Rodrigo Soto, Escritor y cineasta.

A los artistas nunca se les queda bien. Siempre están molestos o quejándose por algo; siempre están buscando el lunar en la sopa y la mosca en la mejilla; siempre están inquietos o inconformes, irritables o furiosos. En las reuniones, suelen apartarse y mirar con avidez o desconfianza, o por el contrario, resultan energúmenos que no conocen límites para el baile, la bebida o los demás placeres. Son excesivamente callados o de una locuacidad exasperante. No conocen los términos medios –ni siquiera cuando comen carne-.

Descentrados y un poco excéntricos, arrebatados, rotos, los artistas son los aguafiestas en el festín de los poderosos y los que quieren convencernos de que todo marcha bien, los que viven diciéndonos que soportemos, que votemos por ellos, que sigamos siendo buenos porque el año entrante o cuando ellos decidan será todo mejor, maravilloso y bello. Los artistas son fermento pero también esperanza. Son de los primeros en apuntarse a las revoluciones, pero también de los primeros en abandonarlas. Por eso siempre los están matando.

No es que sean indiferentes a la belleza del mundo, ni que ignoren que la vida es un regalo único: por el contrario, diría que pocos tan sensibles como ellos. Pero están convencidos de que verdad y belleza van de la mano.

Y hay verdades duras, como la muerte, el dolor y la enfermedad; verdades amargas como la mezquindad y el egoísmo; verdades terribles como la maldad incubada por el odio; verdades ruines como la traición, y dolorosas como la decrepitud y el olvido; en fin, sabemos de sobra que la verdad no siempre es agradable. Pero aún las verdades más terribles, miradas a los ojos y de frente, revelan un destello de secreta hermosura, pues entonces podemos elevarnos sobre ellas y afirmar lo mejor de nosotros mismos.

En otras palabras: el artista no persigue la belleza sino la verdad, pero su búsqueda conduce a la belleza, porque nos revela que somos el odio y la posibilidad de trascenderlo, la traición y la posibilidad de la lealtad, el egoísmo y la posibilidad siempre abierta de encontrarnos.

No es que los artistas no mientan. Por el contrario, a menudo son grandes mentirosos; pero la mentira del arte –el artificio o la invención-, apuntan siempre a una verdad más honda. Lo detestable es la mentira que envilece, la mentira que corrompe, destruye, deforma, falsea y denigra lo humano. Y de ella, según nos enseña esa raza de artista como Dostoievski, Cortázar, Kundera, Picasso, Klee, Rivera, Satie, Kahlo, y tantos, tantos otros que admiro y amo, nadie está a salvo.

Lo dijo de modo insuperable Ernest Hemingway: “el verdadero, el único requisito para ser un escritor, es tener un buen detector de mierda.” Y más amigablemente, el japonés Kenzaburo Oé: “La segunda tarea más importante de la literatura es crear mitos. Pero la primera, y más importante, es destruirlos.” Yo haría extensivas ambas afirmaciones a todas las artes y a todos los artistas.

Desafortunadamente, vivimos en un mundo en el que muchas, demasiadas cosas, están podridas y huelen mal. La mentira, el engaño y la manipulación son monedas de pago. Por eso, a menudo escuchamos la risa burlona, los arrebatos de furia y los lamentos amargos de los creadores.

No es bonito que nos recuerden a cada paso lo que no anda bien, sobre todo cuando ese alguien no tiene autoridad, prestigio ni poder, ni sale en las revistas de moda ni anda en Mercedes Benz, y según dicen las malas lenguas, ni siquiera trabaja, y si lo hace, no gana bien… En fin, ¿qué demonios se creen esos melenudos para andar aguándonos la fiesta a las personas decentes?

Si alguna autoridad tiene el artista, es la de realizar esta búsqueda en su propio ser. Puede mirar y denunciar la mentira y la fealdad porque la reconoce y combate en su interior. El artista es un laboratorio ambulante, su vida es un experimento y su obra máxima. Al hacer de esta búsqueda un trabajo público, si un artista se engaña resulta grotesco. A veces los artistas se parecen a Pinocho, porque a ojos vistas les crece la nariz. Siendo, como suelen ser, vanidosos hasta la exasperación, el precio que pagan por hacer trampa es el de transformarse en monstruos afectados y ridículos.

Es verdad que a los artistas a veces los compran con embajadas y otros puestos, y los hay que terminan convirtiéndose en bufones o escribanos a sueldo, pero por cada uno de esos, aparecen muchos otros indóciles, molestos e inconformes.

Porque alguien tiene que hacer ese trabajo. Alguien tiene que decirnos que vivimos un sueño si creemos que todo marcha bien; alguien tiene que revelarnos la dignidad y la belleza de la insaciable búsqueda humana de la verdad, por dolorosa o terrible que esta sea; alguien tiene que recordarnos que la caca y la basura siguen aquí, dentro y con nosotros, y que nuestra vida será lo que hagamos con ellas, pues por más estaciones orbitales que se construyan, pasará mucho tiempo antes de que nos podamos ir. ¿A dónde?

Por Rodrigo Soto

Escritor y productor audiovisual. Estudió Filosofía en la Universidad de Costa Rica. Ganador del Premio Nacional de Cuento "Aquileo J. Echeverría" en dos oportunidades.