Rodrigo Soto: El hippismo milenarista

El hippismo puede e incluso debe ser considerado como la última expresión que hasta la fecha ha conocido el llamado mundo occidental, de esa suerte de pulsión milenarista que no es más que una expresión del profundo anhelo de renovación que anida en el espíritu humano.

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Rodrigo Soto, Escritor y cineasta.

En su obra “Mefistófeles y el Andrógino”, el filósofo de las religiones Mircea Eliade reseña las características de los movimientos milenaristas que surgieron en la Polinesia durante la primera mitad del siglo XX. Ahí, apunta que la aspiración o el llamado profundo de dichos cultos consistía en “emanciparse de las leyes, de las prohibiciones, de las costumbres”, pues ello conduciría a “encontrar la felicidad y la libertad primordiales, el estado que ha precedido a la actual condición humana y, en una palabra, el estado paradisíaco.” Y agrega que “abolido el antiguo orden, las leyes, las reglas y las prohibiciones perderán su razón de ser. Los tabús y las costumbres sancionadas por la tradición dejarán el puesto a la libertad absoluta; en primer lugar a la libertad sexual, a la orgía, ya que es sobre todo la vida sexual la que, en toda sociedad humana, está sujeta a las constricciones y tabús más severos.”

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A la luz de estas consideraciones, escritas en 1959, es fácil descubrir el carácter milenarista del movimiento hippie que afloró en Estados Unidos en los años 60 del siglo pasado, y que enseguida se propagó a Europa Occidental y luego, mediante los medios de comunicación masiva, a buena parte del orbe. Lo sorprendente es que estamos ante un movimiento milenarista de inspiración laica, o más bien de inspiración religiosa sumamente vaga, pero que se difundió en sociedades crecientemente laicas. Por otra parte, dudo que otro milenarismo haya postulado como requisito para adherirlo pertenecer a un grupo generacional: “Desconfía de todo aquél que tenga más de 30 años”.

La adhesión a un culto de este tipo exige siempre un acto personal de renuncia o de ruptura con el orden dominante, lo que en los polinesios se tradujo en la destrucción de todas sus pertenencias de origen europeo u occidental, y en los hippies en el abandono del hogar paterno.

Otras características de los movimientos milenaristas se reconocen en el hippismo. En primer lugar, la estética andrógina. Según Eliade, al aspirar a un “retorno al inicio” –a los tiempos paradisíacos de la integración con el mundo y el Ser–, los movimientos milenaristas tienden a abolir las diferencias entre lo masculino y lo femenino. Tanto el hippismo como otros movimientos culturales de la época, impugnaron las fronteras entre los géneros vigentes hasta entonces en el mundo occidental.

En segundo lugar, su carácter “espiritualista” o pseudoreligioso. Si bien en el caso del hippismo se trató de sentimientos e ideas religiosas difusas y poco estructuradas, es indudable que uno de sus motores fue la búsqueda de una vivencia espiritual más auténtica, toda vez que “la ruptura con la tradición supone el resurgimiento de una vida religiosa más auténtica e infinitamente más creadora”, en palabras del estudioso rumano.

Un lacónico comentario de Eliade sobre la suerte de los cultos polinesios ilumina también el destino del movimiento hippie: “Transcurrido el entusiasmo de los primeros días, se abre camino una cierta resistencia. La utopía prometida no se cumple; por el contrario, la destrucción masiva de los bienes ha empobrecido a regiones enteras. Y lo que es más, los indígenas deploran el nudismo y la promiscuidad orgiástica.”

Hay, diríamos, una suerte de “pulsión” que toma forma cíclicamente en las sociedades humanas, que se expresa en la forma de movimientos y cultos milenaristas. Surgidos tanto en el Occidente cristiano como en los más diversos contextos histórico culturales, estos cultos y movimientos son siempre “heréticos” en tanto se proponen como ruptura radical con un orden y una tradición. Desde este punto de vista, el hippismo puede e incluso debe ser considerado como la última expresión que hasta la fecha ha conocido el llamado mundo occidental, de esa suerte de pulsión milenarista que no es más que una expresión del profundo anhelo de renovación que anida en el espíritu humano.

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