Rodrigo Soto: Regreso

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Rodrigo Soto, Escritor y cineasta.

Tan pronto se abrió la compuerta, me envolvió una bocanada de aire húmedo y caliente, como si hubiéramos llegado al infierno. Me recriminé por ese pensamiento y acaricié la urna con las cenizas de papá, como disculpándome con él. Minutos antes nos habían informado que en eran las diez y veintidós de la mañana, hora local de Malabo; yo viajaba en los asientos traseros del avión y la fila para desembarcar apenas avanzaba. Durante el vuelo no había dormido nada; a mi lado venía un adolescente español que se entretuvo jugando con su teléfono celular durante la mitad del vuelo, y el resto durmió a pierna suelta. Fue un alivio: bien advertida estaba sobre los peligros de hablar con extraños; el gobierno tiene lacayos y adeptos y las redes de la policía secreta se extienden hasta España.

Agradecí a las asistentes de vuelo que nos despedían junto a la puerta; cuando pisé la escalera, ya estaba sudando.  Me hice a un lado para dar paso a los pasajeros que venían detrás y me detuve a mirar. ¡Después de quince años, estaba de regreso en mi país! La intensidad de la luz y el verde de las montañas me habían sobrecogido durante las maniobras previas al aterrizaje, pero ahora los colores se habían concentrado. Me embargaban sentimientos contradictorios. Cuando nos refugiamos en España, mi padre juró que no regresaría al país mientras Obiang fuera presidente; jamás imaginó que moriría sin haber visto ese día. Ahora yo volvía para depositar sus cenizas en las faldas de la Caldera, en Bioko sur. Fue su última voluntad.

El oficial de migración estampó el sello de entrada sin haberme mirado a los ojos ni dirigido la palabra; los de aduanas me preguntaron por la urna que cargaba en mis manos y me pidieron pasarla por el escáner. Les mostré los papeles que certificaban su contenido, pero ellos insistieron en que debía hacerlo. No quise contrariarlos. Después de asegurarse de que todo estaba bien, me la devolvieron y me invitaron a seguir sin hacer ningún comentario.

Le había dicho a mis primos que no se molestaran en venir a buscarme, tomaría un taxi. La terminal estaba abarrotada de gente que gritaba ofreciendo servicios o llamando a familiares que llegaban en mi vuelo; rechacé a varios chiquillos que se ofrecieron a cargar mis maletas me alejé del bullicio hasta dar con un hombre canoso que fumaba plácidamente reclinado contra la puerta de un coche.

   – ¿Taxi, señora?

No lo pensé dos veces. El hombre se apresuró a apagar su cigarrillo, me abrió la puerta trasera y depositó la maleta en la cajuela. Quiso hacer lo mismo con la urna, pero lo rechacé indicándole que la llevaría conmigo.

   – ¿A dónde vamos? -me preguntó, ya instalado en su asiento, mirándome por el espejo retrovisor.

El viaje hacia Luba dura alrededor de hora y media; aunque no pasamos por el centro de Malabo, pronto me asaltaron las evidencias del boom petrolero que estalló en el país poco después de que nosotros nos marchamos.  La vía estaba pavimentada y el chófer me habló de los planes de convertirla en una moderna autopista. Entre las casas miserables sobresalían algunas con piscina y vista al mar.

Por el vuelo en que llegué, el conductor adivinó que venía de España. Me contó que tenía dos sobrinos en Alicante; habían marchado siendo muchachos, diez años atrás. Uno había ingresado a la universidad y ahora era ingeniero; el otro seguía trabajando en la construcción, como al principio. Naturalmente, quiso saber sobre mí. Debía ser reservada, pero tampoco quería mostrarme hostil, así que le conté que era enfermera y que era la primera vez que regresaba al país. Eso pareció emocionarlo mucho. Desde luego, habló de cuánto habían cambiado las cosas con el petróleo. Pasábamos en ese momento frente a una escuela: decenas de chiquillos correteaban malvestidos y descalzos tras un balón de tela. Sin disimular mi ironía, le hice ver que había cosas que, sin embargo, parecían no cambiar. Él captó el sarcasmo y me dio la razón. Me sentí un poco más tranquila.  Luego preguntó por el motivo de mi viaje. Cedí al impulso y le conté del último deseo de mi padre. Eso pareció conmoverlo y durante un largo trecho condujo en silencio.

