Rodrigo Soto, Escritor y cineasta.

Aunque no soy ni he sido nunca militante del PAC, soy (o fui) lo que más tarde llegaría a llamarse “un PAC-Lover”, pues casi desde que surgió esta agrupación política me incliné por ella y, para las elecciones de 2014, manifesté públicamente, por primera vez, mi respaldo a la candidatura de Luis Guillermo Solís. Las razones por las que desde sus inicios apoyé al PAC, se relacionan con la convicción de que los dos partidos mayoritarios, el PLN y el PUSC, habían perdido toda su capacidad transformadora y se habían convertido, progresivamente, en engrasadas maquinarias para promover y defender los intereses de poderosos grupos privados, cuando no en círculos de negocios y clubes de amigos. En cuanto a la izquierda tradicional, después de mi adolescencia nunca la consideré una opción para gobernar Costa Rica, por su obstinada defensa de modelos totalitarios y -hoy lo sabemos de sobra-, también fallidos. De modo que saludé el nacimiento del PAC como la promesa de una renovación, si no de todos, al menos de algunos ámbitos de la política nacional.

Nunca consideré al PAC un partido “revolucionario”, aunque sí “progresista”, con toda la ambigüedad inherente al término. Para mí, siempre estuvo claro que el PAC no impugnaba el modelo económico adoptado por Costa Rica desde los años 80 del siglo pasado, reafirmado en la década de los 90 y fortalecido por el TLC con los Estados Unidos, aunque objetaba aspectos puntuales del mismo. En última instancia, su posición era de resignada y crítica aceptación de la globalización liberal, a falta de alternativas viables a ella, al menos en este momento histórico.   ¿Qué puedo decir? Yo pienso lo mismo.

Desde las primeras elecciones en las que participó, el PAC creció al amparo del descontento ciudadano con un sistema político que se mostraba cada vez más incapaz de responder a las inquietudes, demandas y necesidades de sectores crecientemente amplios de la población. Los escándalos de corrupción que salpicaron a dos expresidentes y cuestionaron seriamente a un tercero, hoy candidato presidencial, alimentaron aun más la frustración y el descontento ciudadanos. A la larga, ese desencanto catapultó a la presidencia a Luis Guillermo Solís en 2014; cuatro años más tarde, apoyé la candidatura de Carlos Alvarado por las mismas razones que la inmensa mayoría de costarricenses: para conjurar la amenaza de que un partido cuyo principal “argumento” eran sus supuestos valores religiosos, accediera al Poder Ejecutivo. En definitiva, el PAC ganó las elecciones de 2014 capitalizando el descontento acumulado con el sistema político, y las del 2018 por aquél asombroso concurso de circunstancias que nadie imaginó meses antes de la elección.

Como es sabido, el PAC implosionó en las pasadas elecciones tras ocho años en el gobierno, al punto de no alcanzar siquiera una curul legislativa. Como muchos de sus votantes, también yo me cuento entre los desencantados, pero, al conversar con distintos grupos de conocidos y amigos, caigo en cuenta de que, para cada uno, las razones son distintas.

El PAC decepcionó a una parte de mis amigas y amigos, digamos, “izquierdistas”, porque, al enfrentar el impostergable ajuste fiscal que el país debía hacer (todavía inconcluso, según entiendo, de modo que esperen a lo que viene, sea quien sea el próximo presidente), osó reducir algunos de los grotescos abusos que beneficiaban a ciertos grupos dentro del sector público. La mayoría de esos abusos surgieron durante gobiernos del PLN y del PUSC, al amparo de convenciones colectivas negociadas alegremente por jerarcas que entendían la gobernabilidad como la concesión irresponsable de granjerías a los sindicatos.

El PAC decepcionó a mis amigas y amigos de las clases medias, no necesariamente interesados por la política, porque promovió el IVA, y decepcionó también a las élites empresariales, porque estableció nuevos impuestos al capital financiero y al capital inmobiliario. (Por otro lado, el PAC ni siquiera intentó establecer algún tipo de impuesto a las empresas extranjeras establecidas bajo  régimen de zona franca, por temor a que estas salieran despavoridas del país, y así seguimos…)

En resumen, el PAC decepcionó a casi todos en Costa Rica porque trató de repartir el costo de un ajuste fiscal ineludible entre diferentes sectores, y no exclusivamente sobre uno de ellos; contrario a lo que otros piensan, creo que este es tal vez su mayor mérito.  Por esa misma razón -y esto sí es grave desde el punto de vista político-, en ocho años en el gobierno el PAC no logró definir una base social para su plataforma política: ni el empresariado, ni las clases medias urbanas, ni los sectores populares; ni las periferias costeras y fronterizas, ni las poblaciones del Valle Central. Tratando no perjudicar en demasía a nadie, tampoco satisfizo los intereses de ningún sector. ¿Es eso gobernar? Puede que sí.

Por otro lado, el sambenito de la ética y la incorruptibilidad le pasó factura, pues durante sus gobiernos estallaron dos escándalos mayúsculos relacionados con fraudes, desfalcos y mala gestión de fondos públicos: “el cementazo” y el “caso Cochinilla” relacionado con el CONAVI.

Además, a pesar del “progresismo cultural”, el PAC no satisfizo por completo a quienes impulsan la agenda de derechos de la población sexualmente diversa ni de las mujeres, que piden y esperan más, pero en cambio sí escandalizó a los católicos y cristianos conservadores por los avances en este campo. Asimismo, el PAC decepcionó -¡y mucho!- a mis amigos y amigas del sector cultura por su paupérrima gestión en este campo, aunque este fue uno de los sectores que con más entusiasmo lo apoyó en las dos campañas y, aunque numéricamente no sea un sector determinante, sí lo es en el campo mediático y comunicacional.

Hay que decir también que, desdichadamente, la pobreza no se redujo durante los ochos años en que gobernó el PAC (descendió, pero volvió a aumentar con la pandemia), ni la desigualdad dejó de incrementarse como venía haciéndolo desde antes, pero estoy convencido de que eso no tiene que ver con la calidad de la gestión gubernamental, sino con las características y exigencias del modelo económico del que formamos parte o en el que estamos insertos.

En resumen, el PAC fue víctima de la misma oleada de frustración y descontento con el sistema político que lo llevó a gobierno ocho años atrás, sumado al desgaste que supuso la gestión de la pandemia y, muy especialmente, a su política de repartición de las cargas del ajuste fiscal sin definir ni consolidar una base social que apoyara su propuesta. A nadie complació plenamente y a (casi) todos irritó en demasía. En mayo próximo otro partido asumirá el Ejecutivo. Pago por ver…

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Por Rodrigo Soto

Escritor y productor audiovisual. Estudió Filosofía en la Universidad de Costa Rica. Ganador del Premio Nacional de Cuento "Aquileo J. Echeverría" en dos oportunidades.