Rodrigo Soto, Escritor y cineasta.

Escribo para remendarme.
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Creo en el valor del acto de escribir, no en “la literatura”.
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La escritura siempre es femenina, porque las palabras nacen de un hueco.
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Escribo historias porque la realidad estaría incompleta sin la fantasía.
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Quizás escribir sea ir dejando piedritas en el camino, rastros de un itinerario; seguir estampando las manos en la cueva.
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Soltar amarras, desbarrancarse, caer de pie, hundirse y volverse a levantar, darse la cara, darse la espalda, darse de lleno; morir de miedo, de ganas, de vergüenza; asquearse hasta los huesos, vomitar sin pena; calar las bayonetas, izar bandera humana; morir sin protestar y protestar por los que mueren; hacerse añicos, partirse en dos; apuñalar de amor la tarde antes que sea demasiado tarde.
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Aspiro a que de mi pecho salga algo más que un alarido lastimero.
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La metáfora es una imagen (es decir, una relación) emplazada en la frase, mientras que la alegoría es una imagen emplazada en la situación narrativa o en el argumento.
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El reto de la novela es describir procesos vitales; para ello, a veces es necesario “descender” al nivel de las situaciones y de las acciones –es decir, al nivel de lo concreto–, pero a menudo la mirada del narrador debe emplazarse a cierta distancia espacio/temporal, como un halcón solitario que mira e interpreta, conoce y descifra la vida de los personajes.
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Los cuentos son un asunto de iluminación instantánea: se dan o no se dan; vienen completos o se frustran. Las novelas, por el contrario, requieren de un lento proceso de elaboración y maduración, y precipitarse en su escritura a menudo nos conduce al extravío.
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Ante un buen cuento, uno siente que cada párrafo puede ser el primero.
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La “obsesión por la simetría” hasta en los cuentos. Se exige una “redondez”, una cierta “linealidad”, etc. Pero ¿qué tal los cuentos “asimétricos” de Salinger, de estructura totalmente impredecible, cuyas leyes parecen modificarse durante el desarrollo de la historia?
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Un relato trasciende lo anecdótico cuando la narración nos sugiere o propone relaciones que llevan la historia más allá de sí misma, es decir, más allá de sus referentes internos. En ese sentido, un relato es siempre una síntesis: se trata de decir más de lo expresamente dicho; de expresar un universo mayor con los elementos de un micro-mundo.
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Ayer, drogado, pensé solemnemente: “No partir de las palabras, llegar a ellas”. Divertido: estoy de acuerdo.
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Escribo porque no sé hacer otra cosa para conjurar el miedo. Pero esta es una evasión sutil: mitad huída y mitad enfrentamiento, fuga y careo. La escritura es una tauromaquia: el toro es el miedo, el escritor el torero.
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Hay –quién se atreve a negarlo– un componente autoerótico en la escritura literaria. Uno se eriza, se roza en las palabras. Busca la soledad y el silencio para explorarse indistintamente el Gran Falo y el Gran Agujero.
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¡Es necesario escribir con todo el cuerpo!
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Sólo siento que realmente estoy viviendo cuando escribo con regularidad. Todo adquiere otra intensidad, otro relieve; en cierta forma, es como si al calor de las fantasías la vida despertara; como si, fecundadas por la imaginación, nuevas zonas, texturas y colores de la realidad, se hicieran visibles.
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Es de la confrontación a la que uno se somete, del torrente de la duda proyectado sobre el mundo y lo que ha sido dado como cierto, de donde brota la chispa, el pathos que da vida e ilumina la obra literaria que respira.
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Sólo una íntima, secreta fe o confianza, puede hacerte persistir en este oficio en el que todo es incierto, contra el que todo atenta.
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Antes de escribir una obra, también hay que afinar la voz, encon­trar el tono.
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¡Quita la grasa de tus escritos!