***

Llegué a Madrid siendo niña y, mientras crecía, me nutrí del amor y la nostalgia de mi padre por Bioko, también de su odio contra el dictador. Mis recuerdos infantiles de la isla son escasos: las montañas intensamente verdes que ahora reencontraba, los pescadores que regresaban muy temprano por las mañanas en sus botes a la playa, las calles de Luba llenas de fango y de polvo, mis primos y algunos chiquillos de nuestro vecindario. Eso era todo.

Cuando llegamos a España, mi país era demasiado insignificante para importarle a nadie, y la brutalidad de Teodoro Obiang se consideraba un rasgo folclórico de las costumbres salvajes del dictador de un remoto país africano, tan absurdo y pintoresco como Idi Amín Dada y tantos más. Poco después se descubrieron los yacimientos petrolíferos y se iniciaron las explotaciones; entonces Guinea Ecuatorial se volvió demasiado importante para que las potencias occidentales hicieran mohines por esa minucia de la democracia: los negocios surgían por doquier y lo único importante era no quedar fuera del festín de millones: carreteras, edificios públicos, puertos marítimos y aeropuertos… todo, férreamente controlado por el dictador, sus familiares y su gente de confianza.

Desde que pusimos un pie en España, papá y mis hermanos se unieron a los grupos de oposición en el exilio; yo seguí sus pasos cuando tuve edad. Mientras estudiaba en la universidad, traté varias veces con funcionarios europeos y norteamericanos que parecían convencidos de que sus países encarnaban y defendían los valores democráticos, pero cuando les mencionabas su respaldo al sanguinario dictador de mi país o al despótico régimen saudí, empezaban a tartamudear y balbuceaban la palabra “geopolítica”. Naturalmente, los más convencidos de su misión civilizadora eran los funcionarios de bajo y mediano rango; cuanto más ascendías en la escala, más fríos y cínicos se mostraban, aunque al final siempre retomaban el argumento de que era preferible estar bajo la égida de Occidente, que bajo la de los tramposos rusos o la de los despiadados chinos…   Yo hacía esfuerzos para no vomitarme, no porque albergara alguna esperanza sobre la bondad intrínseca de los rusos o los chinos, sino por su doble moral a prueba de balas y por su fe absurda en la misión civilizadora de Occidente.

Mi padre era un hombre de menos de treinta años cuando la Independencia; siempre que recordaba su vida en Guinea, utilizaba los viejos nombres coloniales: Santa Isabel, por Malabo; San Carlos, por Luba…, o al menos los utilizaba indistintamente con los que impuso Macías tras la Independencia. Inevitablemente, papá asociaba los nuevos nombres con las desventuras de aquella dictadura. Mi hermano mayor nació en 1968, y los demás lo hicimos ya en un país independiente; para nosotros, los nombres coloniales son vestigio de un pasado que no conocimos y no existen en nuestra memoria.

Aunque nacido en Bococo, mi padre hablaba a menudo de sus años de juventud en las faldas de la Caldera, muy cerca de donde hoy está el pueblito de Musola. Ahí trabajó para una familia catalana propietaria de una finca dedicada a la extracción de maderas y al cultivo de cacao; antifranquistas rabiosos, fueron ellos quienes le inculcaron los ideales democráticos que más tarde lo llevaron al exilio.  Nunca supe por qué motivos mi padre se marchó de Bococo; jamás nos habló de su familia ni tuvimos relación con ellos.

