Rodrigo Soto, Escritor y cineasta.

Allá se juega bola; aquí se juega barra. Esta que jugamos en las gradas es nuestra mejenga, la única que nos queda jugar, porque estudios ya no, o casi no, o solo algunos y a ratos -con todas esas mariconadas que piden en el INA- y brete solo a veces. Por eso la jugamos con pasión, de a de veras, con ganas. Aquí es donde jugamos nosotros, donde nos la jugamos también. Allá en la cancha están los otros que ganan de a millón; aquí nosotros que quisiéramos estar allá. Ellos eran como nosotros, algunos de ellos. Nosotros somos como ellos cuando ganamos, cuando ganan y gritamos todos, celebrando el goooool.

Allá está el árbitro; acá la policía. Todos uniformados. Árbitro hijuesumadre, tombo tal por cual. Así es la vara. La ley… Vos sabés qué hago con la ley…

Nosotros no entrenamos pero nuestro juego también empieza antes del juego, cuando nos reunimos en el parque. Ahí empieza el vacilón, la vara, la barra. Ya uno sabe cómo es, sabe quienes vienen y quiénes no, sabe que desde ahí, mucho antes del partido, los tombos van a estar enjachando… Pero mientras uno no infrinja la ley no pueden pitarle faul. Güichos que tienen que estar ahí, jaibos que tienen que cuidarnos. Salados.

La otra vara bonita es que somos un equipo. Uno para todos y todos para uno. Es como allá, como las vacas esas que juegan bola. Parecido. O mejor. Porque aquí a la hora de los guamazos es en serio. Aquí no es como allá, no es jugando. Somos verdaderos compas. Uno es parte de un equipo donde se juega el pellejo, el pellejillo. Aquí la pellejeamos.

Aquí de verdad le tenemos amor a la camiseta; no como allá, que se la cambian a según soplen los vientos. Y si es de arriarse, nos arriamos; uno para todos y todos para uno. Así es la vara acá.
Y cuando termina la mejenga allá, la nuestra sigue, al menos un rato más. Sigue en los buses, en la calle, hasta volver al barrio, a la barriada. Somos como un remolino que pasa y azota la ciudad. Que nos sientan. Que sepan que existimos. No nos quieren ver pero existimos.