos preocupa con mayor o menor intensidad lo que será de nuestros hijos y de sus descendientes, de nuestro país o de la humanidad dentro de cincuenta, cien o hasta mil años, cuando no quede ya ni un soplo de recuerdo lo que fuimos.

Pareciera como si la llamita del instinto de conservación de la especie que parece extinguirse, se avivara esporádicamente en la intimidad de esa vida frenética, aturdida y atropellada que se ha fabricado el hombre moderno sin medir claramente sus consecuencias y en esos raros momentos de lucidez tomara conciencia plena de los peligros que amenazan a todo género humano.

El hombre ha tenido que enfrentarse, durante cientos de milenios, a una existencia precaria y la amenaza de su extinción repentina siempre lo ha acompañado; pero ésta provenía del medio natural al cual se hallaba enfrentado; el hambre, la enfermedad, la guerra, la escasez, los cataclismos y los enemigos naturales siempre acechaban sus momentos de debilidad para convertirlo en presa de su voracidad.

Lo paradójico es que ahora, cuando el hombre ha consolidado las bases de una civilización -con los prodigios que elabora cotidianamente la ciencia y la invención- que sirve fundamentalmente para protegerlo de todos esos flagelos milenarios, él mismo parece forjarse las condiciones que propician su auto destrucción, como si cavara mecánica y científicamente su propia tumba.

Hace apenas unas cuantas décadas se dio la primera manifestación de un posible suicidio colectivo con la aparición del espectro de apocalípticos arsenales de armas nucleares que, como una Espada de Dámocles, amenazaban a todo el género humano con un dantesco holocausto universal. Lo que ayer parecía una pesadilla hoy da la impresión de desvanecerse con el acercamiento y la comprensión progresiva de las grandes superpotencias rivales, para ceder el paso a su vez, a un nuevo tipo de amenaza formulada en términos de una extinción lenta y poco espectacular, pero igualmente dramática e inexorable, debido a la forma irresponsable e irreflexible con que el hombre moderno está manipulando los elementos vitales que le son indispensables para su existencia.

Un elemento natural se convierte en recurso precisamente cuando es objeto de consumo por parte del hombre o éste le confiere alguna utilidad. Si tomamos tan sólo el aire, ese elemento vital que respiramos, comprendemos fácilmente que es un recurso valioso y apenas tenemos consciencia de ello, simplemente porque abunda y se encuentra al alcance de todos sin esfuerzo alguno, a no ser el leve movimiento de respirar. Sin embargo ese elemento tan abundante, como es el aire, corre el riesgo de convertirse en un bien escaso, al acabar el hombre, con una destructividad sistemática, con numerosas fuentes que lo producen y que, a nivel universal, se lleva a cabo en forma sistemática y torpemente irresponsable.

Cabe citar tan sólo las funestas previsiones que formularon una serie de ecólogos en relación a la deforestación, que aun ritmo desenfrenado, se está operando en los cinco millones de kilómetros cuadrados de la selva amazónica. El caso es que ese exuberante “infierno verde» produce nada menos que el cincuenta por ciento del oxígeno que respiramos tres mil quinientos millones de seres humanos. Resulta fácil imaginarse la lenta y angustiosa asfixia que podrá ocurrir dentro de treinta años, en el año dos mil, es decir en el breve término de una nueva generación, cuando el volumen de población se haya triplicado y en el mundo se den cita diez mil millones de pares de pulmones humanos que tratarán de aspirar desesperadamente lo poco que ya den los restos de la selva tropical y nuestros propios bosques arrasados por esa febril destructividad del hombre moderno.

El ser humano, durante cientos de milenios recurrió, para poder sobrevivir, a elementos que la naturaleza misma se encargaba de renovar, formándose un circuito recurrente de tipo natural, prácticamente perpetuo e inagotable.

El caso es que la civilización moderna, basada en el aporte prodigioso de la ciencia y la tecnología -esa manifestación extraordinaria de la mente humana- ha convertido en recursos a toda una enorme gama de elementos que no son renovables, que se agotan sin ser recuperados, como es el caso de innumerable cantidad de minerales que son utilizados como fuente de energía o como materia prima industrial y que están sujetos a una inexorable ley de la escasez, inclusive a corto plazo dado el acelerado ritmo de consumo a que son sometidos.

Esta civilización moderna que se deriva de la invención tecnológica en los últimos cien o doscientos años, no representa más que la diezmilésima parte de la existencia total de la especie humana, es decir una fracción ínfima del enorme trayecto recorrido por el hombre desde que apareció sobre la faz de la tierra hace uno o dos millones de años.

Cabe entonces preguntarse si el hombre moderno no se comporta en buena medida como el irlandés del cuento por no tener plena consciencia de estos hechos, cuando consideramos que según los cálculos de un estudio reciente, al ritmo actual de consumo los yacimientos conocidos de toda una serie de recursos vitales para la sociedad moderna – como son el hierro, el aluminio, el carbón, el petróleo y otros minerales -llegarán a agotarse en el término relativamente corto de dos o tres generaciones, si no se logra encontrar métodos más eficaces y racionales de producción y substitución.

Es posible que esa misma tecnología que disipa y consume vorazmente todos esos recursos vitales – como en el caso de los doscientos mil millones de dólares que son anualmente despilfarrados en armamentos – logre reemplazar o rescatar todos esos elementos indispensables. Pero las facultades humanas también tienen sus limitaciones y cabe la posibilidad de que la civilización tenga que retroceder a un modo de vida que ya se creía superado y a un sistema económico de tipo preindustrial.

Cabe imaginarse que dentro de diez billones de años – que es la vida calculada a nuestro planeta – aún se recuerde con nostalgia a esta civilización paroxismal y se le evoque, con envidia y reproche, como una Edad de Oro que llegó a extinguirse por el sibaritismo frenético de quienes fueron sus progenitores.

Pero para ello es necesario, al menos, que sembremos árboles, como un modesto legado, para que esa lejana posteridad que ha de evocar tan asombrosa hazaña, pueda al menos tener unos frutos para comer y un poco de aire que respirar.

El propósito de citar esas cifras y datos que hoy atormentan a los ecólogos ya los demógrafos, es el de contribuir, al menos con el modesto aporte de unas líneas, a la encomiosa campaña en favor de la reforestación del país y a formar consciencia de una alternativa con que se enfrenta todo el género humano.

La Nación, 1 de julio de 1973.

 

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Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.

 

 

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