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Sin la escritura ando a tientas, porque con la escritura me tiento, me toco, me palpo. Me escarbo y me doy forma. Domestico, amanso el potro de mis pensamientos y de mis sentimientos, que de otra forma galoparían invisibles como el viento. Como cualquier verbo, escribir es una acción: pone en marcha, en danza, en movimiento, la energía del ser: articula, orquesta, armoniza y proyecta… Con la escritura conjuro el vacío, el gran agujero de la nada, y en las palabras que emerjen reconozco un destello, una imagen fugaz de lo que, sin saberlo, soy… Así, escribo como quien talla un bloque de piedra esperando encontrar ahí la escultura que sospecha.
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Sólo cabalgado en la mentira alada de una historia, precipitándose en ella como una bola de nieve que crece y lo arrasa todo a su paso –el pudor, la sensatez, y aún el límite sagrado de lo verosímil–, sólo así, digo, puede el narrador existir y tener al lector a su lado, latiendo y respirando al unísono.
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Uno puede decidir cuándo va a escribir una novela, pero un cuento impone cuándo ha de ser escrito.
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El cupo para la posteridad está lleno: yo deseo cierto reconocimiento, ahora.
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Escribo en una búsqueda desesperada de legitimidad social.
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Los personajes inventan al narrador al menos tanto como éste a aquellos.
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Lo peor que puede pasarle a un escritor es volverse sensato.
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Rebusco entre mis papeles viejos: a medida que avanzo, aumenta la desesperanza y crece la sospecha de que lo que busco no está ahí; entonces comprendo que se acerca un nuevo momento de escribir.
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Parte del oficio es exponerse, tanto como sea posible, a situa­ciones y emociones nuevas.
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Aunque escribo mucho, mucho menos que antes, tengo la convicción de que estoy, de verdad, “haciéndome escritor”. ¿De dónde nace mi convicción? Del peso que de pronto tienen las palabras.
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Me divierte que sea ahora, tantos años después, cuando vengo a tomar conciencia de que soy un pésimo escritor, y que cada página que escribo debo rehacerla cuatro o cinco veces antes de sentirme mínimamente satisfecho.
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De nuevo el renovado amor por el oficio, el deseo vertiginoso de fundir en vidrio las palabras, desbocarme cerro adentro, hacia la piel del asombro, las íntimas tinieblas. Verbo convocado, inminente, haciéndose esperar como la lluvia de esas nubes densas. Desarrapado anhelo de vencer el vacío, de trasponer el umbral, de verterse.
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Aviso a los desprevenidos: la soledad, la meditación, el silencio, son absolutamente indispensables para la creación artística. Sin diálogo interior, sin atención a los propios procesos, resulta imposible la palabra, la imagen o el acto revelador y significativo.
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No es uno quien hace la obra, es ella la que se hace a través de uno. Se trata de un pacto de fidelidad y compromiso: nadie más en el mundo puede escribir lo que vos. Si no lo hacés, esas visiones, esos personajes y esos sueños, se perderán para siempre en la oscuridad.
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Ahora, cuando soy más conciente de mi ansiedad y de mi angustia, se vuelve a abrir como una llaga la pregunta de qué voy a hacer con ellas… Hacer de la angustia un arte, de la ansiedad el motor de mi trabajo creador, es mi propósito y mi única posibilidad de salvación.
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Escribir ha sido, en mi caso, la consecuencia de mis dudas y, sobre todo, de mis dilemas.
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La imagen del cuentista es: el encantador de serpientes.
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Si la economía del lenguaje se postula como precepto estético, el paradigma de la obra literaria sería el silencio. La literatura es lenguaje, es pala­bra. Quien no lo acepte así, rápidamente se verá obligado a callar.
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La novela sucede en la mente del lector. Escribir es producir, orientar y dirigir una experiencia mental. Así, lo que uno escribe es siempre un guión. El arte del narrador es despertar la imaginación del lector.
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Puedo vender horas de trabajo, pero no mi palabra.
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En la narrativa están mis sueños y mis fantasías; en la poesía, mi vida.

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Por Rodrigo Soto

Escritor y productor audiovisual. Estudió Filosofía en la Universidad de Costa Rica. Ganador del Premio Nacional de Cuento "Aquileo J. Echeverría" en dos oportunidades.