Rodrigo Soto: Alfred Hitchcock y la CCSS

En fin, aquella mañana, al concluir mi cita en el Hospital San Juan de Dios, me dije que, sin duda, muchas cosas podían mejorar, pero tuve que admitir que la verdadera película de terror consistiría en la privatización de la Caja Costarricense del Seguro Social, como algunos pretenden hacer, aunque no lo digan abiertamente.  

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Rodrigo Soto, Escritor y cineasta.

El otro día tuve que acudir a una cita médica en el Hospital San Juan de Dios. Deambulando por los intrincados pasillos, creí distinguir de pronto la silueta inconfundible de Alfred Hitchcock deslizándose frente a un ventanal en los pisos superiores. Quienes estén familiarizados con las películas del cineasta británico, saben que incluir una toma en la que él mismo aparecía fugazmente se convirtió, con los años, en su firma o en distintivo infaltable en sus filmes. Entonces tuve que preguntarme si me encontraba dentro de una película de terror.

En su maravilloso libro de conversaciones con François Truffaut, Hitchcock confiesa que, cuando escribía un guion o rodaba una película y surgía un problema en apariencia insalvable, de inmediato volvía a su mente una máxima aprendida de los Boy Scouts en su niñez, que básicamente aconseja regresar a territorio seguro, es decir, desandar lo andado hasta encontrarse de nuevo en un sitio conocido, para luego retomar la marcha.

En épocas de confusión política como esta, el pasaje vuelve a mi memoria a propósito del debate entre lo privado y lo público o, más precisamente, a propósito de la pregunta de por qué es importante que algunos servicios sean de carácter público o administrados por el Estado. Siguiendo a Hitchcock, trato de responder a esa pregunta partiendo de lo más básico, es decir, retrocediendo hasta territorio seguro.

Las razones para privatizar servicios como el agua potable, la electricidad, la salud, la educación, la seguridad, las telecomunicaciones, la infraestructura vial, entre otros, parecen de entrada atendibles: la administración pública tiende a crear burocracia excesiva, a ser poco eficiente y es caldo de cultivo para la corrupción y el clientelismo político. Además, la burocracia es rizomática: al lado de la que administra, hay que crear una burocracia para que la controle y otra que controle a la que controla, y así sucesivamente… Como si fuera poco, la administración pública crea un estamento, una poderosa casta, los “caciques políticos”, que en última instancia mantenemos los demás. (Algunos los consideran “parásitos”, pero lo cierto es que los servicios que administran son un insumo indispensable para el sector privado…) En fin, con todos estos inconvenientes, ¿por qué no privatizar? ¿No se reducirían costos, se ganaría en eficiencia y se evitarían estos y otros problemas?

Veamos: la iniciativa privada y el mercado de libre competencia se rigen por el único criterio del lucro; algo funciona si deja réditos a sus propietarios y no funciona si no los deja, punto. Del otro lado, solo quienes pueden pagar por esos bienes y servicios acceden a ellos, de modo que una sociedad regida exclusivamente por las leyes del mercado se dividirá cada vez más entre los que pueden y los que no pueden acceder a los servicios y bienes que se ofrecen, como hemos visto en muchos lugares del mundo.  Así pues, la principal razón para no privatizar algunos servicios y bienes es la inclusión social.

Quienes crecimos en Costa Rica durante la segunda mitad del siglo pasado recordamos, por ejemplo, cuánto costaron los programas de electrificación y de telefonía rural que finalmente cubrieron casi todo el territorio nacional. ¿Quién no recuerda los rótulos azules de “Teléfono público” en las pulperías de los caseríos más remotos, a veces incluso en una casa particular? Todavía a principios del siglo XXI, visité un caserío en las montañas de Dota donde cada casa se iluminaba mediante un panel solar proveído por el ICE. Programas como esos no eran ni son viables desde la óptica de la rentabilidad mercantil, pero sí lo eran y lo son como proyecto de sociedad. La diferencia fundamental entre mercado y sociedad es que dentro de esta última tienen cabida y entran a jugar valores como la cooperación y la solidaridad, además del beneficio individual. Junto a las relaciones económicas que nos enlazan, una sociedad es también un conjunto de vínculos políticos, afectivos, culturales y simbólicos, es decir, un proyecto y un sueño colectivos.

Otro ejemplo que viene a cuento son los parques nacionales. Hace 50 años Costa Rica era uno de los países con mayor tasa de deforestación del mundo; según se decía entonces, en tan solo 20 años el país perdería toda su cobertura forestal. Si se hubiera seguido la lógica del mercado, aquella profecía fatal se habría cumplido. Sin embargo, el Estado intervino para proteger y resguardar la biodiversidad y el paisaje, dos bienes públicos. Hoy el país es conocido y respetado internacionalmente por sus avances en este campo y muchos costarricenses se enorgullecen de los parques nacionales y se benefician indirectamente de ellos por el turismo.

Esto me da pie para hablar de otro beneficio intangible que nos brindan los bienes y servicios administrados por el Estado: el sentido de apropiación y pertenencia.  A diferencia de los bienes y servicios administrados por agentes privados, con los de carácter público todos podemos identificarnos, pues de alguna forma nos pertenecen. Cuando los servicios son excelentes, nos enorgullecemos de ellos (como en el caso de los proyectos de telefonía y electrificación rural que mencioné o como la respuesta de la Caja Costarricense del Seguro Social a la pandemia de covid-19), y cuando son deficientes o lamentables… pues no tanto. ¿Alguien se anima a imaginar lo que habría sido el impacto de la pandemia en nuestro país de no existir una seguridad social universal y pública como la que hemos construido? ¡Cuántas veces tropecé durante estos meses con publicaciones en las redes sociales en las que personas de muy diferente condición social expresaban sencillamente: “¡Gracias, CCSS!” Hacer o construir juntos algo de lo que podamos sentirnos partícipes y, ojalá, también satisfechos y orgullosos es algo que, por su naturaleza misma, está fuera del alcance de cualquier iniciativa privada.

En fin, aquella mañana, al concluir mi cita en el Hospital San Juan de Dios, me dije que, sin duda, muchas cosas podían mejorar, pero tuve que admitir que la verdadera película de terror consistiría en la privatización de la Caja Costarricense del Seguro Social, como algunos pretenden hacer, aunque no lo digan abiertamente.

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