Rodrigo Soto, Escritor y cineasta.

Recuerdo haber leído, hará cosa de 10 años, un texto/poema sobre la rutina miserable y desesperanzada de los jóvenes cuyo único horizonte era (y es) el trabajo en los call-center de servicio al cliente que proliferaron en Costa Rica a partir de los años 90 del siglo pasado, y que hoy son, para muchos, la única opción laboral.

El poema, anónimo, estaba en plena calle, impreso en grandes letras sobre las latas de una cerca perimetral, exactamente sobre la Avenida Central, no lejos de la Asamblea Legislativa, en la hoy célebre zona de bares del barrio La California. Quise tomarle una fotografía para conservarlo, pero por alguna razón no lo hice. Hoy, hablando de este tema con una querida amiga, me dijo que a ella también le llamó la atención el texto y que lo fotografió y lo colocó en su Instagram. Me envía el enlace y para los perezosos, lo transcribo:

De call center en call center

Me pasé mis veintes de call center en call center,

el headset me pesaba, gasté la tecla enter,

Empleado del mes, amable y eficiente,

mejoré mi inglés, fui buena gente y buen agente.

Me pasé mis veintes de call center en call center.

Hice sobretiempo un 25 de diciembre,

comí en mi puesto un pavo frío como Alaska

di respuesta a cientos de clientes arrogantes de Nebraska.

Di vueltas en círculo en la cárcel del cubículo,

les leía sus términos, automático y ridículo.

En días lentos de culo y ambición dormidos

soñaba que me iba levitando

pero seguía encerrado en una nevera

oyendo gringos gritando.

Voces de infelices que no entendían mi acento

Servil atento a los reclamos más violentos

mis orejas se hincharon y no quedaron contentos.

La culpa no era mía, pero tampoco era de ellos,

yo representaba a las peores compañías,

de esas que quieren patentar la luz del día,

esas que convirtieron al vaquero en consumidor

y en vez de quemar Wall Street pide un supervisor.

Las llamadas siguen cayendo, el que contesta no soy yo,

yo no ando en malas compañías, otro gringo grita

el cliente siempre tiene la razón.

Más allá de esto, hasta donde sé, los call-center todavía no existen en la literatura costarricense, o quizás mejor decir, apenas existen todavía en la literatura costarricense. Desde luego, no me refiero aquí a las vehementes diatribas contra ese tipo de enclave productivo y lo que representan -pues de esas seguramente hay muchas-, sino más bien a lo que es relevante y significativo de la literatura, donde reside su verdadero aporte y especificidad: la recreación de la experiencia, con su impacto en los distintos órdenes de la vida individual y colectiva, tal y como lo hizo, por ejemplo, la literatura de las bananeras de los años 40 y 50 del siglo pasado.

En otras palabras, me aporta poco saber que Fulano o Mengana consideran una aberración neocolonialista los call center y todo el modelo económico del cual son fruto, pero pueden aportarme mucho las palabras de quienes, habiendo vivido esa experiencia o conociéndola de cerca por otros medios, la recrean para que así otros sepamos de ella y lleguemos a nuestras conclusiones.

Pero, ¿no existen acaso los call center en nuestro país desde hace más de dos décadas, más bien tres, y no han pasado por sus estrechos cubículos iluminados con luces de neón decenas de miles de jóvenes costarricenses y extranjeros, muchos de los cuales terminaron de hacerse adultos trabajando ahí? ¿No han sido acaso los call center el último refugio laboral para centenares y miles de adultos expulsados de otras opciones menos brutales del mercado? ¿No son acaso los call center un emblema de la Costa Rica que empezó a emerger en los años 90 del siglo pasado, y que, junto con las empresas de alta tecnología de las zonas francas, constituyen hoy un elemento fundamental de la economía de este país, y por lo tanto de la vida, las costumbres y los modos de vivir, de pensar, de sentir y de relacionarse de muchos costarricenses? Sin duda, la respuesta a todas esas preguntas es afirmativa. Entonces, ¿por qué los call center no existen en la literatura costarricense, o apenas existen?

Pienso, por decirlo de alguna forma, que el correlato literario de la realidad siempre está desfasado temporalmente de la realidad de la que surge y se nutre. A veces la literatura se anticipa a los hechos -como en la literatura de ciencia ficción o de anticipación política (piénsese en “1984”), pero más frecuentemente deben pasar algunos años, algunas décadas, para lo vivido tome forma y se convierta en algo comunicable, compartible. (Admito que hay excepciones, como la que al calor de las luchas políticas de los años 70 y 80 del siglo pasado solía llamarse “literatura de emergencia”, pero también otras sin los fines doctrinarios de la primera, como “American Psycho”, de Bret Easton Ellis, sobre los yuppies, los años 80 y la cocaína en Nueva York.)

Estoy seguro de que la vida y miserias de los call center, de las tecnológicas de zona franca y todo lo relativo al fenómeno de la globalización económica, llegará algún día -pronto, creo- a las páginas de nuestros libros y a las pantallas de nuestros teléfonos y computadoras, pues aunque todo cambia, hay cosas que permanecen, como es la necesidad de dar forma -con imágenes, palabras, representaciones escénicas, etc.- y comunicar nuestros anhelos, esperanzas, dichas y miserias… Y para eso están la literatura y todas las artes.

Por Rodrigo Soto

Escritor y productor audiovisual. Estudió Filosofía en la Universidad de Costa Rica. Ganador del Premio Nacional de Cuento "Aquileo J. Echeverría" en dos oportunidades.