Mi madre era nativa de Luba. Miembro de una familia de pescadores, conoció a mi padre en uno de sus días libres, cuando él bajaba al puerto a hacer las compras y a veces a emborracharse. Tras el matrimonio se establecieron en Luba; ahí vivíamos muy cerca de nuestros abuelos y tíos maternos, y los chicos crecimos sin hacer mayores distinciones entre hermanos y primos. Nada de esto cambió tras la muerte de mamá, víctima de una infección uterina cuando yo tenía tres años. En cambio, mi padre sí cambió mucho. Luego comprendí que responsabilizaba al gobierno por aquella muerte prematura, pues un sencillo tratamiento médico la hubiera salvado, pero eso era impensable en aquellos años, y lo sigue siendo todavía hoy para muchos. A partir de entonces papá se radicalizó y asumió responsabilidades y riesgos cada vez mayores en el movimiento de oposición a Obiang, que tras deponer y fusilar a su tío en 1979, ya había mostrado sus colmillos de tirano y traicionado cualquier esperanza de democratización.

En 1991, tras uno de los supuestos intentos de golpe de Estado que inventa el tirano cada vez que necesita recordarle a la población su régimen de terror, mi padre supo que venían tras él y logró refugiarse en la Embajada de España en Malabo. Mis hermanos y yo lo seguimos pocos días después. Para nosotros, la adaptación a España fue un reto enorme, pero no una tarea imposible, como resultó para él.

No pasaron muchos años antes de que mis hermanos se marcharan de Madrid a buscarse la vida en otras ciudades; los dos mayores terminaron en Tarragona; Sergio en Bilbao y Antonio, tres años mayor que yo, en Valencia. Yo quedé sola con mi padre. Conforme envejecía, él se llenaba de nostalgia, “como un estuario cuando sube la marea”, leí en alguna parte. Yo lo veía resistirse y batallar, pues entregarse a la nostalgia hubiera significado aceptar el despropósito de la independencia y lo inevitable de la sujeción colonial.

Desde que llegamos a España, nos mantuvimos en contacto con la familia en Luba. Yo, particularmente, no dejé de escribir y de llamar a mis primas Paloma y Trini; lo hice cuando murieron los abuelos y las mayores de mis tías, también para algunas Navidades y para sus bodas. Cuando murió papá y surgió el viaje para cumplir su última voluntad, no dudé en contactar a Paloma, ni ella lo dudó un instante para recibirme en su casa.

***

Al salir de una curva muy cerrada, la pequeña Luba emerge ante mis ojos y el corazón me da un vuelco. Basta mirarla un momento para despertar los recuerdos del viejo puerto y de las calles y edificios frente al paseo marítimo. De no ser por la maquinaria y el movimiento de tierras a lo lejos, se diría que nada ha cambiado. El taxista me explica que se trata del nuevo puerto petrolero en construcción. La carretera desciende zigzagueante hasta el nivel del mar y, poco antes del ayuntamiento, doblamos hacia el barrio Montserrat. El recorrido se me hace ridículamente corto; mis recuerdos infantiles lo habían magnificado.

En casa de Paloma me esperan los primos y los tíos que todavía viven. Las palabras, los abrazos y los besos revelan sentimientos encontrados: por un lado, ellos deben expresar sus condolencias por la muerte de papá (la urna con sus cenizas es motivo de especial curiosidad entre los niños), pero del otro, la alegría por el reencuentro nos embarga. Luego, los primos me presentan uno a uno a sus hijos, que no disimulan su ansiedad por recibir los regalos que traigo para ellos.  Se trata de cosas sencillas, pero ninguno se va con las manos vacías y todos quedan contentos. Dichosamente, la tarde está soleada y no amenaza lluvia, pues Paloma y su marido han preparado en el patio una gran olla de pescado con yuca y ñame. Yo aporto un litro de ron haitiano que había comprado en el aeropuerto de Madrid, recibido con grandes muestras de aprobación por mis primos.

