Rodrigo Soto, Escritor y cineasta.

Anochece…

La angustia se me enrosca en el vientre y me estrangula despacio. Mi vida comparece como una cadena ininterrumpida de fracasos. El vacío reina alrededor, aunque a lo lejos las montañas resplandezcan y la atmósfera de esta tarde de noviembre sea límpida y liviana. Alcanzo a percatarme de ello pero lo miro todo como si no tuviera que ver conmigo. No hay autocompasión ni patetismo en mi ánimo, solo esa sensación de naufragio, de algo hundiéndose en lo hondo; algo pesado e inútil astillándose.

Durante demasiado tiempo he vivido eludiendo estos momentos. Siempre hay una forma de huir: hacia unos brazos que te esperan, hacia la pequeña y salvadora rutina doméstica, hacia las calles y su torbellino anónimo. O el Yoga, claro (o los aeróbicos o el futsala, da igual…) Agarrarse del cuerpo y su respiración, de la sabiduría de las células para no desarmarse, para no partirse. Concentrarse en lo más primario, en lo más elemental, como quien se aferra a un tronco… Huir de la nada, huir del naufragio… Ese pequeño naufragio que llega cada día, al anochecer.

Otras veces he estado aquí. Es pasajero, lo sé. Es la noche abriéndose paso… Sé bien que al cabo de unas horas todo esto me resultará extrañamente irreal; será como si nunca hubiese ocurrido. Sentiré mis pies afirmados sobre la noche y no hundiéndose en estas arenas movedizas (pues no es la noche la que me resulta turbia y amenazante, sino este sucumbir, este deslizarse, este irremediable desvanecerse del mundo…) Y sin embargo, esa certidumbre no hace menos real estos sentimientos, estas sensaciones. Este instante.

Anochezco. Anochezco despacio…