Rodrigo Madrigal: Violencia como fenómeno social

La violencia es toda acción que tiende a causar dolor o daño en los seres humanos y en sus bienes; es sinónimo de dolor, tortura, campos de concentración, patíbulos, coacción y coerción de muchos tipos

0

Rodrigo Madrigal Montealegre, Politólogo.

Eruditos e historiadores han entregado sus vidas investigando cuándo comenzó la civilización, mientras que nosotros nos preguntamos cuándo comenzaremos a ser civilizados, principalmente, porque la violencia ha acompañado al hombre en toda su existencia.

La violencia es toda acción que tiende a causar dolor o daño en los seres humanos y en sus bienes; es sinónimo de dolor, tortura, campos de concentración, patíbulos, coacción y coerción de muchos tipos. Tiranos inteligentes saben que no es necesario estar pinchando a todo el mundo con la bayoneta, simplemente aplicarla a unas cuantas víctimas para que todos obedezcan. Así, lo que se busca con todo esto es, a menudo, es provocar una satisfacción del sadismo o, lo que es más común, buscar obediencia.

En el poder encontramos una fuerza que es coacción o fuerza bruta, más convencimiento que consenso. Existen dos formas de violencia: la autoagresión, situaciones de suicidio o masoquismo, en donde pueden encontrarse las relaciones de violencia familiar por todos conocidos, a saber, el marido que le pega a la mujer o la mujer que le pega al marido, los padres a los hijos o los hijos a los padres. Hallamos, también, la violencia encarnada en la revolución, aquella en que los polos se rebelan contra la opresión o con los sistemas establecidos.

Asimismo, se presenta la violencia que encarna la represión del Estado, la coacción propiamente del país, por ejemplo, la forma más radical, a saber, el terrorismo del Estado que surgió, en el siglo XIX, de las sociedades secretas de Rusia ‒los atentados contra el zar‒, contra los dignatarios ‒en Francia y en Estados Unidos de Norteamérica‒ de las que todos sabemos que resultaban totalmente inútiles. Sin embargo, en el siglo XX, este terrorismo revolucionario ha tenido cierto éxito, en la medida en que los medios de comunicación han sabido divulgar todas estas acciones y, por lo tanto, darle una caja de resonancia a sus propósitos.

Observamos, también, la violencia en el campo criminal, aquella que se forma en las sociedades y que todos conocemos por los motivos que inducen al asesinato, al robo y al asalto. Igualmente, encontramos otro tipo de violencia, que es la violencia espontánea o la violencia esporádica, la cual surge en algunas sociedades en situaciones críticas, por ejemplo, en Rusia, los motines de 1905 y los levantamientos en 1917, los cuales originaron la revolución.

De igual manera, hallamos la guerra civil, aquella forma en que una sociedad se encamina hacia la guerra fratricida y de la cual podemos citar, entre las más violentas y dolorosas, la Guerra de Secesión de Estados Unidos de Norteamérica (1861) y la Guerra Civil Española en 1936.

La violencia constituye la esencia de todas las formas de poder; no obstante, enunciaremos las tres convenciones clásicas de poder que encontramos en la historia de las sociedades humanas: siendo la más clásica el poder militar, el cual, basado en la violencia y en las armas, ha estado muy presente en la historia de la humanidad. Al respecto, podríamos citar aquella famosa frase que indica: “más fácil militarizar a un civil que civilizar a un militar” o “la guerra es demasiado importante para dejarla en manos de los militares”. No obstante, la forma clásica de la violencia está en las fuerzas armadas y es allí en donde encontramos la condición más extrema y radical; seamos justos con los militares, ellos han cumplido misiones importantes tales como la defensa y la soberanía de la independencia o la conquista de la libertad.

En segundo lugar, vemos el poder económico que, también, tiene un elemento de coacción basado ya sea en la propiedad o en el control de los bienes o los medios de producción. Esto lleva a situaciones en las cuales los hombres obedecen unos a otros debido a esos fines y que, a veces, pueden alcanzar formas muy importantes de violencia, sobre todo cuando la propiedad y el control de los medios de producción están concentrados en pocas manos o en formas totalitarias.