Mientras paladeamos la sopa, intentamos hacer un recuento de la situación de los que vivimos en España y de los que quedaron acá. Tanto ellos como yo queremos detalles: ¿Tengo novio? ¿Se casaron mis hermanos? ¿Cuántos hijos tienen? ¿Es fácil conseguir un trabajo allá? En la mirada de los más jóvenes, advierto la férrea determinación de marcharse del país. Tal y como mi padre y sus contemporáneos soñaron con la independencia, ellos sueñan con largarse de aquí.  Poco antes del anochecer, tras casi 40 horas sin dormir, me vence el cansancio y me retiro a descansar.  Paloma me ha preparado el cuarto de sus hijos, que dormirán con ellos mientras yo esté aquí. Es un dormitorio pequeño y muy sencillo que, como todo lo demás, me transporta a mi propia infancia.

Me despierta el griterío de los pájaros y la claridad temblorosa del alba. Tras unos instantes de confusión, recuerdo donde estoy y me invade el deseo irreprimible de ir al mar. Permanezco tendida en la cama mientras el día termina de instalarse, y luego, tratando de no despertar a nadie, me visto y salgo al patio. ¡El aire es tan limpio y la luz tan transparente! Reconozco el canto de algunos pájaros, pero no logro recordar sus nombres. Camino hacia la calle principal y luego me dirijo al puerto. Algunas mujeres se dirigen a la playa a recibir a sus maridos que vuelven de pescar durante la noche; dos o tres responden a mi saludo, otras me miran sin decir palabra.  Es una caminata de quince minutos como mucho.

En el paseo marítimo busco el sitio donde solía sentarme cuando niña a ver el mar, junto al muelle. De pronto, me doy cuenta de que estoy llorando. No es un llanto doloroso, tampoco dulce; ambas emociones se mezclan.  Pienso en mi padre, por supuesto, que murió sin volver a esta tierra que tanto amó, pero también en mis hermanos y en todos los que hemos tenido que marcharnos para aprender a mirarla con ojos nuevos: no solo como una prisión o una aplanadora de sueños, sino también como una posibilidad y una promesa sin cumplir. Al abandonar el país, creamos un futuro para él, pues nos sustraemos a la desesperanza y el escepticismo que reinan aquí.  Permanezco mirando el mar no sé cuánto tiempo, y de la misma forma en que había empezado a hacerlo, sin darme cuenta, el llanto cesa. El sol ya ha asomado detrás de los cerros.

Emprendo el regreso por el mismo camino, pero después de la iglesia de Montserrat me desvío por la calle del río. Aquí se han construido muchas casas; mientras camino, intento hacer un inventario de las nuevas y las viejas. El movimiento de gente es ahora mayor; algunos niños se bañan en los patios y otros parten, uniformados, rumbo a la escuela.

A lo lejos distingo la casa de los Besari. Ángela y su hermano Adrián crecieron con nosotros; curiosamente, nunca, desde que me fui de Luba, volví a pensar en ellos, y solo ahora caigo en cuenta de mi olvido. Enseguida recuerdo al resto de la familia: sus padres y los hermanos mayores. Adrián era algunos años mayor que Ángela y, en mi inocencia infantil, yo me sentía vagamente atraída por él.

No es necesario llegar hasta la casa para descubrir su abandono: parte del techo se ha desprendido y la maleza lo invade todo. De pronto me parece ver a alguien ocultándose entre la vegetación. Mis sentidos se ponen alerta y avanzo despacio para sorprender al intruso. Debemos estar a quince o veinte metros de distancia cuando él se voltea y reconozco a Adrián Besari. Parece un muchacho: alto, fuerte, fibroso. Se ha convertido en un hombre muy hermoso. Mirándolo, apenas puedo creer que sea mayor que yo. Él también me reconoce, pues su expresión se ilumina de repente.

   – ¿Elba? -pregunta-. ¿Elba Moquiso?

