Rodrigo Soto: Apogeo y agonía del PLN

A la memoria de don Enrique Obregón

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Rodrigo Soto, Escritor y cineasta.

Quienes crecimos y nos hicimos adultos durante la segunda mitad del siglo pasado, a menudo olvidamos que, en sus orígenes, el PLN fue un movimiento reformista y contestario del estatus quo. Dicho carácter es patente en los escritos de José Figueres, Rodrigo Facio y otros, y también en el hecho de que, una vez conquistado el poder, Figueres y sus adláteres no derogaron las reformas impulsadas por Calderón Guardia, Manuel Mora y Monseñor Sanabria, sino que las complementaron. Como cualquier movimiento de orientación socialdemócrata, el estatus quo que los pioneros del PLN impugnaban estaba encarnado en el viejo orden liberal agonizante, aunque este hecho fue opacado, en parte, por las confusas y agitadas circunstancias políticas del país durante la década de los años 40.

Ya para los años 70 y 80 del siglo pasado, el PLN había dejado de ser el movimiento anti establishment de sus orígenes y se había convertido en el principal agente de las reformas institucionales que se impulsaban en el país. Dichas reformas tocaban lo económico, lo social y lo cultural, y avanzaban con tensiones y contradicciones no solo por la inevitable resistencia que suscitaban en poderosos sectores políticos y sociales dentro del país, sino incluso dentro del mismo PLN. No olvidemos que Oscar Arias Sánchez, uno de los principales arquitectos de liberalización de los años ochentas y noventas en el país, fue ministro de Planificación de Daniel Oduber, impulsor del “Estado Empresario”.

El orden internacional de la posguerra se caracterizó en el mundo occidental por industrialización y crecimiento sostenidos, pero la crisis financiera mundial de fines de los años 70, que en Latinoamérica se expresó como una crisis sin precedentes de deuda externa, anunciaba que ese orden llegaba a su fin. Vinieron entonces las reformas liberales de Thatcher y de Reagan que, aunadas al derrumbe del mundo soviético una década más tarde, configuraron una situación radicalmente nueva: sin la amenaza de la revolución comunista, el capital corporativo encontró vía libre para expandirse por todo el planeta, como en efecto ocurrió, pero además pudo hacerlo reduciendo o evitando las onerosas cargas sociales que, para guardar las formas, imponía la época de la Guerra Fría. Empezaba así la fase actual de la globalización, mientras el llamado de Juan Pablo II por un “capitalismo con rostro humano” se convertía en un grito en el desierto.

El PLN, como todos los partidos de orientación socialdemócrata y reformista del mundo occidental, había surgido y crecido como una alternativa democrática al socialismo de inspiración marxista, pero al desaparecer esta amenaza, perdió el rumbo y su razón de ser. La desorientación de sus líderes fue completa. Como ocurrió en el resto del mundo, en Costa Rica el PLN se convirtió rápidamente en impulsor y adalid de las reformas liberales y la globalización triunfante, es decir, adoptó lo que en el mundo publicitario suele llamarse la estrategia del “me too” (yo también.)

De la misma forma que en los años 50, 60 y 70 del siglo pasado el PLN fue agente impulsor de las reformas contra-liberales, a partir de los años 90 fue agente impulsor del triunfante liberalismo global. En este nuevo rol, el PLN también tuvo éxito. Pero, como consigna el principio lógico de no contradicción de Aristóteles, “no se puede ser una cosa y su opuesto”, es decir, no se puede ser al mismo tiempo liberal -ni en el sentido clásico, ni el sentido contemporáneo- y “contra liberal”.

Durante las primeras dos décadas del siglo XXI hemos visto más de lo mismo. Al tiempo que se desdibujaba ideológicamente, el PLN atraía a sus tiendas no solo a cínicos y oportunistas, como creen algunos, sino también a fervientes convencidos de las bondades de este “nuevo” modelo económico y del orden internacional asociado a él. De esta forma, su pasado reformista y contestario del orden liberal, terminó borrándose incluso de la memoria de los viejos.

Los últimos éxitos del PLN a nivel municipal y provincial, revelan su creciente canibalización por grupos de poder locales, mientras que su triple fracaso en las presidenciales, testimonia su declinación a nivel nacional y su extravío ideológico. ¿Cuántos de los diputados, diputadas, alcaldes y alcaldesas del PLN de hoy estarían dispuestos a arriesgar algo -no digamos ya la vida, como en los tiempos de la Revolución de Figueres- para impulsar reformas significativas en el país? Me temo que ninguno.

Así las cosas, el PLN agoniza, si no es que murió ya, como partido ideológico. El PAC intentó llenar ese vacío, pero tal parece que su precaria cohesión se resquebrajó en el camino. Una de las lecciones que nos deja el apogeo y la agonía del PLN, así como también el fracaso del PAC, es que no puede haber acción colectiva, es decir, acción política, sin pensamiento colectivo, es decir, sin una ideología clara y compartida. No bastan los “programas de gobierno”, por más completos y minuciosos que sean estos. En épocas del “pensamiento único”, esa es nuestra mayor carencia.

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