La tercera forma de poder, clásico y universal, es el poder ideológico, que es el más fascinante de todos. Es el poder de las ideas, las creencias, las representaciones colectivas y el que surge más de los conceptos, los criterios y las convicciones e, inclusive, de los prejuicios.

En esta tercera forma de poder encontramos, también, una manera de coacción y su estilo tradicional ha sido la religión, a menudo basada en amenazas, como puede ser el fuego eterno, la condenación perpetua, las llamas del infierno pero, también, las llantas de la hoguera.

Una segunda forma más moderna se refiere a las doctrinas económicas y políticas basadas en la violencia y, sobre todo, en el dogmatismo, en la intransigencia y la intolerancia y el testigo de todo este siglo XX. Y, desde luego, podemos evocar el poder político, que es la evolución de estas tres formas que hemos mencionado, más el poder del Estado, en el cual, también, se presentan formas de violencia que están constituidas en su seno.

Si pensamos en las causas de la violencia, podríamos evocar la tesis de aquellos quienes han encontrado motivos de la constitución neurofisiológica del hombre. Hay quienes han hablado de cierto impulso agresivo del ser humano y en los laboratorios se ha constatado que hay ciertos sectores del cerebro humano que, si son estimulados, inducen a la violencia y la agresión o, por el contrario, a la pasividad.

También podemos citar algunas razones de carácter psicológico, como aquellas que sostienen que, mediante ciertos estímulos, ya sea el trauma o ciertas frustraciones, conducen al ser humano a la violencia.

Asimismo, se presentan condiciones que nos ayudan a explicar ‒posiblemente como estímulos‒ la violencia. Con esto, podríamos plantear que ha habido pueblos que han tenido una alta presión demográfica y no han sido necesariamente agresivos; en segundo lugar, que lo que se plantea como un problema demográfico, a menudo, no es más que una cuestión económica, es decir, un asunto de supervivencia, un problema de relación entre el hombre y sus recursos y, además, deberíamos anotar que este tema del espacio vital ha sido el pretexto de muchos casos, sobre todo el fascismo de Hitler y de Mussolini para la expansión y la conquista de otras naciones.

El espacio vital fue un elemento esencial de estas ideologías de la violencia y, también, podríamos decir que todo depende del nivel de vida que quieran tener las naciones. Encontramos razones y motivos sociales que nos inducen a la violencia como pueden ser la lucha entre dos clases horizontales que se disputan el poder, como la aristocracia y la burguesía, o la lucha vertical: una clase dominante y una clase dominada. Recordemos motivos históricos: la guerra francocruciana y todas las guerras que siguieron en esa tradición de violencia entre los franceses y los alemanes.

Se pueden, también, mencionar motivos coyunturales y, para citar unos ejemplos: la guerra de 1914, que provocó el irredentismo italiano, el alemán, el Tratado de Versalles, que avivó un sentimiento de humillación y, por lo tanto, explica el advenimiento de un psicópata como fue Hitler. Podría pensarse, además, en la crisis de 1929, en la medida en que esto provocó reacciones violentas. Brevemente, se podríamos decir que, si nos referimos a la evolución de la violencia, es válido indicar que, entre los 100.000 millones de habitantes, el 90% de seres humanos vivió en una condición de vida dedicada a la casa y al recogimiento de frutos y, por lo tanto, posiblemente encontraríamos las causas de la violencia del ser humano.

Algunos autores sostienen que el ser humano no se había distinguido exactamente entre comerse un animal o a un prójimo. Hay quienes sostienen que la guerra nace con sedentarismo cuando los hombres ocupan territorios y son amenazados y no pueden retractarse ni retirarse; tienen que pelear, morir o negociar, porque retirarse o huir implica la muerte. Toda la antigüedad está plegada de actos de violencia, sobre todo si pensamos que, en el Imperio Romano, la violencia fue la piedra angular de todo su poderío.

La Edad Media estuvo basada en el poder militar de los guerreros feudales, quienes lo concentraban en sus dominios; además, el poder ideológico, basado en armas, como el interdicto y el anatema, condujo a situaciones de oscurantismo. La Edad Moderna se caracteriza por la innovación tecnológica de la pólvora, que le confirió al Estado la potestad de concentrar mayor poder y obtener el monopolio en fuerza bruta.

