Rodrigo Soto: Algo mas sobre el Bicentenario

Como Pigmalión, hemos terminado poseídos por el personaje que otros escribieron para nosotros: el de la Costa Rica eternamente pacífica, esencial y pura vida.

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Rodrigo Soto.

Hace un par de meses compartí por aquí un pequeño texto titulado: “¿150 años de qué?” con algunas reflexiones sobre el Bicentenario.

Después de ver el espectáculo ¿oficial? de la otra noche en el Estadio Nacional, toca compartir algunas más. Una primera: ¡qué terrible cuando los “ideólogos” son tecnócratas y empresarios! ¡Qué vacío de ideas en los discursos que hemos visto y escuchado! ¡En su tumba han de revolverse los viejos liberales -sí, los viejos liberales del siglo XIX y principios del XX-, y también don Pepe Figueres, don Manuel Mora, don Rafael Ángel Calderón, don Beto Cañas, doña Carmen Naranjo y tantos y tantas más…

La otra cosa: es cierto que Costa Rica nunca ha sido -nunca podrá ser-, “plenamente independiente” (lo que sea que eso signifique en la era de las tecnologías digitales y la transnacionalización de las cadenas de valor), pero, al contrario de lo que otros han dicho (y tal vez yo mismo dije), creo que lo que se trata de con-memorar (es decir, recordar juntos) ahora, es la creación progresiva de un conjunto de instituciones que -bien, mal o regular- han marcado y marcan nuestra convivencia.

Pienso en el Ministerio de Educación (¿Hubo alguna escena en el espectáculo de la otra noche sobre la educación y su importancia para lo que hoy es Costa Rica?); pienso en la Caja Costarricense del Seguro Social; en el Código de Trabajo; en el Tribunal Supremo de Elecciones; en la abolición del ejército; en el Instituto Costarricense de Electricidad, en fin… Incluso, ¿por qué no?, en el Servicio de Parques Nacionales.

No sé: si un Estado es algo, es precisamente eso: un conjunto de instituciones: imperfectas, desde luego, sometidas a tensiones entre los intereses de los grupos que desean influir en ellas o controlarlas. Algunas se tornan obsoletas y desaparecen -¡o deberían hacerlo!-, pero es sobre eso sobre lo que deberíamos reflexionar. Pero ocurre que no se puede hablar de la historia sin hablar de conflictos, porque la historia siempre es conflictiva.

Como Pigmalión, hemos terminado poseídos por el personaje que otros escribieron para nosotros: el de la Costa Rica eternamente pacífica, esencial y pura vida.

Aunque cada tanto un conflicto nos estalle en las narices, como hace apenas unos meses, recordándonos que esto no es así.

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