Rodrigo Soto: Mi Sabana

No es mi propósito discutir a fondo acerca de los méritos y limitaciones de esa concepción, pero hay que reconocer al menos que es una concepción, y que entonces Liberación Nacional se la tomaba bastante en serio. Creo que ningún otro partido de gobierno articuló con posterioridad una concepción alternativa coherente del papel del Estado en la gestión cultural. Entiendo que dentro del Partido Acción Ciudadana se reflexionó bastante sobre el tema, pero durante los últimos ocho años no llevó a la práctica sus ideas.  

0

Rodrigo Soto.

Creo que fue para la visita del papa Juan Pablo II a Costa Rica, allá por 1983, cuando don Guido Sáenz se dejó decir aquella frase que tanto celebraríamos mis amigos y yo: “Van a destruir mi Sabana”, o algo parecido, protestando contra la celebración de una multitudinaria misa en el parque, que a fin de cuentas se realizó sin mayores consecuencias. Como ministro de Cultura, Juventud y Deportes del gobierno de Daniel Oduber, don Guido fue, en efecto, impulsor y responsable de la conversión del antiguo aeropuerto en el actual Parque Metropolitano La Sabana, pero el hecho de que como artífice del Parque se sintiera su “dueño” (lo que describe muy bien su pintoresco egocentrismo), nos divertía a rabiar y nos llevaba a parodiarlo cada vez que teníamos la oportunidad: “¡Mi Sabana!”

He vivido buena parte de mi vida en los alrededores de ese parque y hoy creo que, en cierta forma, don Guido tenía razón, pues cada uno de nosotros tiene “su” Sabana construida con recuerdos y vivencias propios, irremplazables. Me temo que ya no somos tantos los que conservamos el recuerdo del viejo aeropuerto de avionetas, ni los que vimos crecer los eucaliptos del primer parque, hoy felizmente reemplazados por especies nativas.

Pero no es de eso de lo que me propongo hablar, sino de La Sabana de don Guido, de “su” Sabana. Uno de los detalles más curiosos -y olvidados- del parque original, es que los postes de iluminación nocturna incluían, además, un sistema de amplificación de sonido. A ciertas horas del día -o quizás a todas, no lo sé-, el sistema reproducía música clásica. Todos sabemos de la pasión del exministro de Cultura por la música clásica y que fue uno de los impulsores de la renovación de la Orquesta Sinfónica Nacional para convertirla en la orquesta profesional que es hoy.

El que don Guido incluyera en el diseño original del Parque un sistema de amplificación de sonido para reproducir música clásica retrata a la perfección la importancia que el Partido Liberación Nacional de entonces daba a la cultura, y la forma como entendía la acción del Estado en este campo: llevar la “alta cultura” al “pueblo” (o, como dicen algunos con horrible neologismo, “culturizar” al pueblo.)

No es mi propósito discutir a fondo acerca de los méritos y limitaciones de esa concepción, pero hay que reconocer al menos que es una concepción, y que entonces Liberación Nacional se la tomaba bastante en serio. Creo que ningún otro partido de gobierno articuló con posterioridad una concepción alternativa coherente del papel del Estado en la gestión cultural. Entiendo que dentro del Partido Acción Ciudadana se reflexionó bastante sobre el tema, pero durante los últimos ocho años no llevó a la práctica sus ideas.

Preguntarnos por el papel del Estado en la gestión cultural implica reflexionar sobre lo que es hoy Costa Rica y sobre su lugar en el mundo. ¿Qué es hoy una nación, cualquier nación? ¿Qué es Costa Rica en la época de la transnacionalización, de la liberalización, de la mundialización, de la internacionalización de las cadenas de valor y también de los valores liberales e individualistas asociados a ella? Sea cual sea nuestra respuesta, sin duda se trata de algo muy diferente de lo que era un país en 1970 o 1980.

La atracción de inversiones extranjeras bajo regímenes de Zona Franca, el crecimiento exponencial del turismo como actividad económica, las migraciones recientes, el ocaso de los medios de comunicación tradicionales y la generalización de las tecnologías digitales en todos los ámbitos de la vida, entre otros factores, crearon un país muy diferente de aquél en el que don Guido Sáenz fue ministro y en el que creció mi generación.

