Rodrigo Soto: De máscaras y mascaradas

Adrián Arguedas nos ofrece en esta muestra, tanto una reflexión sobre la máscara, la mascarada y la resistencia al poder político, como un hermoso documento sobre esta práctica ancestral y su renovada y siempre viva celebración.

Rodrigo Soto, Escritor y cineasta.

Desde hace algunos meses, y hasta principios de abril próximo, se exhibe en el Museo de Arte Costarricense una muestra del pintor Adrián Arguedas Ruano (San José, Costa Rica, 1968). La exhibición se titula “Valle Oscuro” y consta de 45 obras de mediano y gran formato -óleos, grabados y acuarelas-, así como también de 13 máscaras fabricadas por el artista con papel maché. La temática general de la muestra es la mascarada tradicional costarricense, más concretamente –nos informa la página web del Ministerio de Cultura y Juventud–, las mascaradas que se realizan en honor a San Bartolomé, patrón del cantón de Barba, donde reside Arguedas y ha residido su familia durante varias generaciones.

Ciertamente, el pueblo de Barva es, como San Antonio de Escazú, reconocido hoy como cuna y refugio de los mascareros tradicionales. Pero, como sabemos, las tradiciones también mutan o evolucionan, como lo revela la introducción reciente, en las mascaradas tradicionales, de figuras relevantes de la vida pública –políticos e inclusive deportistas–, o como lo revela también el siguiente pasaje de las hermosísimas Memorias de Mario Sancho, en donde refiere que durante su niñez en Cartago, a finales del siglo XIX, en las fiestas de la Pasada de la Virgen “salían a la procesión disfraces chocarreros e insolentes. Algunos, como el del Macho Ratón, no faltaba nunca”.  ¡Atención! El Macho Ratón, es decir, el güegüense, personaje y máscara emblemática de la representación callejera de origen colonial que hoy se considera estrictamente nicaragüense, alusiva a la resistencia indígena contra la explotación colonial.

Y es que, en efecto, máscaras y mascaradas están indisociablemente asociadas a la escenificación y ejercicio de los poderes mundanos y trasmundanos… Y también a la resistencia contra esos poderes.

De esto, entre otras cosas, nos hablan con vibrante ironía y rabia ardorosa las obras de Arguedas, en algunas de las cuales descubrimos, entre los personajes de las mascaradas, a la pareja presidencial nicaragüense, aquí amenazada por una multitud enmascarada en frenética danza, allá  posando afablemente junto a un conjunto de fantoches igualmente enmascarados. En algunas más, descubrimos entre la multitud que danza y celebra la mascarada, a los omnipresentes agentes del orden, asimismo disfrazados tras las máscaras anti gas. Esta línea crítica del poder encuentra su paroxismo en una de las obras de la muestra, una apropiación mestiza y transgresora de los Fusilamientos del 2 de mayo, de Goya, titulada Valle Oscuro II, o bien en otra de menor formato titulada “La caza del gallo”. Por otra parte, el deseo del autor dialogar con la pintura clásica europea, se manifiesta también en otras obras de la exhibición, añadiendo así una capa más de riqueza y complejidad a la ya de por sí rica y compleja temática de la máscara y la mascarada.

Sin pretender ensayar aquí una interpretación del tema, ni sobre la fascinación que las máscaras han infundido a los pueblos desde la más remota antigüedad, sin distingo de regiones ni culturas, anoto por lo menos lo siguiente: si la máscara es un disfraz detrás del cual nos ocultamos, nuestro rostro debe ser entonces la máscara que utilizamos a diario, compelidos por las circunstancias sociales, para que la vida social discurra con normalidad… Pero puede ocurrir también que las máscaras, esos aditamentos que sobreponemos a nuestros rostros en circunstancias excepcionales, sean entonces la develación de nuestra verdadera y secreta identidad, aquella que habitualmente debemos ocultar.

Esta ambigüedad o, mejor, esta ambivalencia entre lo invisible y lo manifiesto, entre la ocultación y la revelación, entre la simulación y lo verdadero, es lo que ha fascinado desde siempre a la humanidad. Máscara, disfraz, identidad, desdoblamiento, posesión, configuran un complejo rompecabezas, articulan una danza invisible y silenciosa que solo en ocasiones socialmente señaladas se hace evidente, como ocurre en muchos ritos religiosos, pero también durante el carnaval profano y las mascaradas, para la edificación, deleite y escarmiento de todos. (Solo ahora que lo escribo, caigo en cuenta de que las tres religiones monoteístas son acaso las únicas en las que la máscara está excluida del ritual religioso…) Mentira y verdad, juego y celebración, el carnaval y la mascarada son eventos colectivos, multitudinarios, que nos arrancan de la rutina del trabajo y la vida doméstica y nos sumergen en su temporalidad revulsiva y alucinada. Ahí todos somos al mismo tiempo actores y espectadores, nadie está a salvo.

Junto a esta dimensión alegórica o metafórica de la mascarada -especialmente en su relación con el poder político-, las obras de Adrián Arguedas son también un hermoso documento etnográfico, si se puede decir así, en el que se recogen numerosos modelos de máscaras actualmente en uso en Costa Rica, así como también vestuarios, gestos, actitudes y tipos humanos que el artista registra y recrea con puntillosa dedicación. Por ello, algunas obras pueden encajar, además de todo lo dicho hasta aquí, dentro del género del retratismo (por ejemplo, aquellas tituladas “La familia” y “Estigmas”, entre otras).

¿Cómo reducir la agitación, el caos y el barullo, el movimiento incesante de la mascarada carnavalesca, a un conjunto limitado de elementos que den fiel cuenta de esto pero que, al mismo tiempo, lo organicen y le den consistencia estética y contundencia pictórica? El procedimiento no puede ser otro que la selección, es decir, la discriminación de algunos elementos, y su disposición inteligente en la bidimensionalidad del lienzo.

Tanto para la elección como para la organización de los personajes que habitan estas obras, Adrián Arguedas se vale del claroscuro y del cromatismo.  Muchas de las escenas que nos propone son nocturnas, y aun aquellas que no lo son, están trabajadas de tal modo que los personajes principales, vibrando intensamente, reclamando nuestra atención con vivos e intensos colores, se recortan sobre otros secundarios donde el cromatismo se degrada progresivamente, a menudo hacia la gama de los grises, ayudando así a crear la impresión de que el movimiento de la escena que se nos ofrece se prolonga indefinidamente hasta un fondo ya totalmente oscuro. Otras veces, se recortan contra fondos planos donde no es extraño que se proyecten sombras.

Vibrante coloristas y elegante organizador de sus personajes y figuras en el lienzo, Adrián Arguedas nos ofrece en esta muestra, tanto una reflexión sobre la máscara, la mascarada y la resistencia al poder político, como un hermoso documento sobre esta práctica ancestral y su renovada y siempre viva celebración.

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