   – ¿Adrián? -respondo como si se tratara de un código secreto-. ¿Adrián Besari?

Estallamos al mismo tiempo en una carcajada y corremos a abrazarnos. Tan pronto nos separamos, me pregunta:

   – ¿Sabes qué pasó? ¿Por qué no hay nadie?

Le explico rápidamente que llegué apenas ayer y que no sé nada de su familia.

   – ¿Y tú? -le pregunto-. ¿De dónde vienes, dónde has estado?

Sin entrar en detalles, me cuenta que también ha estado de viaje. No me da ocasión de preguntar más, pues en seguida agrega:

  – Necesito entrar, no tengo otro lugar donde quedarme, pero la puerta tiene un candado.

Entonces recuerdo que Ángela tenía una forma de salir y volver a entrar por el patio trasero, que usaba para unirse con nosotras cuando la castigaban.

   – Creo que puedo ayudarte -le digo.

Lo tomo de una mano y, escabulléndonos entre la maleza, rodeamos la casa hasta llegar al sitio; ahí le muestro dos latas de chapa mal clavadas que, al empujarlas, abren espacio suficiente para que pase una persona. Adrián las empuja, invitándome a entrar. Lo hago sin chistar; una vez adentro, tiro de las latas para que entre él.

El patio interior también está cubierto de maleza. En una esquina, descubro el árbol de limonero que Ángela y yo plantamos en primer grado de la escuela. Adrián va directamente hacia la puerta que desde el patio da a la casa; bastan un par de empujones para que ceda. Lo veo perderse en la penumbra del interior y entonces me dirijo hacia el limonero. Creció hasta una buena altura, el tronco reseco y quebradizo permanece como testigo de que en algún momento dio frutos, pero ahora se ha secado a consecuencia de alguna plaga. Limpio la maleza alrededor del tronco y descubro con infinito alivio que algunos retoños brotan de las raíces. ¡Está vivo!

Pronto caigo en cuenta de la hora. Paloma sin duda estará preocupada, esperándome para desayunar. Llamo a Adrián para decirle que debo irme, pero él no responde. Asumo que, lo mismo que yo, debe estar conmocionado por el regreso.

   – ¡Me voy! -anuncio-. Estaré aquí unos días. ¡Espero verte pronto!

Con dificultad me las arreglo para salir del patio y camino a toda prisa el trayecto restante. En efecto, Paloma me espera afuera; a la distancia percibo su nerviosismo.

   – ¿A dónde te metiste? -me pregunta, todavía desde lejos-. Estábamos preocupados.

Le cuento de mi despertar al alba y de mi deseo irresistible de ir al mar.

   – ¿Y fuiste? -inquiere.

   – ¡Por supuesto! Estuve llorando un rato en el muelle, en el mismo lugar al que iba cuando niña. Me hizo bien.

   – Seguro tienes hambre. Vamos a comer algo.

Pero yo necesito contarle de mi encuentro con Adrián.

   – Después, cuando volvía, pasé frente a la casa de los Besari. ¡Qué tristeza encontrarla abandonada! ¿Y a que no adivinas qué?

   – ¿Los Besari? -pregunta ella, ya en camino de la cocina, como despertando un recuerdo de hace mucho tiempo.

    – ¡Ahí estaba Adrián! Venía llegando de no sé de dónde y no podía entrar. Le ayudé a hacerlo por el patio de atrás, ¿recuerdas? La entrada secreta de Ángela.

Mi prima se detiene en seco y me fulmina con la mirada.

   – ¿Adrián? -pregunta-. ¿Viste a Adrián Besari?

   – Sí -respondo-. ¿Por qué?

   – A Adrián Besari lo mataron los de la policía secreta hace como diez años, cuando estudiaba en Malabo. Desde entonces su familia abandonó el pueblo y nunca más supimos de ellos.

                Y por un instante veo los retoños en la raíz del limonero.

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