Rodrigo Soto, Escritor y cineasta.

De los marnos sabíamos por historias y leyendas que contaban los abuelos, pero nunca nadie había visto alguno. Por eso, la noticia de que dos marnos habían llegado a San Gerardo de Dota se esparció como reguero de pólvora y nos dejó alelados. ¡Marnos! ¿Entonces, de verdad existen?
Quien trajo la noticia hasta acá fue Chón Quesada, que regresando de San José, pasó una noche en San Gerardo y así se enteró. Lo primero que quisimos saber fue si había logrado verlos; sin ocultar su frustración, él confesó que no, pues había llegado a San Gerardo muy tarde, cuando los marnos descansaban en un aula de la escuela. Agregó que había ido hasta allá con la esperanza de verlos, “aunque fuera de pasadita y a través de la ventana”, pero cuando llegó, la escuela estaba a oscuras y rodeada de gente que se había acercado con la misma intención que él. De todos los ahí presentes, solo Lola Pérez los había visto esa tarde, eso sí, puntualizó Chón, “ligerito y desde lejos”, y añadió venenoso: “pero ella se daba grandes ínfulas por ser la única que había logrado verlos.” Chón detesta a Lola porque, de jovencillos, él la pretendió y ella no quiso nada con él.
En casa, todos nos moríamos de ganas de ir a San Gerardo para ver a los marnos, pero en esos días estábamos muy atareados con la socola del bajo del río y ni siquiera se lo planteamos a Tata. Tuvimos que contentarnos con lo que los vecinos nos iban contando.
Así supimos que los marnos llegaron a San Gerardo después de extraviarse en la montaña. Según parece, se dirigían a San Isidro del General, pero en algún punto del camino se desviaron de la trocha y anduvieron varios días a la buena de Dios. Tuvieron suerte de que no les saliera el tigre ni se despeñaran en uno de estos barrancos. Llegaron muertos de hambre y morados de frío y, para sorpresa de todos, bebieron aguadulce y comieron gallopinto y tortillas con queso como nosotros. Parecían muy agradecidos.
Al día siguiente, mucha gente del pueblo y los alrededores fue a conocerlos. Al principio los marnos parecían incómodos, incluso asustados. La gente se preguntaba cómo podían asustarse de nosotros, si éramos nosotros quienes debíamos temerles, pues en las historias que contaban los abuelos, los marnos siempre son codiciosos, traicioneros y ladrones. Después de un rato parecieron tranquilizarse y dejaron que la gente se acercara a tocarlos. Según dicen, a ratos hasta sonreían a los chiquillos.
Como al tercer o cuarto día en San Gerardo, los marnos manifestaron con gestos su deseo de partir, pero de la misma forma, valiéndose de gestos, la gente del pueblo les pidió que se quedaran un tiempo más. Ellos se comunicaron en su lengua incomprensible y, después de un rato, dieron a entender que estaban de acuerdo.
Desgraciadamente, en esos días no había nadie que pudiera responder a las preguntas que todos nos hacíamos sobre los marnos, pues era época de vacaciones y el maestro no estaba en San Gerardo.
El padre Otoniel llegó ese sábado y se fue el domingo a media tarde, después de oficiar tres misas, como era lo habitual. No disimuló su malestar por la presencia de los marnos en el pueblo, pero tampoco soliviantó los ánimos contra ellos. En el sermón de la mañana, se refirió al deber cristiano de hospitalidad, pero dio a entender que este tiene límites y termina cuando alguien abusa de él.
Al iniciar su segunda semana en San Gerardo, los marnos habían aprendido algunas palabras de español –“buenos días” y “mucha lluvia” y “gracias” y “vaya con Dios”-, y ya no despertaban tanto miedo ni curiosidad como al principio. La gente ya no iba a verlos a la escuela y ellos se aburrían.
Empezaron a andar por el pueblo y luego un poco más allá. Saludaban y sonreían a los desconocidos con los que se cruzaban en el camino. Una tarde le ayudaron a Matías Cruz a enderezar su carreta en el camino, luego de que a esta se le partió el timón y estuvo a punto de desbarrancarse; otro día se unieron a un grupo de hombres que arreglaban el puente de hamaca por donde Isaías Soto.
Entonces empezaron las habladurías: que ya iba siendo hora de que se fueran, que se los veía muy a gusto por estos lares, que a la gente uno le ofrecía la mano y rapidito agarraba el codo; que habiendo tanta tierra baldía por aquí, en una de esas se les ocurría quedarse… Que bien lo decían los cuentos de los abuelos: primero llegaba uno, y detrás venía una tropa; que en realidad, no podía confiarse nadie…
No supimos la forma en que se los dijeron o se lo dieron a entender, pero el siguiente domingo, cuando llegó el padre Otoniel, los marnos ya no estaban aquí. Y nos quedamos con las ganas de verlos.
Imagen: Marc Chagall. “El Mito de Orfeo.”
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Por Rodrigo Soto

Escritor y productor audiovisual. Estudió Filosofía en la Universidad de Costa Rica. Ganador del Premio Nacional de Cuento "Aquileo J. Echeverría" en dos oportunidades.