Si en la segunda mitad del siglo XX el país se dividía entre lo urbano y lo rural, la división más palpable hoy la encontramos entre los sectores vinculados a la economía internacional y aquellos que no lo están. ¿Qué tienen en común un joven que trabaja en Amazon y uno que lo hace en las plantaciones piñeras de Sarapiquí? ¿Qué tienen en común una instructora de “surf” que trabaja con jóvenes turistas en Manuel Antonio y un peón que ordeña vacas por las madrugadas en Las Nubes de Coronado? En muchas regiones, Costa Rica dejó de ser una “república bananera” para convertirse en una “república ananera”, y dentro del Valle Central los cafetales desaparecieron para ceder su lugar a parques de alta tecnología y a grandes conglomerados urbanos.

Uno de los efectos de estas transformaciones es que cualquier idea monolítica de lo que son la cultura y los valores -incluso lo bello, lo justo y lo bueno-, sea puesta en entredicho. Nadie se atrevería hoy a imponer a todos la música clásica en La Sabana, aun cuando algunos la apreciemos mucho. La llamada posmodernidad -y lo que vino después- nos hizo ver que la imagen del hombre civilizado, culto y moderno que don Guido y sus amigos proponían como modelo universal, sofocaba la diversidad, y que detrás de ella solo cabía un hombre blanco, heterosexual y de orígenes europeos.

Sin duda, hoy somos más conscientes de nuestra diversidad, y de que la diversidad es un bien y una riqueza, aunque paradójicamente esta diversidad hoy sea sofocada y amenazada por el ventarrón irresistible de la globalización liberal y de los valores asociados a ella.  Algunos dicen que el único rasero para esta civilización globalizada deben ser los Derechos Humanos como los entiende el mundo occidental y capitalista; otros ni siquiera están de acuerdo con eso.

¿Qué sentido tiene hablar de “lo nacional” en nuestra época y en la época que se avizora? Ahí donde lo nacional declina, arrollado por los vientos cosmopolitas y globalizadores, ¿cuál es o cuál debe ser el papel del Estado en la gestión de la cultura, si es que le corresponde alguno?

Creo, en primer lugar, que el papel del Estado es reconstruir el imaginario nacional ya no a partir de una imagen única, monolítica y excluyente, sino como algo plural y en constante cambio, y creo que el país ha avanzado en eso. Además, el Estado debe propiciar el diálogo transformador de esas culturas constitutivas de lo nacional con la opulenta y siempre cambiante cultura cosmopolita e internacional, es decir, el Estado y lo nacional deben constituirse en gozne, bisagra o vaso comunicante entre lo local/regional y lo internacional/global.  Pero, además, el Estado puede y debe abonar la convicción de que la convivencia crea valores, y que por ello hay un ethos nacional. Este ethos no es una esencia ahistórica (“los ticos somos pacíficos”; “la democracia y los derechos humanos son parte de la identidad costarricense”), sino que está siempre rehaciéndose y todos participamos de ella y somos sus co-creadores. Basta tomar conciencia de que en tan solo 50 años, el país integró a su imaginario (y a su imagen internacional) las nociones de la conservación y la biodiversidad, luego de haber sido hasta los años 70 del siglo pasado una de las naciones con más alta tasa de deforestación y destrucción del medio ambiente.

Antes de ser el Parque Metropolitano que es hoy, La Sabana que nos legó el padre Chapuí fue primero un reducto de tierras de repasto para las familias pobres de la Villa de San José, luego sitio un de recreo en las afueras de la ciudad, más tarde aeropuerto internacional, luego aeropuerto de aeronaves ligeras, y más tarde el parque de don Guido Sáenz… Pero es también, y ante todo, lo que hacemos con ella día con día quienes la frecuentamos. Lo mismo ocurre en el país en su conjunto: es una historia, un legado, pero son también las aspiraciones y anhelos de quienes lo habitamos.

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box