En el siglo XIX, a pesar de ser un periodo de muchas injusticias, en las cuales el poder económico impuso su liberalismo machesteriano, que implicó la explotación y el abuso de las clases más humildes y del avasallamiento de enormes regiones del planeta, hallamos, sin embargo, que, en cuestiones bélicas, fue poco sanguinario. Cuatro fueron las grandes guerras: dos rusoturcas, la Guerra de Grimea y la Guerra Francoprusiana; cada una de ellas produjo cerca de unos 180.000 muertos. La más grande fue la Guerra de Secesión de Estados Unidos de Norteamérica, en la cual murieron unas 800.000 personas.

Comparados con el siglo XX, este fue un siglo realmente sanguinario, violento, en el cual se han inmolado más de cien millones de personas. Haciendo un recuento rápido, podríamos enunciar que, en julio de 1915, fue la horrible masacre, el genocidio del pueblo armenio del cual poco se conoce. Una nación entera, prácticamente los armenios en Turquía fueron aniquilados de la forma más brutal y bestial. En la guerra mexicana o civil, un millón de muertos; en la Primera Guerra Mundial: nueve millones de muertos; en la Guerra Civil Española: un millón de muertos y, en la guerra de 1939-1945: cincuenta y cinco millones de muertos.

Posteriormente, en una serie de guerras, producto de la guerra fría o la paz caliente, se estiman unos veinte millones de muertos y, como todos sabemos, fue producto de la confrontación de las grandes potencias, que ponían las armas, y el tercer mundo ponía los muertos; la implantación de dictaduras como fue el caso de América Latina como producto del macartismo o, en la esfera de la Unión Soviética, el caso de las democracias populares, en donde, también, fueron sembradas de dictaduras.

Podemos decir que, a partir de 1945, la capacidad destructiva del hombre era limitada y, también, su capacidad constructiva, con las armas modernas. Con las armas nucleares, sobre todo, la capacidad creativa del ser humano se desbordó por su capacidad destructiva.

Hace pocos años leía que las dos grandes potencias mundiales habían acumulado un potencial de armas nucleares que equivaldría a lo que se llama catorce sobremuertes, es decir, que las grandes potencias tenían un arsenal nuclear capaz de aniquilar catorce veces al género humano y, aún así, las grandes potencias seguirán produciendo armas nucleares cada vez más miniaturizadas, más estéticas, más fáciles de transportar.

Encontramos que el mundo, a pesar de haberse salvado de su conflicto, de la guerra, está gastando en armamentos setecientos ochenta y cinco mil millones de dólares al año. Considero que lo más doloroso es que América Latina está gastando treinta y siete mil millones de esa suma y África al sur del Sahara está gastando nueve mil setecientos treinta millones.

Dos zonas, América Latina, en donde, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la pobreza ha aumentado, en los dos últimos años, de doscientos millones a doscientos veinte millones de habitantes. Mientras sigue la pobreza, se siguen gastando enormes sumas en armas.

En África al sur del Sahara, en donde encontramos los índices más radicales de pobreza y miseria y, sobre todo, violencia, también se está gastando una suma de nueve mil setecientos treinta millones de dólares. Constatamos que un avión supermirage cuesta cuarenta millones de dólares, es decir, que con esa cantidad se puede construir un hospital o una universidad y pagar bien a sus profesores. Es así cómo, el mundo moderno, se encuentra al borde de lo que llamamos la tecnoguerra.

Actualmente, como lo hemos constatado, en la Guerra del Golfo y en la Guerra de Kosovo no se gana ya en las trincheras; se gana en los laboratorios, por lo tanto, eso nos hace reflexionar nuevamente: no debemos averiguar cuándo comenzó la civilización sino cuándo comenzará la civilización.

 


Rodrigo Madrigal Montealegre.
El autor es académico, Politólogo, fundador de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR y Profesor Emérito de esa Escuela y Ex Viceministro de Cultura.

Del mismo autor le podría interesar:

También podría gustarte

Comentarios

Cargando...